Opinión | En la barra del Café Época
Cuando la pelota no quiere entrar

Áxel Álvarez
Hace unos días, viniendo en coche del trabajo hacia mi casa, escuché en la radio la crónica entusiasta y apasionada que un reportero de una emisora local hacía de un partido disputado el fin de semana anterior entre un equipo del fútbol base de la localidad de donde era el reportero y otro foráneo, cuya narración se resumía en los siguientes términos: «El pasado sábado el equipo juvenil b hizo uno de los mejores partidos de la temporada, nosotros pusimos el fútbol, el juego bonito, el tiki-taka, la estrategia y el equipo rival, los goles. El resultado final del encuentro fue de 0 a 5». Y yo pensé, ¡coño!, menos mal que ellos pusieron el fútbol y que hicieron el mejor partido de la temporada, no quiero ni pensar qué habrá pasado ni cuáles habrán sido los resultados del resto de los partidos donde supuestamente no jugaron tan bien o les vinieron mal dadas, eso sí, la moral, la implicación y el entusiasmo del cronista está fuera de toda duda, haciendo bueno aquello que dijo Winston Churchill de que «el éxito no es el final, el fracaso no es fatal: es el coraje para continuar lo que cuenta». Así da gusto perder.
Este intrépido episodio radiofónico me llevó a reflexionar sobre el sentido del fracaso y cómo lo interiorizamos y lo comunicamos. Según indica el diccionario, se entiende por fracaso el resultado adverso de una empresa o negocio, vamos, lo que me ocurre a mí de forma más habitual y cotidiana que lo que me gustaría o sería recomendable, y los motivos que lo provocan, además de los que se originan por nuestra culpa, vamos, por falta de previsión, preparación y ejecución de la actividad a emprender, muchas veces son ajenos a nuestra voluntad o intención personal, muchas veces en la vida, aunque uno se lo proponga y ponga todas sus ganas, su empeño y su capacidad para conseguir sus objetivos, el éxito perseguido no se consigue y nos vemos abocados al temible fracaso, y el fútbol es un buen ejemplo, y si no, que nos lo digan a los que sentimos los colores del Elche CF, que desde que comenzó el año 2026 no hemos saboreado las mieles del triunfo y hemos pasado de soñar con jugar en Europa el año que viene a estar rozando el descenso de categoría. ¡Porca miseria! Y es que cuando la pelota no quiere entrar, ya puedes tu chiularle, ya, que es imposible y, como le pasó al equipo del fútbol base de la locución del cronista radiofónico, nosotros seguimos poniendo el fútbol y los equipos contrarios los goles y los triunfos. ¡Qué por nadie pase! Esperemos que la racha cambie y que nos salvemos, aunque sea por misericordia.

El barrio Porfirio Pascual, donde se está ejecutando el proyecto de rehabilitación integral, en una imagen reciente. / Matías Segarra
Pero es que a veces la vida es muy perra, por mucho que te empeñes, las cosas no salen como uno quiere o lo hacen al revés, simplemente por fastidiar, y da igual lo que hagas, es que no salen, como cuando vas bien pincho a una cita y se te caga una paloma en la solapa de la chaqueta, o se te hace una carrera en la media, o cuando te has tirado la mañana del domingo haciendo el arroz y va y se te pega y no hay quien se lo coma, o cuando quieres inaugurar el pabellón inclusivo después de año y pico de retraso y se le vuela la mitad de la cubierta, o cuando acuerdas la reforma y rehabilitación de los edificios del barrio de Porfirio Pascual y se te dispara el presupuesto en varios millones, vaya usted a saber porque, quizás porque es luna llena, quizás porque escasean los salmones en el río Sella, quizás porque no se hizo bien la licitación del contrato, quién sabe, o cuando siendo oposición municipal crees haber descubierto el famoso bálsamo de fierabrás que te propicie volver a gobernar y lo que comienza con una gran idea o propuesta acaba en un enredo que da para un reel de un minuto y, como decía Bugs Bonny, «esto, esto ha sido todo amigos», o cuando el pleno municipal deja de ser un órgano necesario de la organización municipal para convertirse en un ring de combate y descalificaciones, que no despierta interés alguno entre la ciudadanía, cansada ya de aquello de «y tu más». Y es que la línea que separa el éxito del fracaso es muy fina, en la vida puede ser una palabra a tiempo, una sonrisa o llegar o estar en el momento oportuno y en política más, a veces son un puñado de votos, a veces es un acuerdo al sol en una pedanía, a veces es una ocurrencia y a veces una buena idea, vaya usted a saber.
Pero otra cosa distinta es cómo comunicamos el fracaso. En la mayoría de ocasiones preferimos no decir nada o mirar hacia otro lado o echarle la culpa al primero que pase, exculpándonos de toda responsabilidad, algo muy humano y habitual, pero en otras ocasiones, como le ocurre al locutor anteriormente aludido, a pesar del desaguisado y del resultado adverso cosechado, hacemos una lectura positiva de los acontecimientos, quitándole importancia al triunfo y poniendo el acento en el coraje de seguir adelante a pesar de las adversidades, y de esto los políticos locales saben mucho de ello, conscientes como son de que si la pelota no quiere entrar, por mucho que tú te empeñes, no entra, y, como alguien dijo una vez, en el fútbol y en la vida a veces se gana, a veces se empata y a veces se pierde.
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