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Opinión | Desde la calle

Jesús Pareja

Jesús Pareja

Exconcejal del Ayuntamiento de Elche

Así veo las cosas

El ilicitano Alejandro Soler, en un acto reciente del PSPV-PSOE en la provincia de Alicante

El ilicitano Alejandro Soler, en un acto reciente del PSPV-PSOE en la provincia de Alicante / EP

En los últimos años, el desgaste electoral del Partido Socialista Obrero Español ha dejado de ser una hipótesis para convertirse en una realidad visible en prácticamente toda España.

A las derrotas acumuladas en distintas comunidades autónomas se suma un elemento todavía más dañino: la sucesión de escándalos y casos de corrupción que, con distinto alcance, han terminado afectando a las siglas socialistas en el debate público. La combinación de retroceso en las urnas y deterioro reputacional configura un escenario político complejo que tendrá inevitable impacto en las próximas citas electorales.

El calendario no concede margen, las elecciones autonómicas en Castilla y León previstas para marzo, las posteriores en Andalucía y ello tras los resultados conocidos en Aragón, marcarán el tono político antes de las municipales y de las generales del año 2027.

Cada convocatoria contribuye a consolidar una percepción de ciclo, y cuando en política se instala la idea de fin de etapa, revertirla exige algo más que discursos; requiere resultados claros y una reconstrucción profunda de la confianza ciudadana, lo que no parece estar al alcance del presidente del Gobierno.

La corrupción no es un factor neutro en esa ecuación, aunque los procedimientos judiciales afecten a personas concretas e incluso aparte de la organización socialista, la percepción pública tiende a generalizar responsabilidades. El ciudadano medio no distingue con precisión entre niveles orgánicos o territoriales; percibe un clima. Y ese clima erosiona la credibilidad del proyecto colectivo socialista, especialmente en momentos en que la exigencia de transparencia y ejemplaridad es máxima, y aquí, amigo, no hay perdón.

En este contexto nacional, la situación en Elche adquiere una relevancia particular, como se sabe el PSOE no gobierna la ciudad y, por tanto, ejerce el papel de principal fuerza de oposición. Sin embargo, lejos de consolidarse como alternativa sólida, la percepción que se ha ido asentando en Elche es la de una oposición débil, con dificultades para marcar agenda propia y para articular un relato político capaz de ilusionar a su electorado tradicional y atraer nuevos apoyos.

Mientras tanto, el actual alcalde, Pablo Ruz, ha centrado su estrategia en la gestión cotidiana. Más allá de afinidades ideológicas, una parte significativa de los ilicitanos está valorando positivamente su desempeño. La imagen proyectada es la de un gobierno municipal volcado en los asuntos prácticos de la ciudad: estabilidad institucional, presencia constante en los barrios, impulso de proyectos pendientes y una narrativa inapelable de cumplimiento de compromisos.

Ese liderazgo no se ejerce en solitario, el alcalde está acompañado por un grupo de concejales que están demostrando eficacia en sus respectivas áreas, con una dinámica de trabajo constante y coordinada. Se percibe un equipo activo, con responsabilidades claras y objetivos definidos. Además, el propio alcalde imprime un ritmo exigente a su gobierno, marcando prioridades y alentando a sus concejales a mantener una intensidad que no deja espacio para la complacencia. Esa cultura interna de trabajo refuerza la percepción externa de gestión seria y continuada.

En política municipal, la gestión pesa de manera determinante, así cuando el ciudadano percibe que su alcalde y su equipo están «haciendo los deberes», la crítica partidista pierde fuerza si no va acompañada de una alternativa concreta y creíble. La oposición necesita algo más que señalar errores: necesita convencer de que puede hacerlo mejor. Y hoy por hoy, el PSOE ilicitano no parece haber conseguido trasladar esa convicción con claridad.

El alcalde de Elche, Pablo Ruz, en una de sus intervenciones este lunes.

El alcalde de Elche, Pablo Ruz, en una de sus intervenciones este lunes. / Áxel Álvarez

La dificultad para los socialistas es doble, por un lado, deben reconstruir su posición en un contexto nacional marcado por derrotas sucesivas y por el desgaste asociado a casos de corrupción y a una gestión cuestionada en distintos territorios. Por otro, necesitan fortalecerse en el ámbito local frente a un gobierno municipal que no transmite sensación de agotamiento. Sin el altavoz institucional de la Alcaldía, el margen de maniobra es menor y la visibilidad pública resulta más limitada.

Además, la fragmentación del espacio político progresista añade presión. El electorado ya no se concentra automáticamente en una única sigla. La dispersión del voto puede traducirse en una pérdida decisiva de concejales en un Ayuntamiento donde las mayorías suelen ser ajustadas. En este escenario, uno o dos escaños pueden marcar la diferencia entre gobernar o permanecer en la oposición durante todo el mandato.

Existe también un componente psicológico que no debe subestimarse, y es que cuando un partido aparece asociado en el debate público a polémicas internas, investigaciones judiciales o retrocesos electorales, se debilita la percepción de proyecto ganador. Los votantes indecisos tienden a inclinarse por opciones que transmiten estabilidad o sensación de crecimiento. Esa dinámica, repetida en distintos territorios, puede terminar consolidando una inercia difícil de revertir.

Por el contrario, un alcalde que consolida una imagen de eficacia y que cuenta con un equipo cohesionado y exigente puede beneficiarse del llamado voto de continuidad.

Muchos ciudadanos priorizan la estabilidad local frente a las tensiones nacionales. Si la valoración positiva de la gestión municipal se mantiene, el actual equipo de gobierno podría llegar a las próximas municipales con una base muy sólida de apoyo y papeletas suficientes, nunca mejor dicho para repetir gobierno, otra cosa es cuántos apoyos recibirá el interbloque de la derecha, eso ya se verá.

Nada está escrito, las campañas influyen, los contextos cambian y los errores pueden alterar el rumbo. Pero a día de hoy, el PSOE en Elche afronta un escenario especialmente exigente: oposición percibida como débil, contexto nacional adverso, desgaste reputacional por casos de corrupción y una Alcaldía liderada por Pablo Ruz, cuya gestión recibe una valoración muy favorable por parte de amplios sectores de la ciudadanía.

Las próximas elecciones municipales no se celebrarán en un vacío político. Serán el resultado de una doble evaluación: la del clima nacional y la de la gestión local. Si la tendencia general del socialismo no se revierte y si el gobierno municipal mantiene su actual ritmo de trabajo, cohesión interna y visibilidad pública, el camino del PSOE ilicitano hacia la alcaldía se presenta empinado y lleno de pedruscos.

El PSOE tendrá que decidir si es capaz de redefinir su proyecto en Elche y desligarlo del desgaste nacional o si, por el contrario, queda atrapado en una dinámica que hoy juega claramente en su contra. Así veo las cosas. Hasta pronto.

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