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Opinión | La pluma y el diván

Turistas

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Acabamos de aterrizar en el aeropuerto de Tenerife Norte. Los viajeros, como si de un vuelo transoceánico se tratara, han estallado en aplausos cuando hemos tomado tierra. El trasiego de la búsqueda del equipaje, el transporte hasta el hotel y la acomodación en las habitaciones terminan de rematar la faena, pero nos sentimos tan relajados como si saliéramos de un masaje tailandés.

La habitación es acogedora, decorada de una forma minimalista. Tenemos vistas al mar y cada vez que salimos al balcón podemos oler las olas y reconocer el sonido del su murmullo acariciando nuestros oídos. Todo es poesía ante nosotros.

Como en nuestra vida cotidiana, no tenemos nada previamente planificado, no hemos escrito una hoja de ruta, nos queremos dejar llevar por el azar, por los impulsos, decidiendo a cada paso nuestros próximos destinos.

Miramos con ojos curiosos cada rincón con el que tropezamos, analizamos como cirujanos cualquier pequeño detalle del entorno, escudriñando con el celo propio de quien desconoce el contenido de algo y quiere empaparse de sus entrañas.

Nuestras conversaciones son fluidas, amenas, desenfadadas. Nos sorprende el color del cielo, la vegetación de los jardines, el caminar de los paisanos, el olor de las calles, la parsimonia con que pasa la vida a través de un filtro invisible de felicidad.

En el fondo estamos aprendiendo a vernos a nosotros mismos con los ojos del turista, donde la paz y el sosiego imperan sin necesidad de buscarlos. El tiempo queda relegado a un segundo plano porque no tienes que ir deprisa a ninguna parte.

Comes cuando tienes hambre y duermes cuando el sueño te vence. Si necesitas hablar lo haces y si quieres puedes disfrutar del silencio. Parece que el mundo te acompaña en tus paseos, te regala la posibilidad de encender o apagar los instantes sin que tengas que hacer un especial esfuerzo por conseguirlo.

Mañana vuelves a tu realidad cotidiana y quieres conservar un álbum completo de emociones donde poder regocijar tu alma cada vez que sientas la llegada del hastío. Te llevas contigo una lección guardada en tu libro de la vida que tendrás que aplicar a tu día a día, pensando que la rutina también es susceptible de entender desde los ojos de un turista, que no será nunca más accidental sino sempiterno.

Podrás levantarte cada mañana con la certeza de que verás el mundo diferente, saboreando los momentos que te brinde el nuevo día al igual que cuando estás a cientos de kilómetros y te sientes libre de cargas y obligaciones.

Mirarás la vida como el guardián de la felicidad que no permite las angustias ni en las peores coyunturas. Te habrás coronado como un sabio, como el soberano de tu propia vida.

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