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Opinión | La plaza y el palacio

El escándalo de la VPO en Alicante

Pablo Ruz endurece el protocolo para acceder a una de las 240 VPO proyectadas en Elche tras el escándalo de Les Naus

Pablo Ruz endurece el protocolo para acceder a una de las 240 VPO proyectadas en Elche tras el escándalo de Les Naus / Áxel Álvarez

Hemos logrado la construcción de 500 viviendas en la codiciada Playa de San Juan, en Alicante. Esta notable cifra nos posiciona como una de las empresas más destacadas en esta demandada zona. Nuestra presencia consolidada en el mercado refleja nuestra capacidad para satisfacer las necesidades y preferencias de quienes buscan una propiedad en este enclave privilegiado.

(De la página web de 'Fraorgi', promotora de Les Naus. Captura13-2-2026)

Cuando llegó la crisis, cuando el PP perdió las elecciones de 2015, un murmullo se elevó desde muchas oficinas, algunos medios y agónicas organizaciones empresariales: "No demonicéis el urbanismo". Era una expresión que a mí me hacía mucha gracia, viniendo, a veces, de auténticos delincuentes o, al menos, de gentes incapaces de imaginar el desarrollo del sector según reglas claras y previsibles. Por no hablar de políticos que habían convertido el mirar para otro lado, o el compartir vacaciones y beneficios, en un auténtico arte.

El sector se había demonizado a sí mismo, con indecentes prácticas bancarias, pagos en negro, destrozo de cajas de ahorro, burla descarada de planes urbanísticos y medioambientales y sacrificio de los constructores honestos en el altar del beneficio rápido. Y, además, había arrastrado ineficiencias múltiples cuyas consecuencias aún estamos pagando. Parecíamos aquel "pueblo de demonios" del que hablara Kant. Pero el filósofo decía que hasta ese pueblo de diablos, si eran racionales, preferirían vivir según normas. Aquí los demonios no eran racionales.

No fue esa pretendida demonización la que ahora es culpable de la falta de viviendas. Al fin y al cabo es la misma lógica perversa, la de no detenerse ante nada si hay un euro que ganar, y, a la vez, negar las virtudes de la planificación y la regulación, la culpable de un escenario muy complejo para el que el mercado no sabe dar respuesta. Mientras, muchos políticos viven asustados, pues no saben si es peor el remedio o la enfermedad. Y en esas llega la crisis de las viviendas públicas de Les Naus en Alicante (VPO, para entendernos). He seguido con atención lo que va saliendo, y aun así, no crea el lector que alcanzo a entender todo lo acontecido. Pero con lo ya sabido es más que suficiente para entender que en la materia actualmente más sensible la vergüenza que provoca es doble: la de los beneficiarios, gentes sin escrúpulos, egoísta y chulesca, que se atreve a desafiar las necesidades de sus convecinos aprovechando puestos de privilegio, y la de los políticos del PP alicantino -con el apoyo necesario de Vox, digan lo que digan en este caso- incapaces de controlar y racionalizar sus muy escasas aportaciones a la ciudad en los últimos años.

Más allá de las circunstancias hay algo que me llama la atención: están cambiando los apellidos. La canallesca clientela de la derecha -y si hubiera alguien de izquierdas también entraría en esta categoría- es otra, distinta de la de hace años, en momentos de esplendor turbio. Hay buenos nombres y profesiones, y familias que remiten a la idea de gente bien aseada, buen olor y conversación fluida. Hace falta desparpajo para estas cosas. Pero son otros.

¿Qué está mutando en la ciudad? Se diría que fluye el poder por los despachos en vez de encapsularse en tugurios, palcos deportivos, sentinas de yates y reservados. ¿Signo de los tiempos? No lo sabemos. Aún. Pero invito, a quien corresponda, a estudiar el asunto. Porque si aquí hay una trama espesa, que nadie lo dude, otras tramas conexas, antes o temprano, aflorarán, ligadas al turismo, las contratas municipales y, de nuevo, al urbanismo. ¿Hay una ruptura? No exactamente. Hay ruptura y continuidad. Y la continuidad la garantiza el PP: Barcala, supongo que a su pesar.

Estos no son los tiempos de ferocidad destructiva/constructiva de Alperi, incapaz de imaginar la política si no era como otra forma de negocio. Y no son los tiempos de Castedo y su bullanguero urbanismo populista. Tras alguna reunión con Castedo, tras leer sus entrevistas -el crédito de Alperi era tan bajo que no merecía la pena el esfuerzo- y conocer a alguno de sus concejales, la conclusión a la que llegué es que la derecha alicantina bien asentada no imaginaba: a) un modelo económico que no pasara por la construcción desaforada -a menudo justificada por el turismo- y, b) un urbanismo que sólo garantizaba la rentabilidad deseada si caminaba por la delgada línea entre la legalidad y la ilegalidad… tan delgada que se caía en lo ilegal a menudo, y entonces la política corría a socorrer, a validar. Por eso, aunque Alperi y Castedo no fueran iguales, sus resultados sí lo fueron: no hubo más urbanismo que la destrucción de un modelo de ciudad alternativo.

