Opinión | Tres en línea
Crisis, crisis, crisis

Rufián y Delgado mantienen un diálogo sobre el futuro de la izquierda / Europa Press
Gabriel Rufián ha presentado su proyecto para espolear a la izquierda, muerto antes de nacer, como un mero ejercicio de contabilidad. No hay en lo que ha planteado ni una sola idea, ni un solo proyecto capaz de aunar voluntades a favor de nada: se trata de ir todos juntos, aunque sea revueltos, en contra de algo, provincia por provincia. Por una vez, estoy de acuerdo con Podemos, otros a punto de ser borrados de la historia: para eso, quédense todos en casa y pidan el voto para el PSOE; es más fácil y más barato, aunque me temo que el resultado sería aún peor. Sumar, que se ha organizado su propia perfomance al margen de la de Rufián, no tiene tampoco mayor ambición: Yolanda Diaz, que tarde o temprano acabará en una lista del PSOE si quiere seguir en esto, continúa con su inquebrantable estrategia de no ser capaz de articular una organización ni dar la cara en los momentos cruciales.
El propio nombre define el pecado original del movimiento: ¿Sumar, pero para qué? Por cierto, ¿qué papel juega en todo esto la izquierda a la izquierda del PSOE que se define a sí misma como la única representante de los valencianos, digo de Compromís? Pues depende del día, de la hora y de con quién hables, con una credibilidad bajo mínimos dilapidada en la legislatura más intensa de la democracia española, donde sus dos diputados han acabado en bandos distintos y, consecuentemente, en la irrelevancia pese a que cada uno de sus escaños debería haber valido su precio en oro.
La izquierda ha fragmentado tanto su discurso, lo ha atomizado de tal manera, que ha acabado como esa extraña emisora que lleva décadas lanzando desde algún punto de la antigua Unión Soviética una señal que nadie, ni los propios rusos, entiende. Así que, de seguir así, su espacio preferente no serán la calle, ni las sedes, ni las tertulias dizque políticas de las radios o las teles, ni siquiera los espacios de Ana Rosa y otra fauna por el estilo. Serán los programas de Iker Jiménez, donde intentarán explicar lo inexplicable: de qué hablan cuando hablan y, sobre todo, a quién le interesa lo que dicen. En realidad, esa es la lección que deberían aprender de esa ignota radio de la extinta URSS que está emitiendo mediante robots un mensaje del pasado cuando no queda quien lo pueda descifrar.
El discurso de Rufián es el ejemplo: cuando por las mañanas le aprietan Junqueras y los suyos, reafirma su independentismo; cuando por la tarde quiere sacar adelante esa idea de liderar a toda la izquierda a la izquierda del PSOE, aclara que para él es lo mismo un trabajador de Huelva que uno de Martorell. Pero ahí está la clave del fracaso, precisamente. En que no se puede ser una cosa y la contraria y que la gente trague. Al trabajador de Huelva nunca le ha importado que Cataluña fuera independiente. Lo que le da miedo es precisamente lo contrario: que se quede pero consiga a cambio concesiones que hagan este país más desigual y al trabajador de Huelva más vulnerable, o peor defendido, si lo quieren decir así, que al de Martorell. Y eso no es una reflexión consciente. Pero sí un temor interiorizado, contra el que es más difícil luchar porque se asienta sobre una base y una experiencia reales.
La deriva a la izquierda de la izquierda, de todas maneras, no es nada comparada con la del PSOE de Pedro Sánchez o la del PP de Alberto Núñez Feijóo. A los populismos se les combate con respuestas serias y creíbles a las cuestiones que plantea, que están en la esencia de la vida cotidiana de todos los ciudadanos, y con acuerdos que hagan ejecutables esas respuestas, frente a los disparates que esos populismos proponen. Pero Sánchez se dedica a levantar muros y Feijóo a abrirles puertas. Lo más indignante de los dos es que ninguno quiere gobernar para los españoles, a ambos les vale con presidir a la mitad, aunque sea contra la otra mitad. Visitar Madrid, reunirse allí con políticos de ambos partidos, es a día de hoy una de las cosas más deprimentes que pueden hacerse: ya hables con alguien del PSOE, con mando en plaza, o con alguien del PP, con responsabilidades en Génova, la calle donde está la sede popular, vuelves a la Tierra Media aterrado.
