Opinión | Tribuna
¿Quién reemplaza a quién?

Continúan las colas de inmigrantes en el Consulado de Argelia en Alicante por la regularización extraordinaria / Pilar Cortés
A veces, para entender lo que nos pasa, basta con observar el paisaje cotidiano de nuestras calles. Si paseamos por el centro de Alicante y sus barrios, recorremos el paseo de Altea o nos detenemos en una plaza de Dénia, percibiremos una realidad vibrante y diversa que poco tiene que ver con los discursos apocalípticos que emiten ciertos sectores. Sin embargo, de unos años a esta parte, asistimos a la fabricación de un relato diseñado para romper esa convivencia: el mito del «Gran Reemplazo». Se nos vende como una verdad acuciante, un mantra que busca repeler el sentido crítico y sustituir la observación serena por un miedo visceral.
Esta narrativa se sirve hoy como comida rápida: lista para el consumo inmediato, sin masticar y diseñada para inocularse en la conciencia colectiva. Se vierte en las redes sociales a granel, como el pienso en las tolvas de las granjas industriales, pretendiendo que traguemos el producto sin cuestionarnos quién maneja los objetivos. Son marcos mentales que terminan dañando la estructura social, señalando al diferente como el origen de nuestro malestar y nunca a los poderosos que mueven los hilos.
Y los datos, lejos de alimentar el miedo, ofrecen cordura. Considerar que la llegada de personas extranjeras a nuestras ciudades va a «sustituir» a la población es un absurdo que se desmorona ante la estadística oficial. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), la provincia de Alicante superó los 2.075.000 habitantes en 2025. En la Marina Alta (199.100 habitantes), la Marina Baixa (más de 200.000 habitantes) y l’Alacantí (casi 532.000), este crecimiento es el que sostiene una pirámide demográfica que, de otro modo, colapsaría por envejecimiento.
Lejos de la imagen de inseguridad que algunos proyectan, las cifras del Ministerio del Interior muestran que la criminalidad convencional en España se sitúa en niveles históricamente bajos (40,6 delitos por cada mil habitantes), desmontando la relación directa entre migración y delincuencia. De hecho, la población extranjera es un motor real de nuestra economía: en 2025, la afiliación de extranjeros a la Seguridad Social alcanzó un máximo histórico con más de 3 millones de cotizantes en toda España.
El inmigrante que madruga para trabajar en nuestra hostelería o en nuestros campos, y que en nuestra provincia representan el 23 % de la población, paga el mismo IVA por una barra de pan que el alcalde de Alicante o cualquier exconcejala. Su presencia no es una amenaza, es el motor que permite a nuestra provincia mantenerse como una de las más productivas de España y garantiza, de paso, nuestras pensiones; su esfuerzo no nos «reemplaza», nos sostiene.

¿Quién reemplaza a quién?
¿Saben dónde se está produciendo un reemplazo real? En Gaza, donde el sionismo colonialista invade sin complejos un país vía genocidio. U otro más cercano: el de la gentrificación en nuestros barrios. Somos expulsados de nuestras viviendas por alquileres turísticos impagables —Benidorm, por ejemplo, registró en 2025 más de 16 millones de pernoctaciones—. Ese es el reemplazo que debería preocuparnos: el del vecino de toda la vida por una maleta con ruedas.
Mientras nos asustan con invasiones inventadas, pretenden ocultarnos el reemplazo de nuestros valores humanos por credos integristas. ¿Por qué nos hacen creer que un extranjero es una amenaza, pero un turista es un bien sagrado? ¿Por qué tememos a otras culturas mientras asumimos sin crítica la «yanquización» de nuestro lenguaje y costumbres? ¿Por qué el kebab o la empanada argentina son un ataque a la identidad y no lo es un Big Mac? ¿Por qué España se estremece si una mujer magrebí lleva un velo, pero lo acepta en una monja o en la esposa de un jeque del Golfo?
Incluso aquí, en nostra terreta: ¿por qué hablar valencià en Alacant parece «romper España», pero es cool usar términos como spoiler, target u outfit?
Se pongan como se pongan, nunca será una amenaza el camarero argentino del Postiguet ni la doctora cubana que nos salva en urgencias ni la trabajadora de hogar colombiana.
Nuestra España no tiene nada que ver con la imagen que venden los fanáticos y trumpistas. La España del siglo XXI no odia ni comulga con el negacionismo. España es tan diversa como una persona gallega y otra gaditana; es la tortilla con cebolla o sin ella; es el reguetón y son las sevillanas. Eso es España. Lo otro… póngale usted el nombre, pero no nos pidan que lo compremos.
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