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Opinión | El ojo crítico

La noche que el franquismo pudo volver

Muere Antonio Tejero, el guardia civil que protagonizó el intento de golpe de Estado del 23F

Lucía Feijoo Viera

Hace muchos años, cuando era joven, acudí por primera vez una tarde de primavera, en compañía de una novia que tuve, al Café Gijón de Madrid. Por aquel entonces el interior del local todavía se encontraba casi como en su época gloriosa, cuando todo aquel que quisiera ser algo en el Madrid de la literatura, el cine, el teatro o el arte debía pasar, de manera obligatoria, un par de tardes a la semana en el Gijón. Cuando abrí la puerta para dejar pasar a mi acompañante no pude evitar un estremecimiento. Algo parecido a lo que sentí la primera vez que subí la escalinata que conducía al Partenón de Atenas o cuando entré en la habitación de Federico García Lorca en la Huerta de San Vicente. El café Gijón, su historia, resume por sí sólo la historia de Madrid y, en cierta forma, la historia de España. Durante mucho tiempo Madrid fue el epicentro de la política en España, desde principio del siglo XX, y resulta evidente que buena parte de los políticos de finales del reinado de Alfonso XII y los primeros años de la Segunda República se bregaron y se dieron a conocer en las tertulias de los cafés como fue el caso de Manuel Azaña. Así que cuando entré en Gijón toda aquella historia y mis lecturas de aquel lugar me subieron de golpe, como quien dice, a la cabeza. Tuve que sentarme lo más rápido posible.

La desclasificación de los, de momento, últimos papeles secretos del 23F, sorprende por la tardanza en haberse realizado. Se entiende que los gobiernos del Partido Popular no quisiesen saber nada de que se conociese toda la verdad del golpe de Estado, por cuanto, con previsible seguridad, familiares, amigos y cargos de la extinta Alianza Popular o eran conocedores o recibieron con gran alegría la intentona fallida, pero lo extraño es que ni Felipe González ni José Luis Rodríguez Zapatero movieran un dedo por conocer toda la verdad. Y para conseguirlo lo primero era desclasificar todo lo que hubiese guardado sobre el 23F. La sociedad española no necesita que se mantengan secretos hechos históricos, es suficientemente madura como para reflexionar y aprender de ellos.

A pesar de lo que se suele decir creo que estuvimos más cerca de lo que pensamos que el golpe de Estado del 81 triunfase. Si no lo hizo fue, sobre todo, por la poca coordinación entre los autores intelectuales del golpe, Armada y Milans del Bosch, y el ejecutor del mismo, el famoso Tejero. Un poco más de decisión golpista de las capitanías generales y el apoyo militar, policial y de parte de la sociedad habría sido masiva. Jugó a favor de la democracia el hecho de que la Transición era muy reciente. Una Transición que aunque a veces se nos olvide costó muchas muertes y mucho sacrificio. Si el golpe de Tejero y sus secuaces se produjese hoy no hace falta explicar la cantidad de personas que saldrían a la calle desde el primer minuto apoyando a los militares. Ni las medias tintas que emplearían políticos de derecha empleando una actitud ambigua a la hora de condenar el golpe.

Tejero, la última sombra del 23F

Tejero, la última sombra del 23F / EFE/Manuel H. de León

Lo más característico de los protagonistas militares de aquella noche en el Congreso de los Diputados fue que todos estaban cortados por el mismo patrón. Fumadores compulsivos de tabaco negro y con los "viva España" y "por mis cojones" pronunciados cada tres minutos, los oficiales y la tropa asaltaron la cafetería del Congreso en cuanto pudieron. Ese golpe sí que les salió bien, acabaron con las existencias de champán francés, coñac, whisky y ginebra. Puede que algún café y por su puesto nada de agua; el agua es para maricones dijo sin duda algún cabo entre risotadas de la tropa ante la sonrisa complaciente de algún sargento. Me imagino la cara del encargado de la cafetería cuando vio llegar a aquellos militares sedientos de alcohol y pidiendo con palmadas el tabaco del bar. ¿Qué van a tomar los señores?, preguntó mientras pensaba que a fin de cuentas las nóminas de los camareros a su cargo no se pagaban solas a fin de mes. Pues resulta que aquellos "señores" dejaron una cuenta sin pagar de 285.000 pesetas que, imagino, tuvimos que pagar los españoles con cargo al erario público.

En ese Madrid de los 80, en el que yo viví hasta principio de los años 90, el Café Gijón representaba lo contrario al golpismo de Tejero. La cultura, la literatura y el teatro frente a la barbarie fascista, la nostalgia del franquismo y lo chusco. Esta es la dualidad en la que siempre se ha situado Madrid. De la Edad de Plata de la cultura española a los desfiles de la victoria franquistas por la Castellana. De la Residencia de Estudiantes a una muchedumbre de niñitos cantando el cara al sol a las puertas del estadio de fútbol Santiago Bernabéu. De Manuel Azaña a Antonio Tejero. Que cada cual elija dónde se siente más cómodo.

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