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Opinión | Tribuna

De cuando el barrio baje la persiana

Me crucé el otro día con un antiguo compañero de instituto al que prácticamente no veía desde el siglo pasado. Los estudios universitarios nos llevaron a ciudades distintas y poco a poco la distancia física nos convirtió en desconocidos, algo que no hubiéramos imaginado cuando éramos postadolescentes a punto de comerse el mundo.

El caso es que me sorprendió verlo arrastrando uno de esos cestos enormes de color vistoso y sonrisa amazónica e hipócrita con los que una legión de dreamers intenta ganarse la vida gracias a la pachonga de otra legión, la de gandules e inconscientes que compran desde casa a golpe de click. Finalizando el siglo pasado, mi amigo estudiaba una carrera de leyes en una prestigiosa universidad privada de la capital, con lo que lo imaginaba asesorando a alguna gran corporación o dirigiendo su propio bufete con clientes potentados.

Por supuesto, no manifesté mi sorpresa: la vida y las decisiones de cada cual dan las vueltas que dan hacia lugares insospechados que no seré yo quien juzgue (sin ir más lejos, mis padres me pagaron la carrera de Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos convencidos, ellos y yo, de que sería un gran ingeniero, ganándome así una mejor posición y mi buen dinero, para que, por el contrario, años después, el «niño» dejara la ingeniería y una carambola le llevara a sobrevivir como librero en una ciudad donde es queja ya tópica la situación comatosa de la cultura, así que mejor no juzgar los caminos vitales ajenos).

Nos pusimos al día, me contó que era emprendedor, que el futuro estaba en la logística al por menor a pesar de las regulaciones excesivas, y que tenía a una cuadrilla de chavales, y jubilados sacándose un extra a la pensión, repartiendo paquetes por la ciudad. Ese día le había fallado una señora cuya cadera ya renqueaba y por eso estaba él remangándose y bajando al barro de la calle; pero que, vamos, que como sus empleados eran autónomos (valga la contradicción, pensé), no le pagaba y punto: cero costes variables y ningún coste fijo, que es el mantra económico reinante.

Cuando supo que yo era librero se maravilló. Qué bien, dijo, hay gente que aún lee libros en papel. Él, por supuesto, ya no leía ficción, había superado esa etapa, solo leía manuales de gurús económicos (panfletos, me dije) y biografías de quienes triunfaron en los negocios (Materia: empresa; submateria: autoayuda empresa, clasifiqué en mi mente librera; las engañifas que lee mucha gente de leyes pensando que la economía es una ciencia exacta y no una ciencia social, con todo lo que esta distinción conlleva); y bueno, también leía a Marco Aurelio, claro, a quien no le va a gustar un estoico romano del siglo II... Y que descargaba los libros en la web a la que él proporcionaba sus servicios (trabajar de mamporrero, traduje).

Pero ya que el azar nos había reencontrado, cómo no aprovechar para consultarme un dilema que hacía días que le concernía: «¿Conoces libros que conjuguen liberalismo y cristianismo?». Al ver mi cara de estupefacción me explicó que, en catequesis de su hija, había conocido a alguien, chica de buena familia, de la vía p’abajo y a este lado del río; pero eran muy tradicionales y quería regalarle algo que la convenciera de que el liberalismo (¿solo económico o el del siglo XIX?, me pregunté inocente) no choca con el cristianismo. Casi me da la risa, pero recordé una conversación con un buen cliente, también abogado y liberal, en la que tratamos esta misma consulta. La única respuesta que se me ocurrió en aquella ocasión fue Juan de Mariana. Pero, claro, hablábamos del siglo XVII: el liberalismo estaba aún en pañales frente a las monarquías absolutas, y no creer en dios o negar los preceptos de los clérigos (daba igual el credo) te podía llevar a la hoguera. Humildemente, creo que Juan de Mariana está superado hoy en día, lo que no supone negar ni el papel que jugó en su contexto histórico, ni la necesidad de conocerlo en la evolución del pensamiento humano. Así que no era eso lo que mi excompañero de instituto buscaba.

De cuando el barrio baje la persiana

De cuando el barrio baje la persiana / INFORMACIÓN

Me despedí de él sin darle respuesta, preocupado porque preguntaba por un mirlo blanco ignoto, temiendo que la incompatibilidad entre liberalismo y cristianismo le haría reincidir en un neoliberalismo más recalcitrante, y quién sabe si rencoroso como el de la rusa egoísta e individualista que pergeñó hace cien años ese sistema pseudofilosófico del objetivismo y cuyo nombre aquí no invocaré.

Llegando a la librería levanté la cabeza del libro que iba leyendo y, más allá de la ficción, descubrí una realidad desoladora: decenas de emprendedores repartiendo paquetes y comida en bicicleta y patinete me confirmaban que el individualismo inconsciente es ya la tendencia. ¿Para qué comprar en los negocios del barrio? ¿Para qué bajar a la calle a buscar y tocar el género, a fiarme o no del dependiente o la tendera, si puedo ahorrarme ese trato humano haciendo click en una app sin moverme de mi sofá para entregar mi salario a un tecnofeudalista extranjero que no cree en nuestra democracia? Qué pena nos dará a algunos ver las aceras llenas de persianas bajadas o locales comerciales transformados en vivienda porque ganó el imperioso acto soberano e inconsciente de pedir algo fabricado en un remoto taller de Asia, en lugares donde explotan a su gente, incumplen legislación de seguridad en el trabajo y medioambiental; y además nos los traerán otras personas explotadas cobrando el paquete a menos de 50 céntimos; solo porque a nosotros nos sale de nuestras gónadas ignorantes reconvertirnos en una sociedad de riders y camareros que echan horas y horas para llegar a casa reventados, y pedir de nuevo todo a través de una app porque no les queda tiempo para hacer la compra en un barrio que languidece cuando las terrazas de los bares cierran.

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