Sólo coinciden en una cosa: ambos bandos dicen, con una frivolidad que espanta, que estamos en una guerra civil y los dos aseguran que no la van a perder. No es verdad. Es su mediocridad la que nos tiene así. Y tampoco me vale el que la polarización y el ascenso de los extremismos es un fenómeno general en todo Occidente porque, siendo cierto, también hay ejemplos exitosos de cómo frenarlos. Víctimas del marketing y las métricas, la gran plaga de los últimos años, esos árboles tan importantes salvo que los plantes mal y no te dejen ver el bosque, lo último que celebran los socialistas es que Sánchez lleva más tiempo gobernando que Rajoy y ahora va a por Aznar para colocarse, cosa que debe ser difícil de soportar para él, sólo por detrás de Felipe González. Pero la cuestión, aunque él y los suyos crean que sí, no es cuantitativa, sino cualitativa. ¿Qué ha hecho él y que hizo González?
Se lo voy a apuntar, mínimamente. Con González se construyó un sólido Estado del Bienestar. Y con Sánchez, no por culpa de él, sino de él, de su derecha y de su izquierda, ese Estado está colapsando, digan lo que digan las estadísticas macroeconómicas. Crisis en la educación, donde la Universidad pública ha dejado de ser el gran ascensor social ante la inacción de años del Ministerio del ramo (del que ahora es titular Diana Morant, pero antes lo fueron otros igual de responsables) frente a la acometida de una derecha siempre atenta a los intereses privados. Crisis en la sanidad. Crisis en la dependencia y los servicios sociales, resueltas en el segundo de los casos con subsidios mal controlados y que no consiguen su fin, que debería ser la inclusión con un horizonte de futuro y no la defraudación como mecánica. Crisis en los transportes públicos. Crisis en algo tan esencial y transversal como es el acceso a la vivienda, con leyes que, lejos de atajar las trampas, las facilitan, como se ha visto en el caso del escándalo de Alicante, y políticos, del PP y del PSOE, que en lugar de ponerse de acuerdo sobre cómo cambiarlas para que garanticen de forma efectiva la equidad, sólo quieren cobrarse la cabeza del contrario. Lo que es legítimo, pero por sí solo no sirve para evitar que todo siga igual.
Crisis, crisis, crisis, para las que la única respuesta es que viene la ultraderecha. Sin pensar que, si viene, es precisamente por esa falta de soluciones. Dirán ustedes: “Hombre, que escribe usted en la Comunitat Valenciana, ¿es que no va a decir nada del Gobierno de la Generalitat y su presidente, Juan Francisco Pérez Llorca?”. Está englobado en todo lo anterior. Pero si quieren un apunte local, les diré que el jueves Llorca protagonizó en Alicante, en la 41 edición de los premios “Importantes” que entrega el diario INFORMACIÓN, perteneciente como Levante-EMV y Mediterráneo al grupo Prensa Ibérica, el discurso más multitudinario desde que llegó al cargo, ante unas dos mil personas presentes en la sala sinfónica del ADDA y sus espacios anexos y no sé cuántas, pero muchas, siguiéndolo por streaming. Y allí mencionó el turismo, el juguete y el calzado. En un acto en el que instantes antes se había premiado a una empresa alicantina que hace robots para la NASA, se refugió en los tópicos del pasado (le faltó el turrón), pero no habló del presente ni el futuro. ¿Dónde están las respuestas a las necesidades que tienen los ciudadanos? ¿En bajar todos los meses un impuesto y quejarse todos los días de Madrid?
He contado alguna vez que la mejor pintada que he visto la escribió alguien sobre un muro de la Casa Rosada en algún momento de la campaña electoral que en 2003 enfrentó a Carlos Menem y Néstor Kirchner. Decía: “Como gane alguno, me voy”. Sólo un argentino es capaz de definir con tanta precisión un sentimiento que, más que una ola, empieza a ser un tsunami. Un tsunami que amenaza con destrozarlo todo, con barrer muchos de los derechos que, tanto quienes votan a la izquierda como los que lo hacen a la derecha, creíamos consolidados. Pero en este caso, no vamos a ser arrollados por una fuerza de la naturaleza contra la que nada pueda hacerse. Ese estado del bienestar que está cayendo, esos derechos que van a ser limitados, se perderán por la incapacidad de quienes hoy gobiernan o lideran los partidos democráticos para gestionar lo que se les legó y calibrar la dimensión de la debacle que ellos mismos están alentando.
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