Opinión | Salida de emergencia

Escritora
Dos cartas

Dos cartas
Ya no escribimos cartas. Escribimos mensajes en redes sociales y también a través del WhatsApp, pero cartas ya no escribimos. Las consideramos ridículas, algo del pasado, ajeno y casi desprovisto de autenticidad, ahora que lo auténtico es negociar a la baja con la verdad y los sentimientos. Cuando era niña, recuerdo, me encantaba recibir cartas de mis amigas anunciándome cosas pequeñas que tenían que ver con nuestras vacaciones o con el inicio de las clases tras un verano que escondía todos los secretos de los primeros amores, que se extenderían hasta el otoño para perecer con la Navidad, cuando también llegaban cartas de otros lugares del mundo donde familiares que no conocía hablaban de lo mucho que nos echaban de menos y de lo ingrata que es la distancia si un océano es quien la mide.
De las cartas me gustaba ver las letras de quienes las escribían: letra redonda de niña, letra alargada de mano enjuta, letra recia y varonil, letra incomprensible de alguien que debió escribir con prisas y sin prestar atención, letra de corrido que apenas dice nada, letra que despide y se va.
Hace unos días he tenido la oportunidad de leer dos cartas, dos maravillosas cartas de dos seres extraordinarios. Una la escribe el periodista y escritor Carlos Hernández y comienza: «Querido lector, si estás leyendo este artículo es porque ya no ando por este mundo… ni por ningún otro. Me he muerto». Y prosigue hablando de su fortuna por haber nacido en un país europeo, lejos de guerras, hambre, pobreza y añade: «La última imagen que pasará por mi cerebro antes de apagarse será la de los niños machacados en Gaza».
Habla de la política, del periodismo, de la historia, de lo necesario de lo público y advierte de lo duro que será el futuro en esta selva sin ley en la que nos encontramos. A esa carta le responde otra carta, la que escribe Verónica Calderero, oncóloga de Carlos, quien dice: «Las últimas semanas coincidimos, al mismo tiempo, en distintos destinos de África y en nuestros mensajes nos decíamos: «Si la gente viajara y descubriera dónde y cómo viven millones de personas entendería más y juzgaría menos». Con esos ojos mirabas el mundo y así lo transmitiste siempre: desde la bondad y la transparencia», para acabar escribiendo: «Así que, mi querido Carlos, espero que todas las palabras que nos dejaste sigan conmoviendo conciencias. Desde el más acá te añoraremos siempre». Necesitamos cartas, necesitamos Carlos, Verónicas y un trueno que desenmascare a los farsantes y sus embustes.
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