Opinión | Tribuna
Crisis del sistema sanitario

Valoración del conseller de Sanidad; Marciano Gómez, sobre la huelga de médicos / Pilar Cortés
La sensación de deterioro del sistema sanitario público es cada vez más evidente. Listas de espera interminables, consultas breves, fragmentación de la atención y una Atención Primaria desbordada forman parte ya de la experiencia cotidiana de muchas personas. Lo habitual es atribuir esta situación a la falta de financiación o a la escasez de profesionales. Y aunque esos factores existen, quizá no expliquen por sí solos lo que está ocurriendo.
Durante décadas, el sistema público se construyó bajo la premisa de organizar recursos en función del bien común. La planificación debía responder a criterios demográficos, epidemiológicos y sociales. Sin embargo, el debate sanitario se ha ido desplazando progresivamente hacia reivindicaciones que exigen más plazas, más competencias, mayor exclusividad, reconocimiento diferenciado o blindaje estatutario propio.
Algunas de estas demandas pueden tener fundamentos legítimos. Pero el problema surge cuando el eje del debate deja de ser "qué necesita la población" para centrarse en "qué necesita mi colectivo". Porque ambas cosas no siempre coinciden.
En este contexto ha proliferado la estrategia discursiva preocupante de apelar al victimismo como herramienta de movilización social. Se enfatiza el agotamiento, la precariedad o el riesgo —real en algunos casos—, pero se traslada a la ciudadanía una narrativa que busca generar complicidad emocional para respaldar reivindicaciones corporativas concretas. El mensaje acompaña la moraleja de "si no se atienden nuestras demandas, el sistema colapsará y ustedes sufrirán las consecuencias".
El desgaste profesional existe y merece respuestas. Pero convertirlo en argumento recurrente para presionar decisiones estructurales introduce un sesgo peligroso que desplaza el foco desde la planificación poblacional hacia la satisfacción inmediata de colectivos organizados y con capacidad de influencia.
A ello se suma otra tendencia menos explícita pero igualmente significativa, la aspiración a la exclusividad. Determinados colectivos reclaman marcos propios, competencias cerradas o reconocimiento diferenciado, como si su función fuese única e insustituible. Pero, un sistema público no puede organizarse sobre lógicas de compartimentos estancos ni sobre jerarquías simbólicas, sino sobre cooperación, complementariedad y eficiencia orientada a resultados en salud.
Cuando el sistema se adapta para acomodar demandas disciplinares antes que, para resolver necesidades comunitarias, se invierte la lógica del servicio que debe prestar. Se reorganizan agendas, se crean estructuras específicas o se blindan espacios de poder no siempre porque mejoren la equidad o la accesibilidad, sino porque responden a presiones internas bien articuladas.
El discurso simplificado de "faltan más profesionales" ilustra esta deriva. En determinados territorios faltan, sin duda. Pero aumentar plantillas sin rediseñar el modelo organizativo puede perpetuar ineficiencias. Si la arquitectura continúa siendo fragmentada y hospitalcentrista, incorporar más piezas no corrige el diseño.

Manifestante porta pancarta con lema '¿Tú cotizas? Nosotros no. Hora trabajada, hora cotizada' durante la manifestación contra el Estatuto Marco del Ministerio de Sanidad, a 14 de febrero de 2026, en Madrid (España). La Confederación Estatal de Sindicatos Médicos (CESM), Sindicato Médico Andaluz (SMA), Metges de Catalunya (MC), Asociación de Médicos y Titulados Superiores de Madrid (Amyts), Sindicato Médico de Euskadi (SME) y Sindicato de Facultativos de Galicia Independientes (O’MEGA) convocan la manifestación y mantienen la huelga nacional desde el día 16 contra el nuevo Estatuto Marco del Ministerio de Sanidad. 14 FEBRERO 2026 MANIFESTACIÓN;SISTEMA DE SANIDAD PÚBLICO Fernando Sánchez / Europa Press 14/02/2026. Fernando Sánchez;category_code_new; / Fernando Sánchez / Europa Press
En paralelo, muchos políticos han asumido la inercia preocupante de responder, más a la presión de lobbies corporativos que a una planificación estratégica basada en evidencia. Las decisiones se adoptan con frecuencia para neutralizar conflictos visibles o evitar desgaste electoral. Se anuncian refuerzos puntuales, se negocian condiciones específicas o se conceden mejoras sectoriales, mientras la reforma estructural —redistribución territorial, fortalecimiento real de la Atención Primaria, integración sociosanitaria o planificación demográfica— se aplaza indefinidamente.
El resultado es un sistema que parece moverse, pero no evolucionar. Se negocian cupos, salarios y estatus; se amplifican debates competenciales; se multiplican comunicados y comparecencias. Sin embargo, los problemas de fondo —fragmentación, inequidad territorial, débil continuidad asistencial— permanecen intactos.
Paradójicamente, disponemos de más tecnología y especialización que nunca. Pero muchas personas experimentan consultas impersonales, itinerarios complejos y sensación de anonimato. La excelencia técnica ha avanzado, pero la organización no siempre ha seguido el mismo ritmo. Y cuando el sistema pierde coherencia, también pierde legitimidad.
Nada de esto implica culpabilizar a los profesionales. Muchos trabajan bajo presión y en condiciones exigentes. El desgaste es real. Pero precisamente por eso conviene distinguir entre mejorar condiciones laborales —imprescindible— y convertir esas mejoras en el eje casi exclusivo del debate público.
Un sistema sanitario público no puede diseñarse en función de la capacidad de presión de determinados colectivos, por legítimos que sean. Debe organizarse en torno a las necesidades de la población, especialmente de quienes presentan mayor vulnerabilidad.
La crisis actual no es solo económica ni tecnológica. Es, sobre todo, una crisis de prioridades. Hemos confundido fortalecer el sistema con satisfacer demandas corporativas. Hemos sustituido la planificación estructural por la negociación sectorial permanente. Y hemos permitido que el ruido competencial eclipse la reflexión estratégica. Esta dinámica no solo bloquea la reforma profunda, sino que alimenta indirectamente procesos de privatización encubierta y favorece la fuga de profesionales hacia entornos que perciben, no siempre acertadamente, como más estables o reconocidos.
Un sistema público no se mide por la fuerza de sus corporaciones ni por la intensidad de sus reivindicaciones, sino por su capacidad de garantizar equidad, continuidad y confianza social.
Cuando el sistema se organiza para proteger intereses internos antes que derechos colectivos, deja de ser servicio público para convertirse en escenario de poder.
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