Opinión | Tribuna
Modernidad líquida

Modernidad líquida
El sociólogo Zygmunt Bauman acuñó el término modernidad líquida en su libro del mismo título, para referirse al actual contexto cultural en el que los comportamientos sociales e individuales son superficiales y volátiles, frente a la anterior modernidad sólida en la que prevalecían políticamente los conceptos liberal-democrático y social-comunista.
Esta superficialidad y provisionalidad que caracteriza la modernidad líquida de Bauman está propiciada, en gran medida, por la nueva tecnología, especialmente internet, que ha democratizado la información al mismo tiempo que ha aumentado exponencialmente los riesgos de la difusión de desinformación. Porque la aparición y popularización de las redes sociales y los blogs han impulsado una general devaluación de la calidad de la información, al dejar esta de ser tarea exclusiva de los medios y personas profesionales, para ser compartida de manera cada vez más mayoritaria por seudoinformadores cuya influencia es en algunos casos muy notable y contraproducente para la democracia, al propalar contenidos y opiniones desinformativos incluso en contextos tan delicados como los de la pandemia del covid-19.
Seudoinformación y guerra cultural
Como consecuencia de la crisis que los medios de comunicación llevan arrastrando desde la aparición de internet y la cada vez mayor circulación de mentiras tóxicas a través de las redes sociales, hoy lo cotidiano es presenciar una constante guerra cultural en la que el arma principal es el relato, entendido como reconstrucción discursiva de los hechos al servicio de una ideología. Aprovechando cualquier suceso, por trágico que sea, los modernos buleros o echacuervos contribuyen a la polarización ciudadana. Un ejemplo reciente en España fue la desinformación que circuló sin freno por las redes sociales y los mensajes de teléfonos móviles de forma inmediata tras la riada sufrida en varias comarcas valencianas el 29 de octubre de 2024. Los desmentidos llegaron, como siempre, posteriormente, demasiado posteriormente. Mientras tanto, el episodio generó un ecosistema de suplantaciones y reutilización de vídeos antiguos, detectado por verificadores y medios públicos durante los días posteriores.
Si tradicionalmente se ha repetido un aforismo, según el cual la mentira llega a su destino cuando la verdad aún está preparándose para salir, en estos tiempos este adagio también cumple con su sentido de lentitud.
Noticias falsas
Al igual que ocurre con la desinformación, hay noticias falsas que son publicadas incluso por los medios más serios y prestigiosos de manera involuntaria, tal vez por negligencia o, más comúnmente, por la intoxicación producida por una fuente aparentemente fiable. Un ejemplo lo tenemos en la serie de artículos que The New York Times publicó antes de la Guerra de Irak (2003-2011), firmados por la periodista Judith Miller, en la que se informaba de la fabricación de armas biológicas por el gobierno iraquí. Un año después, los editores del periódico neoyorquino se disculparon ante sus lectores: «Consideramos que la historia de las armas en Iraq y los patrones de desinformación son un asunto pendiente. Además, tenemos todas las intenciones de continuar publicando de manera agresiva con el fin de dejar las cosas claras».
Pero también hay noticias falsas que se fabrican y difunden voluntariamente, como las que se produjeron en el Reino Unido y en Estados Unidos en 2016 con motivo del referéndum del Brexit y de las elecciones presidenciales. Según varios informes, durante la campaña del referéndum británico se multiplicaron las cuentas extranjeras en las redes sociales desde las que se enviaron mensajes a favor de la salida del Reino Unido de la Unión Europea. En Estados Unidos, durante y anteriormente a la campaña electoral, circularon noticias falsas como la que informaba de una supuesta organización de abuso infantil dirigida por la candidata demócrata Hillary Clinton y con sede en un restaurante. Una investigación de The New York Times y la empresa de seguridad cibernética FireEye descubrió la creación de perfiles falsos en redes sociales por parte de operadores rusos, para publicar mensajes contrarios a Clinton. Las actividades de estos operadores fraudulentos tenían, además de un interés político, una motivación económica, puesto que se descubrieron granjas de trolls muy rentables, ubicadas en una pequeña ciudad de Macedonia, que fabricaban noticias favorables al candidato republicano Donald Trump a través de más de un centenar de sitios web, así como un operador que ganó 16.000 dólares en los tres últimos meses de precampaña y campaña.

El president dels EUA, Donald Trump / Europa Press/Contacto/Kenny Holston - Pool
La ficción repetida hasta la saciedad del gran fraude electoral que denunció Trump en 2020, alimentó un clima de desconfianza que terminó teniendo consecuencias muy reales, como el infamante asalto al Capitolio. Y, en las elecciones presidenciales de 2024, se fabricaron falsedades tan burdas como la que amplió Trump sobre haitianos de Springfield (Ohio) supuestamente robando y comiéndose mascotas, una historia sin pruebas que las autoridades locales negaron y que aun así se viralizó a escala nacional, y tan ingeniosas como las llamadas telefónicas en New Hampshire con una voz clonada por IA que imitaba a Joe Biden y pedía a la gente que no votara.
Fake news e IA como armas políticas
En 2017 se puso de moda el neologismo en inglés fake news, al utilizarlo repetidas veces el presidente estadounidense Trump para atacar a los medios de comunicación que informaban de noticias contrarias a sus intereses. A partir de ese momento, también las noticias reales fueron etiquetadas como falsas por los políticos populistas de todo el mundo, creando aún mayor confusión entre la ciudadanía, socavando la credibilidad de los medios de información públicos y distorsionando las elecciones, tal como denunciaba el Observatorio Social de La Caixa en noviembre de 2020.
La modernidad líquida no solo precariza la atención; ahora también, gracias a la IA, abarata la falsificación convincente (voz e imagen) y eleva el coste democrático de distinguir lo real de lo fabricado.
En mediciones 2024-2025, un tercio de los europeos decían estar expuestos muy a menudo a la desinformación, según el Eurobarómetro. Además, «un 87 % de los españoles es consciente de que las noticias falsas son un problema para la democracia en general, 6 puntos por encima de la media europea. Asimismo, 2 de cada 3 españoles desconfía de la información sobre asuntos políticos obtenida en las redes sociales».
Como dice Bauman, «en la modernidad líquida, la verdad no se pierde: se diluye; y recuperarla exige más responsabilidad que indignación». Dicho de otra manera: si todo es líquido, lo único sólido que nos queda es aprender a distinguir lo real antes de compartirlo.
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