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Opinión | Tribuna

Zurdos de mierda

Milei afirma en Davos que "el mundo ha comenzado a despertar" y "América será el faro"

Lucía Feijoo Viera

He visto hace unos días una entrevista que le hace una periodista al señor Javier Milei, presidente de la República Argentina. Con su desparpajo y su falta de respeto habitual, el señor presidente se refiere a los izquierdistas llamándoles zurdos de mierda. La periodista le interrumpe para interpelarle:

-¿Por qué dice de mierda?

La respuesta no puede ser más inconsistente y más estúpida:

-Porque son una mierda.

La tautología es perfecta: son una mierda porque son una mierda. Y porque yo digo que son una mierda. No se da cuenta el señor presidente que, a quien mejor define su exabrupto es a quien lo profiere de una manera tan injustificada y tan despectiva.

Dice a continuación que no se le puede conceder ni un milímetro a un zurdo porque lo aprovecha para destruirte. Y, ¿quién es el señor Milei para darle o quitarle a cada ciudadano lo que es suyo, sea un zurdo de mierda o no lo sea? ¿Cómo que no se le puede conceder un milímetro si tiene tanto derecho como quien habla a tener su espacio? Un milímetro, un metro o cien kilómetros. Eso en cuanto al contenido.

En cuanto a la forma en la que habla hay que subrayar que lo hace de manera avasalladora, vehemente, casi gritando, como si quien escucha no tuviera ni la posibilidad de rechistar ante las grandes verdades que está soltando por la boca. ¡Qué energía, qué violencia, qué desfachatez! Son las formas de proceder de estas gentes. Insultan. Odian. Desprecian.

Milei llama zurdos de mierda a las personas de izquierdas en general, aunque también dedica la expresión a kirchneristas y peronistas. El insulto tiene también otros destinatarios: feministas, progresistas, intelectuales, sindicalistas, periodistas, keynesianos… En definitiva, quienes no piensan como él. ¿Por qué lo hace?, ¿por qué insulta?, ¿por qué desprecia? Pienso que existen diferentes motivos.

En primer lugar, el insulto marca un enemigo absoluto que no solo es su adversario, sino que es el responsable de todos los males que desde hace un siglo se han cebado con Argentina.

En segundo lugar, es un modo de simplificar la realidad. Reduce problemas complejos (inflación, pobreza, Estado ineficiente, macro y microeconomía…) a una causa única y sencilla: los zurdos de mierda.

En tercer lugar, refuerza la identidad de sus seguidores. Por una parte, están los otros: los malos, los incompetentes, los corruptos, los imbéciles. Los zurdos de mierda. Por otra parte, están los buenos, los libertarios, los inteligentes, los honrados. Es decir, están Javier Milei y los suyos.

En cuarto lugar, provoca a la gente y domina la agenda. La virulencia del insulto y el hecho de proferirlo a gritos generan reacción, debate, clips virales.

En quinto lugar, el insulto no es considerado por sus seguidores como una agresión, sino como una catarsis. Es una válvula de escape que da salida al enojo que sentían cuando la inflación se disparaba, los salarios se devaluaban y no se encontraba trabajo. El insulto funciona como un ajuste de cuentas con quienes hicieron tanto daño al país. El insulto es una válvula de escape para tanta frustración, indignación y cansancio.

En sexto lugar, porque confirma la autenticidad de quien dirige estos insultos a sus adversarios. Lleva a sus secuaces a pensar que no habla como los políticos al uso, con lenguaje políticamente correcto. Dice lo que realmente piensa. No mide las palabras. No pide perdón.

Archivo - El presidente de Argentina, Javier Milei, en una imagen de archivo.

Archivo - El presidente de Argentina, Javier Milei, en una imagen de archivo. / Gabriel Luengas - Europa Press - Archivo

Pues bien, el señor Milei no tiene derecho a despreciar de forma tan violenta y grosera un modo de pensar y de gobernar de izquierdas que tiene indudables bondades: se preocupa de los más vulnerables, no solo de los ricos; empodera al Estado para que el mercado no actúe sin ningún límite; distribuye la riqueza de modo equitativo; a través de impuestos justos construye el Estado de bienestar para todos; lucha contra la lacra del androcentrismo y la violencia sexista; se preocupa por el medio ambiente; separa el poder religioso del poder civil; potencia la sanidad y la educación pública; ordena con sensibilidad la inmigración, protege a las minorías…

No es cierto que el socialismo genere pobreza en los pueblos. No es cierto que la corrupción esté instalada en la entraña del socialismo, aunque haya algunos corruptos en sus filas como los puede haber en cualquier otro partido del espectro político. No es cierto que la democracia no pueda desarrollarse desde un gobierno progresista, sino todo lo contrario. Pregúntenle al pueblo portugués, que acaba de elegir al socialista Antonio José Martins para gobernar el país hasta 2031.