Una de las entradas al residencial Les Naus en una imagen de esta semana.

Una de las entradas al residencial Les Naus en una imagen de esta semana. / G. PALOMO

Seguimos sin evaluar lo que significa que la mayoría de la población viva en El Cabo, las Playas, etc., desbordando los barrios de la ciudad consolidada -esto de la VPO es símbolo y metáfora de lo ocurrido-. Pero zonas enteras se desmoronan, la dualidad urbana crece, el valor de la única propiedad significativa de miles de alicantinos desciende y, tendencialmente, los servicios públicos se dirigirán a esas zonas de baja densidad, incrementando el gasto público en forma de inversión revalorizadora del patrimonio de los más ricos. Esta VPO no sólo daba vivienda: daba futuro. Por todo ello no hubo PGOU, aunque reiteradamente se anunciara. Y no hace falta insistir en cómo hubo que parar el Plan Rabassa.

Y así seguimos. ¿Es Barcala igual? Repito: no. Me parece que ni por talante ni por experiencia y, sobre todo, porque los tiempos han cambiado. Él, que llegó al poder de mano tránsfuga, podía permitirse ciertas alegrías, por lo demás inservibles en la etapa de meseta baja del mercado inmobiliario. Tampoco sé si conocía esta chusca confabulación. Pero es responsable. Lo primero porque no se ha preocupado de quitar de la cabeza de sus gentes esa idea de que hay que andar por la cuerda floja de la legalidad si se quiere hacer urbanismo. Porque eso no se hace -o no se hace solamente- con discursos, sino acelerando la planificación. Y él no lo ha hecho. Habla de PGOU, pero con una desgana, con un olvido de la necesidad de participación cívica, que es como si nada estuviera moviéndose. Otra razón: le guste o no, él es sucesor de Alperi y Castedo, son del mismo partido y en ningún momento ha salido de su boca una crítica suficiente que anunciara confianza y cambio, que fuera aviso para mareantes.

Y la principal razón: este nuevo grupúsculo rampante, con ganas de buenas casas y poder oscuro, es resultado de la esencia de la política de Barcala. A mi modo de ver esa política ha pasado por hacer cada día un encendido elogio de la pasividad. Quizá por carácter y, desde luego, por su situación en el PP y sus cuitas con lo más tremebundo del empresariado provincial, ha pensado que la quietud, como defendían algunos místicos antiguos, es lo más conveniente. Por eso reza con la boca cerrada, y la abre ahora o luego, a ratitos, para hacer anuncios incompletos, fantasías de difícil comprensión. Y nunca, desde luego, para dibujar una ciudad distinta, integradora. Para ello ha ido incrementando su nómina de amigos, compañeros, conocidos, funcionarios adictos, festeros y palmeros colocados en los más intrincados laberintos de la burocracia municipal.

Durante un tiempo leí con delectación las denominaciones de algunos cargos, luego me aburrí. Pero sucede una cosa que Barcala no ha entendido, en ese afán de acorazarse: si incrementas tu armadura, al principio blinda, pero hay un punto en que se vuelve tan pesada que no te deja actuar ni reaccionar. Es tan extensa la telaraña que te atrapa a ti mismo y ya no puedes poner la mano en el fuego por nadie. Porque esa espesa jerigonza de cargos es una carga que arrastra a su vez favores a familiares, colegas, o vete tú a saber quién. Eso, además, se completa con un equipo de concejales que, en conjunto, son un canto a la mediocridad: da grima escucharles por su banalidad, su ignorancia. Y encima Vox. Con todo eso no queda, sino administrar un funesto legado y un vacío en la cabeza.

La izquierda pide una comisión de investigación y la inmediata dimisión de Barcala. Si ha de dimitir no sé para qué hay que investigar. Y todos corren como pollos sin cabeza, en lugar de sentarse, abrir un espacio para que ciudadanos independientes bien formados -hay muchos- elaboren su propia investigación, sin necesidad de intromisiones partidarias. Porque claro que hay que criticar desde la izquierda. Pero eso no es lo mismo que querer abrir todos los días los informativos como voceros de la calamidad y habitar las redes como profetas de la desgracia.

La izquierda debe traer propuestas en VPO: ser portavoces de la esperanza. Porque si no, con estos gritos, con estas alarmas tremendas, con estos juegos de buenos y malos, la izquierda alicantina se queja más que nadie. Y, de paso, apronta votos a Vox, los amos de la rabia y los insultos.

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