Opinión | Tribuna
No a la guerra. Pero tampoco a la manipulación

El 'No a la guerra', proyectado en el mitin de Pedro Sánchez del pasado sábado en Soria. / Concha Ortega Oroz / Europa Press
El reciente posicionamiento de España ante la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán y otros países, anunciado por el presidente del Gobierno con su frase "No a la guerra", ha provocado un nuevo y previsible terremoto político tanto dentro como fuera de España.
Las reacciones internacionales no han sorprendido a nadie. Las declaraciones de dirigentes norteamericanos e israelitas —incluidas las amenazas de Donald Trump— eran perfectamente previsibles. La política internacional suele desenvolverse en tiempos más pausados, en los que las posiciones se miden y se ajustan con cautela, pero la reacción de la derecha española ha sido fulminante.
El anuncio del presidente del Gobierno —con el que se podrá estar más o menos de acuerdo— ha intensificado la polarización política. No cabe duda de que la declaración ha sido realizada con habilidad, oportunidad y cálculo político. Pero también es evidente que su impacto fue recibido con sorpresa, indignación y rabia por parte de la derecha, que identificó de inmediato los efectos que podía tener sobre sus propios intereses partidistas.
En ese combate estratégico, sin embargo, la reacción de la oposición —especialmente la del señor Núñez Feijóo— ha resultado tan precipitada como desacertada. Y en algunos momentos, directamente marrullera.
Porque afirmar que los derechos humanos están por encima del derecho internacional para justificar una guerra no solo es una falsedad, sino una manipulación profundamente peligrosa. La guerra que hoy se libra no se ha iniciado para defender los derechos de nadie. Se ha iniciado para defender intereses geopolíticos, estratégicos y económicos de quienes la han desencadenado.
Resulta además especialmente inquietante escuchar ahora apelaciones a los derechos humanos por parte de quienes guardaron silencio cuando el mundo asistía al genocidio en Gaza. Invocar los derechos humanos únicamente cuando conviene políticamente no es una defensa de esos derechos; es su instrumentalización.
Hablar ahora de proteger los derechos de las mujeres en determinados países mientras al mismo tiempo se apoyan grandes acontecimientos deportivos en esos mismos lugares constituye una contradicción difícil de justificar. La defensa de los derechos humanos no puede ser selectiva ni oportunista.
Por otra parte, poco ayuda al debate democrático recurrir sistemáticamente a la manipulación, el bulo y la tergiversación. Hemos pasado del ya famoso "Me gusta la fruta" a poner en boca de la ministra de Defensa frases que jamás pronunció, como el grotesco "Estoy con Trump, pero la gente ya se sabe", difundido con el único objetivo de desacreditar tanto a la ministra como al Gobierno del que forma parte. No se trata de un lapsus, es una falsificación deliberada del discurso político. No es una estrategia nueva, pero sí cada vez más frecuente y más evidente.
Afirmar que se ha trasladado a las partes un mensaje de contención, como si hacerlo fuese cierto o, en caso de serlo, fuese a servir para algo, es patético. Presentarlo como una acción diplomática eficaz no deja de ser una patraña destinada a revestir de responsabilidad lo que en realidad no pasa de ser retórica barata y poco creíble.
Tampoco contribuye a la credibilidad política afirmar que no hay que incomodar a Trump. Una declaración de ese tipo revela algo más que prudencia diplomática: transmite sumisión, miedo o dependencia hacia quien se percibe como un poder superior.

Comparecencia del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ante los medios de comunicación durante la XXXVI Cumbre Hispano-Portuguesa. A 6 de marzo de 2026 en Palos de la Frontera, Huelva (Andalucía, España). / Francisco J. Olmo - Europa Press
Lo que quizá no han advertido algunos de estos políticos es que la ciudadanía empieza a distinguir con claridad entre quien ejerce liderazgo y quien se limita a repetir consignas redactadas por otros. Entre quien argumenta y quien simplemente grita, mal y a destiempo.
Hacer creer que España envía una fragata a la guerra constituye otra simplificación interesada que ignora deliberadamente las obligaciones internacionales que, como miembro de la Unión Europea y de la OTAN, tiene.
Intentar enfrentar a la ciudadanía con una declaración como "No a la guerra" es un error estratégico. Porque la sociedad española ha demostrado reiteradamente que, incluso entre votantes de diferentes partidos, existe una posición mayoritaria contraria a los conflictos bélicos y a quienes los promueven.
Ahora bien, también es exigible que el presidente del Gobierno no convirtiera esta declaración en un instrumento político permanente. Una cosa es el efecto que ha tenido en el debate público y otra muy distinta utilizarla sistemáticamente como arma partidista. Hacerlo acabaría desvirtuando el mensaje y debilitando su legitimidad.
La ciudadanía española ha demostrado repetidamente una notable madurez democrática. No necesita salvadores de una patria utilizada como refugio de mediocridad o como plataforma de confrontación política. El sentimiento hacia el país es diverso, plural y perfectamente legítimo siempre que se construya desde el respeto y la defensa de la legalidad.
No necesitamos mesías que nos guíen ni líderes que pretendan rescatarnos. Necesitamos dirigentes capaces de afrontar los problemas cotidianos con responsabilidad, con serenidad y, sobre todo, desde la convicción de que la paz no es una consigna política, sino una obligación moral.
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