Opinión | La pluma y el diván
Elecciones

elecciones / EFE
Se podría decir en voz baja, que ser un granuja en la España de los silencios, no significaba necesariamente dar con tus huesos en la trena. El granuja español ha sido enaltecido en la novela picaresca como un listillo buscavidas que sabe cómo engañar al hambre, consiguiendo desprenderse de tintes peyorativos, al igual que el pícaro, el guitón o el bigardo.
Algo similar ocurre con el bergante, que a fuerza de normalizarse es una palabra capaz de encabezar el nombre de algún restaurante, quizás por su parecido a Bergantes el río de nuestra vecina Morella. Pero sin duda alguna, el bergante español no deja de ser un bribonzuelo de tres al cuarto.
Otra cosa diferente podría parecernos el malandrín que, aunque suene más oriental y lo confundamos con mandarín, sí que tiene una connotación mucho más canallesca en su acepción y su origen.
Los malandrines, parece ser que nacieron en la Francia del siglo XII entre los proscritos, convirtiéndose en una pandilla de bandidos desalmados que portaban armas como moneda de cambio. Consiguieron expulsarlos de Francia, después de Italia y, por supuesto, acabaron atrincherados en España para nuestra gloria.
La sabiduría popular ha conseguido quitarles hierro y puedes acabar siendo un malandrín sin pena ni gloria, porque finalmente no se reconoce su malicia. Será que este país nuestro no tiene la suficiente energía para poner las cosas en su sitio, y si te dicen ¡qué hijo puta eres! o ¡qué cabronazo! Con cariño, ni te ofendes, porque lo entiendes como una especie de agasajo embadurnado de mierda acaramelada.
Lo que empobrece nuestro espíritu ciudadano y nos relega a la estupidez aceptada, es el ejercicio de responsabilidad democrática que hacemos de cuando en cuando eligiendo a los que tienen que regir nuestros destinos.
Lo extraño, bueno lo estúpido, es que le demos nuestra confianza para administrar la vida de todos, además de un poder absoluto, a una pandilla de desconocidos sin tarjeta de presentación, que no pueden demostrar excelencia ni en su vida privada, que carecen, en la gran mayoría de los casos, de una mínima preparación, que han sabido emponzoñar la vida social española como nadie y que están logrando deteriorar el sentido de la democracia.
Creo que hemos llegado al final del colmo y tenemos que cambiar, cueste lo que cueste, el procedimiento electoral para poder votar a las personas que realmente nos inspiren confianza impidiendo que se camuflen en las listas de los partidos.
No podemos seguir votando a los que están encasillados en el nivel de granujas, bergantes o malandrines como los miles de políticos que han estado o siguen estando encausados por diferentes truhanerías, desconociendo si del resto tendríamos que dudar. Seamos valientes y zafémonos de una vez de tanta ignominia.
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