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Opinión | Esto no es un cuaderno

Vagos, ociosos y mal entretenidos

«Decir la verdad es imposible; o es nefanda o es inefable». María Zambrano (1904-1991), filósofa y ensayista española.

El pleno celebrado este lunes en el Ayuntamiento de Elche

El pleno celebrado este lunes en el Ayuntamiento de Elche / Áxel Álvarez

Cuenta el investigador de la historia ilicitana Jesús Andreu (a la sazón diligente mando policial) en la web de la Cátedra Pedro Ibarra (elche.me) que la nefasta restauración en el poder de Fernando VII en 1823, tras el frustrado Trienio Liberal-Constitucional, acarreó un exhaustivo control militar y policial de la población española. Una vigilancia que no solo se centraba en los individuos o grupos opuestos políticamente al monarca absolutista, sino también incluso en aquellos vecinos a los que no se les conocía oficio ni beneficio. Control que se dejó en manos de los ayuntamientos y de los alcaldes de barrio.

El 11 de enero de 1828 se reunían en sesión extraordinaria los integrantes del Ayuntamiento de la Villa de Elche y del Ayuntamiento Económico de la Universidad de San Juan del Arrabal, con un punto principal a tratar: el cumplimiento del edicto emitido por el capitán general del Reino de Valencia de fecha 6 de septiembre anterior, en el que solicitaba una relación de los sujetos que se reputaban por «vagos, ociosos y mal entretenidos».

Las autoridades locales se pusieron prestamente a la faena y elaboraron una relación con nombres, apellidos, apodos y direcciones de una sesentena de personas de mal vivir de la localidad. Entre ellos estaban Antonio el Bolut, el Tuerto del Alacantí, el Coxo del Caragol; Jaime el Rovellat; otro tuerto, este del Rabós; Antonio el Merdeguer y Diego el Cabolo. Un precedente de la Ley de Vagos y Maleantes promulgada en 1933 por el gobierno de la II República, ampliada por el franquismo en 1954 (para incluir la homosexualidad y el escándalo público) y transmutada durante los últimos (y funestos) coletazos de la dictadura en la temida Ley sobre Peligrosidad y Rehabilitación Social (1970).

Es decir, desde mucho tiempo atrás ha habido especial interés en las autoridades correspondientes (absolutistas, democráticas y dictatoriales) por controlar y punir a individuos sin oficio ni beneficio conocidos. De este hostigado y variopinto colectivo llama la atención, especialmente, lo de mal entretenidos, una expresión que desde el Antiguo Régimen se le daba a alguien sin ocupación, que no trabajaba en nada conocido, de lo que se desprendía que lo más probable era que se dedicara a algo ilícito.

Algo similar venía a significar también en aquellos tiempos ser un vago, término que desde los romanos se refería a una persona que vagaba (vagus), sin domicilio fijo. En la actualidad define más a alguien «holgazán, perezoso, poco trabajador», según el DRAE. Sin embargo, la segunda acepción de esta entrada en el diccionario mantiene: «Dicho de una persona: Sin oficio y mal entretenida».

No queda claro a cuál de las acepciones y atributos del término «vago» a lo largo de la historia se refiere el alcalde, Pablo Ruz, en sus continuas alusiones a la oposición (PSOE y Compromís) en los plenos municipales (como el último de hace unos días) y otras declaraciones públicas, al acusarles de ser unos vagos y de no ganarse el jornal que él mismo les ha asignado por propia iniciativa en generosas cuantías. Con el sustento asegurado, viene a espetarles el regidor popular, sucumben a la ociosidad y la contemplación, pero no el otium sanctum, ocio santo y contemplativo del que hablaba Tomás de Aquino, sino de la acedía, la pereza espiritual. ¿Para eso les pagamos?, inquiere.

Quedó patente una vez más en el último pleno extraordinario, solicitado por la oposición para tratar sobre el empeoramiento de la asistencia sanitaria pública y la falta de inversiones en esta materia por parte del Consell. Ruz (autoproclamado ya, sin medias tintas, como portavoz plenipotenciario del PP además de alcalde vuestro que soy), se quejó amargamente de la maniobra torticera de la oposición.

