Opinión | Tribuna

Médico y escritor
La prisa

La prisa
Hoy no tengo prisa. Decirlo en voz baja suena casi a provocación, una pequeña desobediencia contra esa norma invisible que obliga a correr aunque nadie sepa muy bien hacia dónde.
He llegado una hora antes al fisio. La guardia me ha dejado el cuello tieso y los ejercicios mal hechos han terminado de dejarme más duro que la mojama. Salgo a caminar. Media hora. Los famosos diez mil pasos. Alguien decidió que esa cifra separaba a las personas correctas de las demás, y aquí seguimos, obedientes, contando pasos para convencernos de que llevamos el control de algo.
El dueño del gimnasio me mira de reojo.
—¿Llevas tiempo sin venir?
—No, solo que vengo a horas en las que tú no me ves —le miento, con esa convicción tibia que uno reserva para engañarse a sí mismo.
En la entrada, un cartel de una chica de marketing me da la bienvenida. Sonríe con precisión profesional. Abro la red social y la encuentro cumpliendo objetivos, exhibiendo una vida optimizada. Cada cual vende lo que puede; algunos venden su tiempo, otros su imagen, y muchos vendemos la ilusión de que dominamos algo. Yo también, claro.
Miro alrededor. Gente que entra y sale sin detenerse. Pasos rápidos hacia el coche, hacia el reloj, hacia lo siguiente. Todos parecen llegar tarde a algo que prefieren no nombrar. Yo también. Llego tarde a casa, a la cena, al cansancio que me espera en una silla, paciente, sin reproches.
En el trabajo ocurre lo mismo. Todo es urgente. Todo es para ayer. La prisa se disfraza de profesionalidad y la duda de debilidad. Y yo participo: corro, protesto por correr y luego sigo corriendo. Movimiento sin dirección, pero movimiento al fin y al cabo. A estas alturas, casi nadie recuerda por qué empezó a correr.
Hace poco vi un vídeo en el que alguien sugería, con una calma casi insolente, que quizá lo sensato sería parar a pensar. No hablaba de conspiraciones, solo de una evidencia incómoda: la prisa no es inocente. Lo escuché con escepticismo, que suele ser la forma más elegante de no cambiar nada.
Algunos países han decidido limitar el acceso de los menores a las redes sociales, y el nuestro empieza a debatirlo. Puede que no sea solo por lo que muestran, sino por lo que hacen. La inmediatez constante entrena para reaccionar, no para pensar. Todo rápido, todo breve, todo ahora. Un entrenamiento perfecto para no detenerse nunca. Y una mente que no se detiene piensa menos. Y una mente que piensa menos resulta más fácil de conducir.
No hace falta ninguna teoría sofisticada. Basta mirar alrededor. Adultos cansados, jóvenes acelerados, conversaciones interrumpidas por pantallas, silencio cada vez más raro. Vivimos corriendo y llamamos vida a esa carrera.
A veces me pregunto a quién le interesa que vayamos tan rápido. Quién gana con este cansancio permanente aceptado como normal. Quién necesita que no pensemos demasiado.
Mientras lo pienso, la fisio me clava una aguja en el cuello. El dolor me devuelve al cuerpo, sin metáforas ni discursos. Todo se detiene un segundo.
Quizá un día podríamos hacer algo simple: parar, apartar la vista de la pantalla, mirar alrededor. Nada heroico. Solo detenernos.
Y tal vez entonces alguien, en algún sitio, empezaría a temblar.
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