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Opinión | Tribuna

Antonio Amorós Sánchez

Antonio Amorós Sánchez

Exportavoz del PSOE en la Diputación

Pere Miquel Campos

El periodista Pere Miquel Campos, en una imagen de archivo.

El periodista Pere Miquel Campos, en una imagen de archivo. / INFORMACIÓN

Pere Miquel Campos desarrolló una larga y fecunda trayectoria como profesional de la comunicación, pero reducir su vida a una sucesión de cargos sería empobrecer su legado. Fue redactor en distintos medios, entre ellos INFORMACIÓN, fundador de la Unió de Periodistes Valencians y trabajador en la antigua Radio televisión Valenciana (RTTV) y Premi Vicent Ventura. Sin embargo, más allá de los títulos y las redacciones, lo que definía a Pere era su manera de ejercer el oficio: con honestidad serena, con compromiso y con una profunda conciencia de la responsabilidad social de la palabra.

Décadas atrás, en COPE Radio Popular, su voz llegaba cada día a la audiencia alicantina con rigor y sensibilidad. Informaba con precisión, pero también con humanidad. Su tono transmitía credibilidad y, en tiempos inciertos, una esperanza discreta pero firme. Sabía que la comunicación no era neutral: podía ser instrumento de conformismo o herramienta de transformación. Él eligió siempre lo segundo. Fue un gran defensor de los derechos de las personas, especialmente de quienes apenas tenían espacio en los discursos oficiales. No entendía la cultura como un adorno ni el periodismo como simple transmisión de datos. Para él, la cultura era motor de cambio; el pensamiento crítico, una necesidad pública; y la información, un servicio a la dignidad humana.

Un periodista por el cambio

Corrían los años de la Transición. España comenzaba a respirar con algo más de libertad bajo el liderazgo de Adolfo Suárez, aunque aún pesaban las sombras del pasado reciente. El país se transformaba lentamente, impulsado por movimientos sociales, asociaciones vecinales, estudiantes y una ciudadanía que reclamaba participación y derechos. Parte de la Iglesia, atenta a esos vientos nuevos, empezó también a abrir espacios de reflexión. La radio vinculada a ella dejó entrar un aire distinto: más libre, más comprometido, más humano. En aquel contexto, Pere Miquel Campos no fue un simple testigo. Fue una voz activa del cambio. Entendía que las transformaciones políticas solo arraigan cuando van acompañadas de una renovación cultural profunda. Sabía que la palabra —cuando es honesta— puede desmontar miedos, señalar injusticias y sembrar conciencia. Y asumió esa tarea con valentía, en un tiempo en que ejercer la libertad de opinión no siempre era fácil.

Compromiso con el teatro y la cultura.

Su vínculo con el grupo de teatro La Guadaña fue mucho más que una simpatía circunstancial. Fue complicidad moral y compromiso compartido. Pere veía en el teatro social una prolongación natural de aquello que defendía desde el periodismo: la cultura como herramienta de transformación, el escenario como espacio de denuncia y esperanza.

Buen amigo, fue siempre un aliado incondicional del grupo y del movimiento teatral independiente del País Valencià. Admiraba su valentía, su coherencia y su voluntad de situar el arte al servicio de la justicia social. Para él, el teatro no era entretenimiento pasajero: era conciencia viva. En un gesto que hoy conserva toda su carga simbólica, fue él quien tendió la mano para que La Guadaña pudiera dirigir un programa radiofónico desde los micrófonos de la radio de la Iglesia. Aquella ventana abierta en las ondas no fue un simple espacio cultural: fue un acto de confianza en la palabra libre. Allí encontraron lugar el pensamiento crítico, la reflexión social y la convicción de que la cultura podía acompañar los procesos de cambio que atravesaba el país. Gracias a Pere, la cultura y la esperanza tuvieron también su eco en la radio. Y ese gesto reveló algo esencial en su carácter: su capacidad para unir, para facilitar, para creer en los demás.

Leal a sus amigos

La amistad con Pere Miquel y su compañera Elodia ha permanecido siempre en el corazón de todos como una de esas presencias que el tiempo no desgasta. Desde el principio fue un vínculo profundo, sostenido por la lealtad y la convicción compartida de que el compromiso cultural y social no era una moda, sino una forma de vida.

Ni los años ni la distancia lograron desdibujar aquel lazo. Permanecen las conversaciones intensas, los proyectos soñados, las dificultades afrontadas con dignidad y también la alegría sincera de saberse caminando en la misma dirección. Hoy, al evocarlo, no se recuerda solo al periodista reconocido y respetado. Se recuerda al hombre que entendió que informar era servir; que la cultura podía cambiar conciencias; que la defensa de los derechos humanos comenzaba en la palabra honesta y en el gesto solidario. Y en la memoria de quienes lo quisieron, aún resuena su voz: firme, clara, profundamente humana.

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