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Opinión | Dàtils i magranes

Antonio Remiro Brotons

Antonio Remiro Brotons

Catedrático Emérito de Derecho Internacional

De Epulón a Barrabás

Los demócratas publican nuevas fotos de Epstein junto a Trump y otras figuras públicas

Los demócratas publican nuevas fotos de Epstein junto a Trump y otras figuras públicas / Europa Press

En medio de un sueño ligero me vino a la cabeza el rico epulón. Lo menciona Lucas en su Evangelio (16:19-31) cuando lo contrapone a un Lázaro, ahíto sólo de llagas. El evangelista llama a Lázaro por su nombre; del rico dice sólo que es epulón, comilón, dado a la buena mesa, y así ha pasado a nuestro diccionario como hombre que come y se regala mucho. Que le llamen a uno comilón, glotón o tragaldabas, pase, si lo merece; pero que le llamen epulón requiere una cierta sofisticación, antes de mentar a la madre. Desde luego, no se conoce persona bajo tal advocación en el registro civil. De existir la llamaríamos Epu, como si fuera un champú para cabellos grasos. Llamarle Pulón sería arriesgado; una simple errata, una tilde atravesada en la consonante intermedia daría pie a lamentables equívocos; más aún si el vocablo se desliza a verbenero.

Sabemos cómo concluye la parábola: Lázaro al cielo y el rico epulón al infierno. Hoy este asunto sería negociable, como los papeles de Epstein. En manos de un buen abogado cabrían interpretaciones de la parábola eximentes -o por lo menos atenuantes- de la conducta del achicharrado. Si cabe ser epulón sin ser rico mencionar la riqueza es un prejuicio malevolente. Por otro lado, ¿se considerará mezquinos a los ricos no epulones? Negar las migajas de su mesa bien surtida al pobre Lázaro pudo ser fruto de la inadvertencia o, incluso, una recomendación de salud pública. La parábola no atacaría la insolidaridad con el desventurado; sólo la gula que, dentro de los pecados capitales es, junto con la pereza y una moderada lujuria, el más leve de todos ellos. Nada comparable con la envidia, la avaricia, la ira o, el peor de todos, la soberbia.

Los mecanismos del sueño son inescrutables para el común de los mortales. Una amiga me suele contar los suyos. Disfruto con ellos, pero soy incapaz de descifrarlos. Imprescindible un psicoanalista argentino. Mira por donde, del rico epulón salté a Barrabás, siempre dentro de los Evangelios; de la parábola a los hechos que relatan, no sólo Lucas (23:19), sino también Marcos (15:7), Mateo (27:16) y Juan (18:40). Barrabás, literalmente hijo del padre, en arameo, hace frente a Jesús, el hijo de Dios. Poncio Pilatos, procurador romano, en la tesitura de indultar, por elección popular, según la costumbre pascual, a un preso condenado a muerte, trata de beneficiar a Jesús, en quien no ve delito alguno, ofreciendo al sanguinario zelote Barrabás como alternativa. La muchedumbre, instigada por el Sanedrín que quiere crucificar al hijo de Dios, reclama la libertad de Barrabás, que roba y mata para acabar con la ocupación romana. Nacionalismo versus universalismo.

Hoy trataríamos de salvar la responsabilidad del pueblo en tan inicua elección, transformándolo en populacho manipulado por Caifás, sumo sacerdote, y calificaríamos de populista la decisión de una autoridad romana que se lavó las manos. Ciertamente esta es una interpretación irreverente con quienes, desde escribas a teólogos, se ocupan de la cuestión a partir de vivencias arameas trasladadas, para facilitar su difusión, al griego común, que era algo así como el inglés de la época. Kristi Noem, secretaria de seguridad nacional de Estados Unidos bajo la presidencia del orto Donald, se ha lanzado al vacío en su afán de criticar al portorriqueño Bad Bunny por hablar y cantar en español en el intermedio del Super Tazón (o Super Bowl). Jesús -directamente- escribió la Biblia en inglés, ha afirmado, quedándose tan fresca. Un auténtico milagro y no la minucia de convertir el agua en vino en las bodas de Caná.

Bad Bunny en el medio tiempo de la NFL Super Bowl.

Bad Bunny en el medio tiempo de la NFL Super Bowl. / Europa Press

A la materialmente atractiva y audaz señora Noem lo que se le da bien es azuzar a los perros de presa de la ICE, la Gestapo de la actual administración de los Estados Unidos, buscando, apresando y vejando inmigrantes por las calles de Minneapolis y de otras plazas bajo gobernantes demócratas. Si su sectarismo no fuera al par con su ignorancia tal vez podría tener noticia de que hace muchos años unos balleneros norteamericanos que arribaron a la diminuta isla de Pitcairn, en el Pacífico profundo, para proveerse de madera y agua, creyeron descubrir que el inglés no sólo era la lengua de los Evangelios, sino la de nuestros primeros padres, Adán y Eva. Tras echar el ancla cerca de la isla, que creían deshabitada, destacaron una chalupa cuyos tripulantes, al aproximarse a tierra, advirtieron que salía a su encuentro una canoa con unos sujetos vestidos estrafalariamente agitando sombreros y dirigiéndose a ellos en un inglés algo anticuado. El oficial al mando consignó que ese día descubrió que el inglés era la lengua del Paraíso. En realidad, se trataba de los descendientes de Christian Fletcher y de sus hombres, los amotinados de la Bounty, que con una veintena de aborígenes de Tahití buscaron escapar a la justicia de Su Majestad Británica en una isla mal cartografiada. Hay por lo menos tres películas y numerosos libros que relatan esta historia.

Volviendo a Barrabás, el diccionario de la RAE lo define como persona mala, traviesa, díscola; y añade barrabasada como travesura grave. Manuel Seco, en el diccionario del español actual, señala su uso cariñoso para referirse a los niños que hacen trastadas; o a los toros que rumian cornadas. Grupos musicales, discotecas, restaurantes (uno en Bilbao, en el que quizás pudieron degustar pinchos los forofos del Elche, inasequibles al desaliento, el pasado fin de semana) llevan su nombre. Miles de personas, de origen húngaro, se apellidan Barabás, totalmente desconectados del inquietante hebreo del que hablan los Evangelios y del que nunca más se supo después de su liberación, aunque hay quien ha imaginado su historia, como Par Lagerkvist, Nobel en 1951, en un texto que sirvió de base para la película de Richard Fleischer, diez años después, protagonizada por Anthony Quinn. Pero sería censurable que un padre, sin ser cornudo, quisiera llamar Barrabás a su hijo. El cura no se lo permitiría en la pila del bautismo, ni el juez debería (por peyorativo y denigrante) en el registro civil, aunque he leído que algún Barrabás hay en Perú. Y todo esto a cuento de unos sueños.

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