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Opinión | Tribuna

La muerte a tiros de un hombre esposado

Domingo Fernández González.

Domingo Fernández González. / Cátedra Pedro Ibarra de la UMH

A Domingo Fernández González (Parla, 4-VIII-1895 - Elche, 25-II-1946) le fue muy bien de joven. Consiguió, al igual que su hermano, una plaza en el cuerpo de Carabineros en diciembre de 1914, con tan solo 19 años. En octubre de 1927 se casó con Iluminada Giménez López (Pilar de la Horadada, 1897- Elche, 1968) y el matrimonio tuvo dos hijos, Vicente (Elche, 1932-1958) e Ignacio (Planoles, 1934). En los años previos a la guerra vivieron en Planoles, un precioso pueblo de Girona cerca de la frontera con Francia, frontera que Domingo custodiaba junto a sus compañeros. Pero llegó la guerra y el futuro prometedor de la familia se truncó.

La muerte a tiros de un hombre esposado

Los croquis de la Guardia Civil sobre la huida y sobre del coche del que escapó ya detenido. / Cátedra Pedro Ibarra de la UMH

Domingo fue trasladado a Madrid como teniente del ejército de la República, lo que le llevó en la posguerra a ser expulsado del cuerpo de Carabineros y condenado a doce años y un día de reclusión por «auxilio a la rebelión» o, lo que es lo mismo, por no haber luchado junto a los rebeldes. Su mujer e hijos pasaron por Barcelona, Madrid y Elche, porque aquí encontraron el apoyo de familiares. Domingo cumplió su condena con trabajos forzados en la presa de Alberche y por fin, en octubre de 1942, consiguió su libertad provisional y se vino a Elche a trabajar en la fábrica de Ripoll. Vivieron en la calle Eslava y volvieron a recuperar la fortuna de estar juntos. La precariedad de mediados de la década de los cuarenta y una única cama para toda la familia les llevó a organizarse de la mejor manera que pudieron: tres en la cama y cada noche a uno de los niños le tocaba dormir en el suelo

La muerte a tiros de un hombre esposado

El carnet de presentaciones de Domingo Fernández González. / Cátedra Pedro Ibarra de la UMH

Y la fatalidad llegó a las 18 horas del 25 de febrero de 1946, cuando la Guardia Civil detuvo a Domingo acusado de propaganda ilegal («efectuar propaganda de carácter subversivo e intentar cotizar fondos con destino al Socorro Rojo»). Al margen de lo que pudiera haber ocurrido sin que aparezca en los documentos, primero lo negó todo, fue sometido a un careo con compañeros de la fábrica y, según el informe del capitán de la Guardia Civil, José Fernández Nespral Salazar, además de aceptar las acusaciones, entró en un estado de nerviosismo con gritos de viva la República y «grandes voces diciendo que lo tenían que matar allí mismo». Un médico, el doctor Medardo Láinez Anaya, le recetó una inyección de morfina, suministrada por un practicante de la Casa de Socorro. El capitán ordenó su traslado a la cárcel del Palacio de Altamira y a las 22.30 fue conducido en un taxi -la Guardia Civil no tenía entonces vehículos propios-, esposado y custodiado por un sargento y dos guardias civiles.

Domingo Fernández González, su carnet de presentaciones, y los croquis de la Guardia Civil sobre la huida y sobre del coche del que escapó ya detenido. | CÁTEDRA PEDRO IBARRA DE LA UMH

Croquis de la Guardia Civil sobre la huida y sobre del coche del que escapó ya detenido. / Cátedra Pedro Ibarra de la UMH

Desde la calle Beethoven, el taxi se detuvo en la calle de José Ramos y un guardia civil salió del taxi para eliminar las piedras de unas obras de alcantarillado que impedían el paso del coche. Al dejar la puerta entreabierta, Domingo aprovechó para escapar hacia los huertos de palmeras. Un sargento y dos guardias civiles esperaron al huido en la carretera de Aspe, pensando que sería el lugar que elegiría para escapar. Efectivamente, a las 23.45 horas, vieron correr a un hombre esposado, le gritaron «alto a la Guardia Civil» y, al no detenerse, cumpliendo órdenes del sargento, cada uno de los guardias le disparó dos tiros que acabaron con su vida. Durante tres días, su mujer estuvo llevando comida a su marido al cuartel de la Guardia Civil hasta que un guardia le dijo que fuera al cementerio porque había muerto de un infarto. Allí fue con uno de sus hijos, pero nunca pudo saber cómo le enterraron. En los años siguientes, algún guardia civil preguntó por el barrio sobre el comportamiento de los dos hijos. Ambos se convirtieron en músicos de la Banda Municipal.

Hemos tardado ochenta años para conocer la ignominiosa muerte a tiros de un hombre esposado. Gracias a su nieta, Iluminada Fernández Jaén, por habernos facilitado el expediente conservado en el Archivo de la Defensa de Madrid. En la web elche.me de la Cátedra Pedro Ibarra podrán encontrar más documentos en la biografía de Domingo Fernández González. Y queremos dedicar este artículo a su hijo, Ignacio Fernández Giménez, con 92 años en la actualidad, porque la tragedia familiar que vivió siendo un niño merece toda nuestra solidaridad.

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