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Opinión | Vuelva usted mañana

La palabra vacía en una izquierda perdida

Sánchez explica el objetivo del Gobierno en materia de desigualdad

Sánchez explica el objetivo del Gobierno en materia de desigualdad / Europa Press

"Por saber en qué labios las palabras más bellas son como pájaros muertos. Y en qué labios son ríos cargados de esperanza". Hermosos versos que escribió el cantautor, hace poco fallecido, Pablo Guerrero. Versos que nos deben hacer reflexionar, desde la libertad, sobre el valor de las promesas que sustituyen las realidades, de los pactos o compromisos vacíos o cobrados en efectivo a precio vil. Pájaros muertos, engaños que se airean por el autor sin cuestionarse su validez y que en este hoy en el que la inocencia es disfraz de la radicalidad, se constituyen en la razón de ser de la adscripción a uno u otro partido.

Julio Anguita, un referente de la izquierda, comprometido y sensato, siempre fue muy claro y nunca creyó en la banalidad y el disimulo de la ineficacia por medio de discursos vacuos. Convendría a esta nueva izquierda leerlo y al PSOE hacer lo propio con los escritos de Alfonso Guerra. Ambos, Anguita y Guerra, tuvieron labores de gestión, gobernaron en sus respectivos ámbitos y aprendieron lo que significan los hechos y lo poco que sirven las palabras hueras que conducen a la inanidad.

Anguita rechazaba esa utopía, asimilada a "especie de ensoñación quimérica que a fuer de irreal induce a esfuerzos estériles, peligrosas alienaciones y dilapidación de energías que debieran dedicarse a trabajar en la realidad, asumiéndola desde luego". Y Guerra hablaba de la política como el arte de lo posible, de la eficacia.

Ambos, en suma, sin abandonar la idea de utopía como fuerza motriz para el cambio (Anguita), optaban por, partiendo de la realidad, innegable, cambiar esa realidad, pero mediante actos, no palabras, eficaces, no medidas que producen el efecto contrario al buscado por el mero hecho de anteponer la ensoñación a lo que existe y es. Se trata de cambiar lo que no funciona, no cambiar porque la idea o la propaganda así lo exigen para ser algo que tampoco, en ningún lugar del mundo, ha funcionado o donde se ha propuesto ha causado mayores daños que beneficios al común.

Hoy pocas veces se analiza, antes al contrario, se desprecia, el resultado de las soluciones ofrecidas, que se compran por razón de su autor, de su calificativo progresista o conservador auto otorgado. Lo que vale es la oferta, cuanto más próxima a la bandera, mejor, aunque la prometida y expuesta sea un fracaso ya constatado. Y, en este campo de la confrontación irracional o vendida como moneda solo útil para los que viven de ella y son algo por exclusión del de enfrente, el pacto, el consenso o, simplemente, entender que la razón es compartida, se considera una traición a no se sabe bien qué.

Seguramente, por ese valor dado a la mediocridad de la palabra que no compromete, que se sabe gratuita, son muchos los partidos que conforman una izquierda que, aunque siempre fue así, ahora, con ocasión de la fortaleza del nacionalismo llamado progresista, se ha multiplicado tanto en su exquisitez, que es legión y cuya unión es tan imposible, como darse cuenta de que Sánchez da para hoy lo que quita para mañana y para un largo tiempo.

Leer los programas de la izquierda y de sus integrantes, fuera de la incomprensible nacionalista que defiende la clase obrera de su territorio y que hable su lengua por encima de toda la demás, no explica una división que pone por encima y delante minucias, irrelevantes para impedir una gran formación plural o, lo que es el caso de Podemos, discursos incendiarios que tienen un valor nulo más allá de hacer aparecer a sus actores como una suerte de sujetos fuera de sí y contra el mundo con más contradicciones que certezas y menos sensatez que inteligencia.

El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián;la periodista Sarah Santaolalla y el diputado de Más Madrid en la Asamblea, Emilio Delgado, durante un diálogo sobre el futuro de la izquierda alternativa.

El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián;la periodista Sarah Santaolalla y el diputado de Más Madrid en la Asamblea, Emilio Delgado, durante un diálogo sobre el futuro de la izquierda alternativa. / E.P.

La lucha por acumular en sus programas cuantos más "istas" mejor, identifica la desunión, a la vez que la cercanía a un Sánchez y "su" partido, que no debería ser identificado con el PSOE, al menos porque carece ahora de identidad -tan cambiante es-, pero que influye decisivamente en una unidad mermada por la conveniencia presente que no barrunta el futuro casi inmediato. Sánchez mueve a la izquierda como una marioneta porque concede o quita, fomenta o destruye, pero esa izquierda está excesivamente apegada a un poder que es finito y que se debe presumir pronto a terminar.

No hacerlo es errar y sucumbir a la vez que el presidente en un ejercicio de suicidio que no se compensa con formar parte de un consejo de ministros y de los beneficios personales que comporta. Es complicidad, aunque se quiera tapar con, otra vez, altisonantes argumentos sobre el miedo a los otros, que ya no dan miedo, porque ese miedo lo es ahora a quien esa izquierda protege o la protege.

El mero espectáculo de los movimientos interesados de Rufián, sin un plan concreto, un brindis al sol y la refundación de un Sumar que sigue encabezando hoy la otra vez en su historia cambiante Yolanda Díaz, es bastante para comprender que las palabras son pájaros muertos en boca de quien ni siquiera es capaz de articular un discurso eficaz o posible, sino solo vender su identidad y seguir siendo algo. Y si se cobra, miel sobre hojuelas. El paro es muy duro. Y olvidan, lo que no se escapa, que llevan ya ocho años en el gobierno o cerca, lo que tiñe las palabras de ese tinte de falta de credibilidad propio de los que ofrecen soluciones ya constatadas en su irrelevancia.

Cuanto antes termine el espectáculo, mejor para recomenzar en una izquierda toda, dañada. Un partido socialdemócrata reconocible y una izquierda sensata a su izquierda que no ceda al populismo y a la estulticia. Y, sobre todo, que venda la utopía que haga reales los derechos, no que los cercene por imponer lo que no es posible en el marco que es el que es y permite lo que permite.

Pero para eso hay que pensar, no gritar y, seguramente, predicar con el ejemplo. No es poco.

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