Vuelvo a la política del insulto. Hace unos días, el señor Trump lanzó un vídeo a las redes en el que se ve al señor Obama y a su esposa en la selva con la piel de unos simios. No tiene respeto. No tiene vergüenza.

En nuestro país tenemos también profesionales del insulto. Ahí está el señor Abascal que no es capaz de hacer una referencia al presidente del Gobierno sin que suelte un insulto de grueso calibre. ChatGPT me los recuerda: cretino, capullo, criminal, corrupto, chulo, traidor, indecente, ilegítimo… Alguien me ha dicho que la palabra Vox podría convertirse en una sigla en la que la V sería Violencia, la O sería Odio y la X sería Xenofobia. ¡Qué decir de la señora Ayuso, campeona del insulto!

Y esos insultos, ese odio que los inspira, se manifiestan en público, sin pudor alguno. ¿Se le podrá reprochar a un joven seguidor de estos energúmenos que insulten a jóvenes militantes de otros partidos políticos? Cuando el insulto se convierte en una forma de hacer política el clima social se envilece. Todo se crispa, todo se polariza, todo se enerva.

¿Han pensado alguna vez estos señores, insultadores de oficio, que también están destinando esos calificativos a quienes eligen a esos políticos, a quienes militan en sus partidos y a quienes simpatizan con su causa? No me cabe la menor duda de que lo piensan. Pero no les importa.

¿Hacia dónde nos lleva la política del insulto, de la agresividad, del desprecio al adversario?

Polarización extrema. Convierte al adversario en enemigo. Se dejan de discutir ideas y se empieza a atacar identidades. Eso endurece posturas y hace casi imposible el diálogo, porque el diálogo exige apertura, respeto y escucha.

Empobrecimiento del debate. Cuando el foco está en la ofensa, se pierden los matices. Los problemas complejos (economía, educación, seguridad, inmigración, sanidad, desigualdad…) se reducen a consignas emocionales.

Septiembre de 2025, Donald Trump junto al presidente argentino Javier Milei, en Nueva York

Septiembre de 2025, Donald Trump junto al presidente argentino Javier Milei, en Nueva York / DPA vía Europa Press / DPA vía Europa Press

Normalización de la agresividad. Si desde el liderazgo político se legitima el insulto, ese estilo se replica en las redes, en los medios de comunicación, en las tertulias y en las conversaciones cotidianas. La agresividad se vuelve normal, se vuelve casi una necesidad.

Desconfianza institucional. La constante descalificación erosiona la credibilidad de instituciones y adversarios por igual. Si todo es corrupción, traición o incompetencia según el discurso, la ciudadanía termina desconfiando de todo.

Radicalización y conflicto. En escenarios extremos el discurso del odio puede justificar exclusiones, persecuciones o incluso violencia física.

Los insultos son el caldo de cultivo del conflicto.

Destrucción de los valores de la convivencia. La convivencia democrática se asienta en el respeto a la dignidad de la persona. Todas las personas son depositarias de una dignidad esencial por el hecho de ser personas, independientemente de su ideología, razón, religión o sexo. Es la tesis que defiende José Antonio Marina en su excelente libro "Ética para náufragos". No todas las ideas son respetables, pero sí lo son las personas que las expresan.

Me preocupa sobremanera que los líderes que se instalan en la política del insulto y del odio hayan sido elegidos por una parte significativa de la población. Trump, Milei y Abascal no han caído del cielo, han sido elegidos entre otras opciones. ¿Por qué?

Es curioso observar cómo los insultadores viscerales se admiran, se apoyan y se retroalimentan. Milei acude a la Casa Blanca con su motosierra, Trump cita con aprecio a su amigo "Obiscal" y este apoya al presidente americano a pesar de que su política arancelaria dañe los intereses económicos de su querida patria.

Y la señora Ayuso, otra insultadora de oficio, condecora a Javier Milei con la medalla internacional de la Comunidad de Madrid. Hoy, mientras escribo, me entero de que se propone colgar esa medalla en la solapa del señor Trump, un gobernante que está organizando redadas para cazar inmigrantes, encarcelando niños y asesinando a inocentes sin piedad.

Dios los cría y ellos se juntan.

Llamar zurdos de mierda a quienes piensan de otra forma, señor Milei, induce a llamarle a usted libertario de mierda. Pero creo que no es bueno responder en la misma clave y con el mismo tono. Será mejor desactivar la máquina del odio y pedirle un poco de respeto para quienes no piensan como usted. ¡A dialogar, señor Milei, no a insultar!

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