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Opinión | La curiosa impertinente

Cosas que no sabemos

Cosas que no sabemos

Cosas que no sabemos

Hace años, mi hija pequeña, pequeñísima era entonces, llegó a casa desolada: - Mamá, me han suspendido música. Y yo – alzaba sus bracitos indignada- ¡ni siquiera sabía que tenía música!,-. Se quejaba la pequeñita, entre su incredulidad y nuestra risa. La frase se hizo famosa en la familia aunque, claro, tuve que ir a pedir explicaciones a la amable profesora, no por el intrascendente suspenso, sino por la aparentemente tan imperceptible materia. No recuerdo la respuesta recibida, pero con los años, sin embargo, he aprendido que hay muchísimas más realidades de las que pensamos que protagonizan nuestro día a día y nosotros incomprensiblemente las ignoramos.

Felipe González, por ejemplo, no sabe que es un jarrón chino que no queda bien en la estantería ni tampoco que ya no es referente de la izquierda. Ignora asimismo que es un traidor y sobre todo, que debería abandonar el PSOE. Y pienso que no lo sabe porque, si fuera consciente, no hablaría como habla. O a lo mejor sí, porque como en el caso de mi pequeñita, la culpa de la confusión no es suya en absoluto. O es que él ya no es él ni su casa es ya su casa.

Emiliano García Page tampoco sabe que ha comprado el marco de la derecha y que así, como el finado Lambán que en la paz de Dios descanse, no hace sino favorecer el triunfo de la derecha.

Yo, en fin, amable lector, soy una boomer y tampoco lo sabía. Como no me gusta estar en la ignorancia, me entero por la IA de que por mi año de nacimiento pertenezco a ese grupo, hoy denigrado por los jóvenes, pues además de ser conservadores y tener escasa competencia digital, nuestra es la culpa de todos los males que sufren hoy o les acechan mañana.

Claro que un número enorme de cándidos españoles creíamos que las leyes están para algo y que los etarras condenados cumplirían sus condenas. Hoy sabemos que por ocultos apaños entre los socialistas y Bildu, la pena por matar puede reducirse a unos pocos meses de cárcel. Y eso es mucho más desolador que descubrirse de pronto jarrón, fascista o carcamal.

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