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Opinión | Tribuna

¿Qué mal nos ha hecho Mercè Rodoreda?

Así ha sido la manifestación por la defensa del valenciano

Alex Domínguez

Cada cuatro años asistimos, casi con liturgia, a la llamada “fiesta de la democracia”. Y cada cuatro años, quienes habitamos las aulas, repetimos en silencio el mismo deseo: ojalá, esta vez, a alguien le importe la educación más allá del titular. Con una mezcla de resignación y esperanza regreso siempre a clase, sabiendo que tarde o temprano algún alumno formulará la pregunta incómoda: “¿Por qué eliminan algo que nos gusta o que funciona desde hace tanto tiempo?”.

La respuesta, aunque duela por su simplicidad, suele ser la misma: porque cambia el partido y, con él, debe cambiar la ley educativa, las lecturas obligatorias y hasta los requisitos para obtener un C1 en valenciano. La pedagogía, al parecer, no entiende de continuidad.

El debate más reciente gira en torno a la necesidad de priorizar autores valencianos en nuestras aulas frente a los catalanes y baleares. La propuesta, en su formulación teórica, resulta impecable: contamos con una tradición literaria propia, rica y diversa, que merece reconocimiento. Honrarla es un acto de justicia cultural. Así lo ha expresado la Conselleria al abogar por “la lectura de clásicos de la literatura valenciana y de los principales autores y autoras valencianos”, manteniendo —se afirma— un enfoque abierto que no limite la elección de obras.

Sobre el papel, nada que objetar. En la práctica, la cuestión es más compleja. Autores que durante años han formado parte del currículo —y con ellos una metodología consolidada, materiales trabajados y criterios claros de evaluación— desaparecen de un plumazo. El profesorado se adapta, como siempre. El alumnado, en cambio, pierde referencias que habían dejado de ser imposiciones para convertirse en herramientas. No se trata solo de nombres propios; se trata de estabilidad académica en un contexto, el de la EBAU, cada vez más exigente.

Resulta paradójico que, en nombre de la dignificación de la literatura valenciana, se desdibujen obras que precisamente habían demostrado su eficacia pedagógica. Hasta este curso, en segundo de Bachillerato trabajábamos una pieza teatral de un autor valenciano, Rodolf Sirera, que permitía explorar la frontera entre realidad y ficción, el conflicto de clases y el metateatro con una profundidad sorprendente. Era una obra que invitaba al debate, que despertaba pensamiento crítico, que permitía al alumnado descubrir que la literatura no es un fósil, sino un espejo incómodo.

Su sustitución por textos cuya idoneidad para el análisis adolescente es, cuando menos, discutible, no responde tanto a criterios didácticos como a impulsos identitarios. Y la identidad, cuando se impone sin matices, deja de ser cultura para convertirse en consigna.

A ello se suma otro fenómeno inquietante: la banalización del esfuerzo. Convertir la asignatura en un trámite administrativo —regalando certificaciones a partir de una nota concreta— no la fortalece; la vacía de significado. Lo que antes era una materia asumible y hasta estimulante, para docentes y discentes, se ha transformado, para muchos estudiantes, en un obstáculo temido. Jóvenes con un dominio limitado del valenciano se enfrentan ahora a lecturas complejas sin el acompañamiento progresivo que antes ofrecía el currículo. El resultado son calificaciones mediocres que pueden llegar a truncar aspiraciones universitarias.

Quizá la pregunta no sea qué mal nos ha hecho tal o cual autora. Tal vez deberíamos preguntarnos qué daño le hacemos nosotros a la educación cuando la convertimos en campo de batalla ideológica. La literatura no debería ser rehén de las mayorías parlamentarias. Porque si algo enseña —cuando se la deja respirar— es precisamente a pensar más allá de ellas.

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