Opinión | Espejo

Laura Soler Azorín es diputada autonómica por Alicante del PSPV-PSOE
Soledad

EPC
La soledad. Esa palabra de la que tanto se habla y de la que tan poco se conoce. Para mí, una de las descripciones más certeras —abierta, romboidal, casi descarnada— es la que hace el cantautor guatemalteco Ricardo Arjona en su monólogo "Soledad". Una de las frases que más me impacta dice: "La soledad son ese montón de sonidos que no escucha nadie, pero que hacen demasiado ruido".
Se oye hablar mucho de la soledad no deseada —y digo mucho intencionadamente—, pero se habla desde el desconocimiento y desde el “quedar bien”. Poco se invierte y poco se actúa ante este gran problema social que afecta especialmente a las personas mayores y dependientes.
Por suerte, existen entidades especializadas, como la Fundación Pilares, entre otras muchas, que trabajan para favorecer su inserción en la comunidad. Jóvenes que les acompañan al médico, a tomar un café, a realizar gestiones o, simplemente, a compartir un rato de conversación. Porque no todas las personas tenemos una familia que, como pilar cultural, “debería” sostenernos en todos los sentidos. Y la vida no siempre responde a los moldes ideales.
Por eso son necesarias más inversiones en trabajo comunitario. Las asociaciones especializadas hacen una labor admirable para que las personas de esta sociedad cada vez más deshumanizada se sientan acompañadas y respaldadas por unas instituciones públicas del bienestar que, en demasiadas ocasiones, olvidan a quienes más lo necesitan: los vulnerables, los que están solos, los que no pueden alzar la voz.
Es hora de trabajar este tema en profundidad. Más allá del apoyo familiar —que culturalmente nos han inculcado hasta la médula— deben existir instituciones públicas que se comporten como tal y pongan recursos a disposición de las personas mayores o dependientes que tienen dificultades para salir de casa.
Y vivir dignamente no significa solo cubrir necesidades básicas —eso lo doy por hecho—. Significa ocio, diversión y, sobre todo, autodeterminación: poder decidir qué vida quieren vivir, sin que nadie lo haga por ellas. Pero para eso hacen falta recursos y conciencia social. Conciencia de la necesidad real que existe, tanto para estas personas como para sus cuidadores y cuidadoras.
El monólogo termina diciendo: "La soledad soy yo en compañía del pasado".
Ojalá pudiéramos decir: "La soledad la elijo en el presente, desde la consciencia".
Hoy este artículo es más filosófico. Quizá porque llevo casi ocho meses de reposo. Y es en los momentos difíciles cuando una se da cuenta de quién está a su lado, incondicionalmente. Gracias a esas personas —poquitas, pero poderosas— que me hacen la vida más feliz y me permiten tener esta reflexión.
Ojalá todas las personas que no tienen quién las sostenga puedan contar con unas instituciones públicas que piensen en ellas. Porque todos necesitamos una mano amiga que nos acompañe en el día a día. Y para eso también deberían estar las instituciones públicas.
Como lo demuestran los trabajadores de Santa Faz con los usuarios del centro, garantizando su dignidad en un contexto especialmente complejo, incluso sin estar percibiendo su salario y mientras la situación se encuentra en manos de la Fiscalía para que se depuren responsabilidades y se haga justicia. Resulta imprescindible que el gobierno autonómico asuma su responsabilidad y dé una respuesta eficaz a la situación que atraviesan residentes, familiares y profesionales. La atención a las personas en situación de dependencia no puede quedar sujeta a la precariedad ni a la incertidumbre. Gracias por seguir ahí y por ofrecer, con vuestro compromiso diario, un ejemplo incuestionable de profesionalidad y humanidad.
Esperemos que la Fiscalía y la Justicia, con mayúsculas, hagan caso de vuestras reivindicaciones y que, así, la sociedad deje de dar la espalda a aquello que le resulta ajeno o le molesta por su crudeza. No tendríais que ser héroes; debéis cobrar vuestro sueldo, como los usuarios deben tener un lugar digno donde vivir. Pero gracias por no dejarlos solos: ese es el mejor ejemplo de la dignidad humana.
Yo quiero agradecer a todos los que seguís al otro lado —incluso al otro lado de la pantalla o del mundo—. Muy especialmente a mi padre y a todas las amistades que continúan, como diría mi madre, “como la copla, a mi vera”, permitiendo que esta sea una soledad elegida.
Gracias, soledad, por ser mi mejor compañía elegida. No perdáis el monólogo de Arjona: vale la pena.
Pero trabajemos juntos para borrar la no deseada, la invisible, haciéndola visible.
Esta también es una verdad incómoda que debe ponerse sobre la mesa para que todas las personas tengamos autodeterminación y podamos vivir dignamente.
Gracias, vida, por darme la posibilidad de elegir mi soledad.
Como diría Ricardo Arjona, hay momentos en los que uno siente que no hay mejor compañía que la soledad… cuando es elegida, especialmente gracias a quien me cuida, Patri, que lo hace posible.
Eso sí: gracias a quienes seguís ahí, ocho meses después. Os quiero.
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