Opinión | Tribuna
Orihuela y la afición a la colombicultura

Orihuela y la afición a la colombicultura / Vicente M. Pastor
Sería final de la década de los 40, y buena parte de los 50, cuando en Orihuela y toda la comarca existía una gran afición por la colombicultura. La cría y vuelo de palomos deportivos estaba muy arraigado en nuestra tierra, las competiciones se llevaban a cabo, generalmente, durante los fines de semana. Los torneos eran organizados por los mismos aficionados. Consistía en soltar una paloma con una pluma larga y blanca pegada en su cola —eso se hacía para distinguirla del resto—, los concursantes daban suelta a su mejor palomo que seguía a la hembra; se valoraba la faena de cada uno para conquistarla: zureo, ruedas, pisadas, etcétera.
Al final, el que lograba llevarse la paloma a su garita se proclamaba el campeón del concurso y su dueño recibía un trofeo en forma de copa o placa. La paloma y el numeroso grupo de palomos que la seguían le llamaban “La pica”, y volaban casi siempre muy alto. Algunas veces se perdían de vista, incluso durante días completos, hasta que regresaba cada uno a su palomar respectivo.
Los palomos de competición estaban muy mimados por sus dueños, se alimentaban del mejor pienso y se les suministraba vitaminas. Les aseaban sus palomares con asiduidad y les dispensaban toda clase de cuidados. Se identificaban con una anilla que portaban en una pata y el color de sus alas que eran pintadas por la parte inferior de tonalidades llamativas para ser reconocidos desde abajo. Era un placer ver a “La pica” volando con el multicolor de sus alas bajo un espléndido cielo azul y sobre los monumentales campanarios oriolanos.
Pero este escrito me ha venido a la memoria por un palomo muy famoso de la época considerado un fuera de serie conquistando a la paloma Este dandi de las alturas se llamaba “Puentetocinos”.
Todos los palomos tenían su nombre; un buen ejemplar no tenía precio, el que lo poseía no lo vendía por nada, y si lo hacía, cobraba cantidades astronómicas para aquel tiempo. Entre los aficionados existía también la costumbre de dejar su palomo a algún compañero para que “pisara” a su paloma, con ello, podría conseguir que los pichones que nacieran de esa relación tuvieran la clase del macho y fueran también futuros campeones.
El “palomista”—así se denominaba a los que se dedicaban a esta afición—, disponía de varios palomares hechos por él mismo, eran unos cajones de madera, en la parte delantera tenían una especie de plataforma a modo de terraza, con una red puesta en la parte superior que su dueño desplazaba por unos raíles tirando de un hilo a distancia que la hacía correr y cerrar cuando entraba la paloma. Estos habitáculos se encaramaban en los tejados, balconadas o corrales.
La afición a la colombicultura, afortunadamente, no ha desaparecido. Se sigue practicando, ahora con mejores medios, aunque en lo fundamental sigue igual.
Las palomas han prestado siempre un gran servicio al ser humano, incluso al Ejército, por su sentido de la orientación así como volar muchos kilómetros como mensajeras.
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