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Opinión | Con permiso de mi padre

Blanquear a ETA: la segunda traición

El etarra Félix Ignacio Esparza Luri, a la izquierda, durante un juicio en la Audiencia Nacional en 2011

El etarra Félix Ignacio Esparza Luri, a la izquierda, durante un juicio en la Audiencia Nacional en 2011 / EFE

Hay palabras que, al pronunciarse en voz alta, deberían seguir helando el aire. ETA es una de ellas. Y, sin embargo, alguien ha decidido que ya toca pasar página, que ya no es necesario que figure en las listas de organizaciones terroristas, porque aquello fue “otra época” y que este capítulo de nuestra historia está poco menos que saldado. Es una indecencia política, pero sobre todo moral.

Porque no nos referimos a guerras carlistas ni de pronunciamientos decimonónicos. Ni a asesinatos anarquistas del XIX o principios del XX, sino de 2009, ayer mismo, históricamente hablando, cuando se perpetró el último crimen de ETA, al final de una estela sangrienta de más de 800 personas asesinadas. Mujeres que iban a trabajar, hombres que abrían su negocio, niños que jugaban, policías, guardias civiles, militares, jueces, periodistas, escoltas, conductores, políticos, empresarios que un día decidieron no pagar el impuesto revolucionario. No hay metáfora que pueda rebajar eso. No hay eufemismo que lo convierta en “conflicto”. Fue terrorismo, cobardes asesinatos cometidos por repugnantes delincuentes.

Y, sin embargo, asistimos a una operación paciente de blanqueo. Se discute si debe seguir en las listas, se rebaja el lenguaje, se igualan víctimas y verdugos en ciertos discursos, se invita a pensar que, como “ya no matan”, la cuenta está cerrada. No. El terrorismo no prescribe en la memoria de las familias, ni caduca en los cementerios, ni se borra de las sillas vacías.

La memoria duele más cuando se entiende que no hay prisa por ser justos, pero sí mucha prisa por pasar página. Ahí entra la política penitenciaria. El Gobierno vasco empieza a aplicar terceros grados a asesinos que ni siquiera han cumplido un tercio de sus condenas. Se les llama “presos”, sin adjetivos, como si hubieran atracado una gasolinera, y se habla de reinserción en abstracto, como si la justicia fuera un trámite administrativo. No lo es. No cuando las víctimas ponen flores en tumbas que tuvieron que trasladar para no ser profanadas por los mismos que las causaron, no cuando la sangre aún tiene nombre y apellidos no sólo en las hemerotecas, sino también en las sillas vacías, y en los kilómetros de quienes tuvieron que dejar su tierra por culpa de unos asesinos hoy consentidos y aplaudidos.

¿Alguien cree, de verdad, que la batalla por las competencias de Interior era sólo un asunto técnico, una cuestión de eficacia, de estar “más cerca del ciudadano”? Qué ingenuidad tan peligrosa. La seguridad no se mejora desandando el camino de la firmeza frente al terrorismo, sino protegiendo a quienes fueron sus objetivos y a quienes aún viven con la mirada en la nuca.

Porque hubo miles de familias que se fueron del País Vasco por miedo, por desesperación, porque no querían seguir saludando en la escalera a vecinos que les señalaban, les espiaban o deseaban que una mañana no regresaran a casa. Esa diáspora silenciosa, esas mudanzas apresuradas, también son parte del balance de ETA. También son víctimas, aunque no salgan en los listados oficiales.

Por eso es tan obsceno este empeño en dulcificar el pasado, en rebajar condenas, en acelerar beneficios, en administrar el olvido como si fuera una política pública más. A las víctimas no se las repara con homenajes de agenda mientras, por debajo, se construye un relato cómodo y eficiente para quienes siempre tuvieron demasiadas dudas a la hora de condenar. No se honra a los muertos compartiendo poder con quienes jamás han hecho una enmienda moral.

Blanquear a ETA no es sólo sacar siglas de una lista o adelantar terceros grados: es mandar a los terroristas un mensaje: que, con paciencia, todo se relativiza. Y decirles a las víctimas, a sus hijos, a sus huérfanos, que lo suyo fue un mal necesario en un relato que ahora conviene maquillar. Esa es la indecencia. Y la decencia, en este país, ya ha sido demasiado barata como para permitirse otro descuento.

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