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Opinión | Tribuna

Jaime Pascual Torremocha

Jaime Pascual Torremocha

Director de Cáritas Elche

La Regularización Extraordinaria, puerta a la Dignidad y a las Esperanza

Un grupo de migrantes, entre ellos menores, llegan en patera a las Islas Canarias, este verano.

Un grupo de migrantes, entre ellos menores, llegan en patera a las Islas Canarias, este verano. / INFORMACIÓN

El debate suscitado en torno a la regularización extraordinaria de personas migrantes exige serenidad, rigor y altura moral. No estamos ante una cuestión meramente administrativa, sino ante una decisión que afecta a la dignidad de miles de personas y al modo en que entendemos la justicia social y el bien común.

Conviene explicar con claridad en qué consiste la medida. No se trata de una regularización automática ni permanente. La propuesta plantea habilitar, de forma extraordinaria y por un periodo limitado de un año, una autorización que permita a personas que ya residen en España salir de la irregularidad administrativa y acceder legalmente al mercado laboral. Es, por tanto, un instrumento temporal para que puedan trabajar con contrato, cotizar y normalizar su situación. No se trata de abrir fronteras, sino de ordenar jurídicamente una realidad ya existente.

La Conferencia Episcopal Española ha manifestado su apoyo a iniciativas que favorezcan vías legales y realistas de integración cuando las personas migrantes ya forman parte de nuestra sociedad. Ha recordado que la exclusión prolongada genera mayor vulnerabilidad y fractura social, y que la inserción laboral es un camino esencial de dignificación. Esta posición parte de un principio básico: la persona es siempre anterior a cualquier situación administrativa y debe situarse en el centro de las decisiones públicas.

Mantener durante años a miles de personas en situación irregular no fortalece la legalidad. Al contrario, alimenta la economía sumergida, debilita los derechos laborales y favorece dinámicas de explotación. Cuando el acceso al trabajo formal se bloquea, no desaparece la necesidad de trabajar; simplemente se desplaza a ámbitos menos regulados y más precarios. Una sociedad que tolera esa situación erosiona sus propios fundamentos.

La ley cumple una función social: garantizar la justicia y proteger la dignidad de todos. Cuando una norma deja fuera de manera estructural a quienes ya viven, trabajan y contribuyen de hecho, es legítimo plantear mecanismos excepcionales que permitan su integración ordenada. Regularizar de manera extraordinaria y con criterios objetivos no es debilitar el Estado de derecho, sino incorporarlo plenamente allí donde hoy existe un vacío práctico.

El bien común no se construye excluyendo, sino creando condiciones para que todas y todos puedan participar con derechos y deberes en la vida económica y social. La solidaridad no es un sentimiento, sino una responsabilidad compartida. Y el trabajo no es solo un medio de subsistencia, sino una vía fundamental de integración y desarrollo personal.

Es legítimo debatir los detalles y las garantías de la medida. Pero conviene hacerlo desde los datos y no desde el miedo. La cuestión de fondo no es únicamente migratoria. Es una pregunta sobre qué tipo de sociedad queremos ser: una que cronifique situaciones de exclusión y sufrimiento, o una que, con responsabilidad y realismo, apueste por integrar para fortalecer la convivencia y la justicia social.

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