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J. A. Giménez

J. A. Giménez

Responsable de canales de INFORMACIÓN

¿En qué momento se tuerce todo en el fútbol?

En un campo de fútbol escolar todavía sobreviven los valores que parecen perderse cuando el deporte se hace grande

Niños jugando al fútbol

Niños jugando al fútbol / Envato

Asistí este pasado sábado, como casi todos los fines de semana, al partido de fútbol escolar de mi hijo de once años. En un lance del encuentro, el portero del conjunto rival tuvo la mala fortuna de golpearse contra el palo cuando fue a atajar un disparo. Rápidamente acudieron a ver cómo se encontraba sus compañeros, su entrenador, sus padres... y en lo que tardó en cruzar corriendo todo el campo, también el guardameta de nuestro equipo, cuyo ejemplo se apresuraron a seguir todos los demás.

La escena acabó, por suerte, sin lesión grave del afectado y con una sonora ovación de todo el público. No hizo falta que nuestro entrenador pidiera a los suyos, al término del partido, que fueran a interesarse de nuevo por el estado del niño. Uno por uno pasaron a chocarle la mano y darle ánimos. Como hacen siempre, pero esta vez con especial cariño.

Esos gestos de deportividad, que deberían ser lo normal, se ven hoy en día como algo excepcional. Quienes leemos prensa estamos acostumbrados a desayunarnos los lunes con lamentables episodios de violencia verbal o física entre futbolistas y, lo que es incluso más grave cuando se trata de categorías infantiles o juveniles, entre los propios padres o familiares en las gradas.

Son ya varios los años que llevo presenciando estos partidos y nunca, hasta la fecha, he observado actitudes censurables ni en jugadores ni entrenadores ni público. De hecho, no son pocos los progenitores a los que he oído decir que estos encuentros les reconcilian con el deporte, precisamente por el ambiente tan sano que se vive.

En el mismo choque, el árbitro concedió un gol a los visitantes en una acción más que dudosa al considerar que la pelota cruzó la línea de portería. Los locales se sorprendieron, lógicamente, pero lejos de criticar la decisión, su inmediata reacción fue coger el balón para ir al centro y seguir jugando. Al pitar el descanso, nuestro guardameta (y también capitán) se acercó al árbitro y con un temple y un tono exquisito le dijo: "Arbi, te has equivocado, no había entrado, pero bueno". Y con las mismas, sin esperar respuesta alguna y con el colegiado esbozando una sonrisa, se fue corriendo hacia su portería.

Por cosas así, uno no puede evitar preguntarse en qué momento se jodió el Perú.

Si desde bien pequeños los chavales y chavalas (porque a estas tempranas edades juegan juntos sin ningún problema) están aprendiendo buenos valores, ¿qué ocurre más tarde para que un futbolista de élite acabe reconociendo públicamente y con pasmosa naturalidad que le dijo a un contrincante "te voy a reventar la cabeza"? ¿Es solo porque supuestamente esa amenaza es menos grave que proferirle un insulto racista? ¿No debiera el Comité de Competición, o el organismo al que competa, sancionar ese tipo de actitudes violentas sobre un terreno de juego? ¿La competitividad lo justifica todo? Por muchos goles que meta el crack de turno, ¿es el espejo en el que queremos que se miren nuestros hijos? ¿Llevaría usted al suyo a que le firmara un autógrafo alguien así?

Yo se lo pedí al portero del equipo de mi hijo. Once años tiene y no mete goles. Los intenta detener. Como todos tendríamos que hacer con la violencia en el deporte, ocurra en las filas que ocurra.

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