Opinión | Tribuna
Atrapadas con Nevenka

Nevenka Fernández, en 'Nevenka' nueva serie documental de Netflix. / Europa Press
El caso de la concejala de Móstoles que ha acusado al alcalde Manuel Bautista de acoso sexual y, sobre todo, la reacción del PP de Isabel Díaz Ayuso merecería estudiarse en las facultades de Derecho, Ciencias Políticas, Psicología y Sociología. Es un ejemplo de manual de cómo opera el patriarcado y de hasta qué punto las estructuras machistas siguen incrustadas en la vida política y social. Una muestra de cómo se normaliza el abuso de poder y cómo, con la complicidad de los aparatos de los partidos, la víctima acaba convertida en sospechosa y doblemente dañada.
Desde el caso de Nevenka Fernández en 2001, en materia de violencia de género y acoso han cambiado muchas cosas en este país. Han evolucionado las leyes y también la forma de afrontar estos comportamientos; hoy hay mujeres con más recursos, conscientes de que no están obligadas a soportar según qué actitudes “por el bien del partido” ni a callar para no ser señaladas. También hay hombres que empiezan a deconstruir su masculinidad tóxica, bien por convencimiento, bien por miedo a la justicia o al qué dirán. Pero, en la práctica, esos avances no son suficientes porque la inercia juega en contra de las mujeres.
Caso a caso, seguimos viendo lo difícil que lo tienen las acosadas y, lejos de ese discurso victimista que tanto gusta a algunos, a las mujeres no se las cree por sistema sino todo lo contrario: su testimonio permanece bajo sospecha y se les exige en el relato una coherencia imposible, una suerte de perfección en el trauma.
En este escenario, la respuesta de los partidos es desoladora. Un partido de gobierno, que representa a cientos de miles de personas, como es el PP, ni siquiera es capaz, como al menos sí ha hecho el PSOE en otros casos recientes, de activar protocolos y abrir expedientes para depurar responsabilidades. b, ataca a la víctima y llega a la desfachatez de reducir algo tan serio a una cuestión de ligoteo.
Y después de todo esto, aún hay quien, desde un profundo desconocimiento de cómo opera la violencia hacia las mujeres, se pregunta por qué no denuncian más, por qué tardan en hacerlo o incluso por qué retiran la denuncia. Quizás la respuesta sea que demasiadas víctimas siguen atrapadas en el mismo laberinto que recorrió Nevenka hace más de veinte años en un sistema que mal que nos pese sigue podrido.
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