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Opinión | A propósito de todo

El amor en la era del sexo

El amor en la era del sexo.

El amor en la era del sexo.

El otro día, después de una cena que se alargó más de la cuenta, una amiga dijo algo que se me quedó pegado como el olor a tabaco en el abrigo: «Creo que nunca se ha follado tanto y querido tan poco». Fue el único momento de la cena en que mis amigas y yo estuvimos sin reírnos. Y eso que solemos reírnos de todo. No sé si por los margaritas o los sex on the beach, quizá por la cerveza o una forma de supervivencia como es la risa, pero nos reímos de todo. Y mucho.

Vivimos en un momento extraño. Nunca ha sido tan fácil tener acceso a alguien y nunca ha sido tan difícil acceder a su vida. Nos sabemos los gestos de gente cuyo apellido desconocemos. Hemos compartido camas con personas cuyo nombre no sabemos ni encontrar en la agenda del teléfono porque tan siquiera lo memorizamos. Y tuvimos que añadir vocabulario a nuestro día a día. Nudes y otras fueron apareciendo en nuestro día a día. Quizá porque el sexo ya no pesa. Ya no implica. Ya no inaugura nada. Es una actividad más dentro del catálogo infinito de experiencias disponibles. Como probar un restaurante nuevo o cambiar de serie. Y eso, que por un lado nos dio libertad, por otro nos dejó sin relato. Antes el sexo abría historias. Ahora, muchas veces, las cierra antes de empezar.

Me pasa que hablo con gente que domina el lenguaje del deseo, pero se pierde en el del afecto. Personas que saben enviar un audio a las tres de la mañana, pero no sostener una conversación a las tres de la tarde. Que tienen claro cómo desnudarte, pero no cómo quedarse. Gente con la que una conversación, en algunos casos, supone hablar solo. Y no lo digo desde la nostalgia lo digo desde la extrañeza. Desde esa sensación de que hemos aprendido a acercar los cuerpos mientras alejábamos todo lo demás.

Una vez alguien me dijo que el problema no es que tengamos mucho sexo, sino que lo usamos para no decir cosas. Como si fuera una forma sofisticada de evitar hablar. Y me dio vértigo pensarlo. Cuántas veces hemos elegido desnudarnos antes que explicarnos. Cuántas veces hemos preferido la intensidad corta al vínculo incómodo. Porque el sexo tiene algo muy tentador: termina. El amor, en cambio, se queda, y esa forma de quedarse alguna vez dejó cicatriz y no queremos que deje otra. Quedarse siempre exige más que empezar. Por eso creo que nos acostamos con los desconocidos: para evitar algunas preguntas que, si aparecieran, no sabríamos ni contestar.

El problema no es el sexo. Nunca lo ha sido. El problema es cuando lo convertimos en sustituto. Cuando usamos el contacto para evitar el encuentro. Cuando llamamos conexión a lo que en realidad es coincidencia de ganas. Porque hay noches que parecen vínculos y solo eran sincronía.

Y, sin embargo, seguimos queriendo querer. Eso no se nos ha quitado. Se nota en las conversaciones que empiezan con ironía y acaban en confesión porque alguien a quien quieres está demasiado triste para seguir haciendo bromas sobre el tema. En la cantidad de gente que dice que no busca nada serio y luego se rompe por algo mínimo. En las personas que seguimos consolando en los baños porque tienen el corazón roto y, a pesar de que seamos desconocidos, contarlo hace que se sientan menos solos. En lo rápido que nos acostumbramos a que alguien nos pregunte cómo estamos de verdad. En lo mucho que duele cuando dejan de hacerlo.

A veces pienso que el amor, en esta era del sexo, se ha vuelto casi contracultural. Como leer un libro largo. Como quedarse en casa un viernes. Como apostar por algo que no se puede optimizar. Amar hoy tiene algo de acto lento en un mundo rápido. Algo de resistencia silenciosa. Y es que a veces parece que el amor no tiene ningún interés, tan siquiera periodístico. Tan solo hay que mirar las noticias: siempre hay odio, guerras y oprobios, pero nunca amor.

El sexo está al alcance de un dedo. La era del Grindr y el Tinder es nuestra realidad, pero que alguien te mire y se quede se ha vuelto raro. Y quizá por eso sigue siendo valioso. Porque en un tiempo donde casi todo se consume, el amor —cuando aparece, de la clase que sea— todavía se parece más a quedarse que a tener. Y quedarse, ahora, es casi revolucionario.

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