Opinión

Redactora web
El Benidorm Fest ya no tiene corsé europeo… pero sí traje de ejecutivo
Rosalinda Galán fue la actuación más redonda de la final. Voz firme. Identidad clara. Plano secuencia sin red. Narrativa con intención. Mataora no fue solo una canción: fue una declaración estética y emocional. Segunda en televoto, segunda en demoscópico… y sexta para el jurado, con 52 puntos

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Tony Grox & LUCYCALYS han ganado el Benidorm Fest 2026. Y no, no es un robo. T AMARÉ es pegadiza, clara, eficaz y tiene algo que en televisión vale oro: se entiende en tres segundos y se recuerda en uno. 11.000 votos de 46.000 no son una anécdota. Casi una cuarta parte del público la eligió.
Hasta ahí, nada que discutir.
El debate empieza cuando ampliamos el plano.
Este era el primer Benidorm Fest sin Eurovisión. Sin el “¿esto gustará en Europa?”. Sin el cálculo geográfico. Por fin podíamos votarnos a nosotros mismos, sin mapa, sin brújula, sin pensar en el extranjero. Podíamos haber estado más desatados que Mónica Naranjo en los noventa.
Y, sin embargo, la libertad duró lo justo.
Porque si dejamos de mirar a Europa, empezamos a mirar al mercado. Ya no se trataba de imaginar una actuación en Viena, sino de proyectar una canción en Spotify, en Miami, en circuitos internacionales. No cambió la lógica. Cambió el destinatario.
El jurado, ese que oficialmente evalúa calidad artística, vocal y escénica, votó algo más que ejecución. Votó recorrido. Votó potencial. Votó qué propuesta puede vivir mejor fuera del festival.

Rosalinda Galán, durante su actuación en el Benidorm Fest. / ROBERTO MORENO MOYA
Rosalinda Galán fue la actuación más redonda de la final. Voz firme. Identidad clara. Plano secuencia sin red. Narrativa con intención. Mataora no fue solo una canción: fue una declaración estética y emocional. Segunda en televoto, segunda en demoscópico… y sexta para el jurado, con 52 puntos.
Sexta.
No es un matiz. Es una decisión.
Si miramos quiénes componen ese jurado, perfiles vinculados a grandes plataformas, grupos mediáticos y circuitos internacionales, la lectura se entiende mejor. Su mirada no es solo artística. Es estratégica.
Y ahí T AMARÉ encaja como un guante: electrónica amable, raíz flamenca medida, estructura directa, potencial latino, fácil de programar y de exportar.
Mataora es otra cosa. Es carácter. Es identidad. Es menos moldeable. Más intensa. Más difícil de domesticar por el algoritmo.
Aquí está la ironía de 2026.
Nos despedimos de Eurovisión por una cuestión ética y geopolítica. Pero el relato que acompañó esa despedida hablaba también de libertad creativa, de dejar de pensar en qué entenderán fuera. Y, en la práctica, el voto volvió a mirar más allá del Palau.
No a la UER. No a Viena. Pero sí a la industria.
¿Es ilegítimo? No. ¿Es sorprendente? Tampoco. ¿Es exactamente lo que se dijo que se iba a valorar? Ahí está el ruido.
No ganó la canción equivocada. Ganó la más alineada con el modelo de festival que se está construyendo.
El corsé europeo cayó.
Pero debajo ya estaba planchado el traje ejecutivo.
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