La propuesta defendida por los portavoces socialista, Héctor Díez, y compromisaria, Esther Díez, constaba inicialmente de siete puntos, que según afirmó el primer edil se debían votar por separado (cosa muy inusual), pero mediante una autoenmienda de los proponentes quedaron agrupados en uno solo. Con lo que o se respaldaba el conjunto o se rechazaba todo, sin medias tintas (práctica habitual, por lo demás, en todos los gobiernos municipales).

Ustedes se lo pierden, vino a decirles el alcalde, porque, según aseveró, el equipo de gobierno PP-Vox pensaba votar a favor de casi todo menos de alguna cosa (por ejemplo, la reversión al sistema público del Hospital del Vinalopó), pero así, ni de coña. Y más sin incluir ninguna reprobación a algún ministro de Pedro Sánchez, en este caso la responsable estatal de Sanidad, aunque la competencia en la materia sea exclusivamente autonómica.

Dejar los siete puntos en uno solo por arte de birlibirloque, e incluso la misma petición de pleno extraordinario, eran para Ruz una muestra más de la indolente vagancia imperante en la bancada opositora, que no piensa en otra cosa que en quejarse del despilfarro, de las flores, farolas y vírgenes, en lugar de coger pico y pala, y ponerse con la brigada de obras a trabajar de verdad, por ejemplo haciendo plataformas únicas como descosidos en las calles, que quedan muchas.

El candidato in pectore socialista pensó recurrir en una de sus intervenciones al cantautor urugayo Daniel Viglietti: «Me matan si no trabajo / y si trabajo me matan. / Siempre me matan, me matan, ay». Pero se lo guardó para uno de sus reels de menos de un minuto. Prefirió no soliviantar aún más el ánimo de la presidenta del pleno, la popular Irene Ruiz, enfrascada en una interminable batalla contra las interrupciones del público (con ruidosa presencia de integrantes de la plataforma por la reversión del hospital del Vinalopó) y de los concejales (incluidos algunos de los suyos propios). No está pagado lo que le hacen pasar a esta mujer en cada sesión. Ánimo.

«Oiga, que yo he venido aquí a hablar de mi libro, o sea, de la huelga de médicos», terció la portaVox Aurora Rodil. «Tantas interrupciones me desconcentran», se quejó la médico/a, mientras levantaba la vista del discurso que llevaba escrito. «Así no hay manera. Silencio, respeto y un poquito de por favor», insistía la atribulada jefa de la sesión. «Presidenta, presidenta, me ha vuelto a interrumpir la señora Rodil», se quejaba el socialista Díez. No hay manera.

«Este es un pleno fallido, por la autoenmienda, la autocorrección y la autometedura de autopata de la oposición, y automáticamente el equipo de gobierno se autoexcluye del auto en cuestión», argumentó Ruz con el ímpetu que le caracteriza. «Alcalde, ¿y de la sanidad qué? », insistió Esther Díez. «Yo sueño que estoy aquí / destas prisiones cargado, / y soñé que en otro estado / más lisonjero me vi», declamó con presteza Ruz. Aplausos y pitos, y más llamadas al orden y al decoro.

Mientras tanto, inmersos como hemos estado en incesantes ventoleras, en una imparable sucesión de avisos amarillos y naranjas y alertas telefónicas, que se llevaron por los aires hasta la fiesta de Carnaval, hemos entrado esta semana en el año nuevo chino (el 4724, según el cómputo tradicional). El animal que regirá estos doce meses es el Caballo de Fuego.

En la tradición cultural china, el equino astral está vinculado a valores como la independencia, la libertad y la búsqueda de nuevos horizontes, siempre en un avance constante. El elemento fuego, por su parte, viene asociado a la creatividad, la ambición y la intensidad emocional. Es decir, todas ellas cualidades contrapuestas a las atribuidas históricamente a los vagos, ociosos y mal entretenidos. Confiemos en que nuestros gobernantes / representantes municipales sientan el influjo de tales virtudes y las trasladen a la búsqueda del bien colectivo... ¡Y yo voy y me lo creo!, que diría Shrek (y la presidenta del pleno).

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