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Opinión | Tribuna

Roberto Hurtado García

Roberto Hurtado García

Médico y escritor

La asepsia de mi ignorancia

Llegada de un grupo de refugiados en una barca hinchable a la isla de Lesbos desde la costa turca el 9 de marzo de 2016.

Llegada de un grupo de refugiados en una barca hinchable a la isla de Lesbos desde la costa turca el 9 de marzo de 2016. / KAY NIETFELD / DPA

Camino por la playa y escucho las gaviotas. El agua llega a la orilla con ese sonido constante del mar, y mis pasos dejan huellas en la arena que dentro de un rato desaparecerán. Miro al horizonte. Algunos barcos de recreo se mueven despacio. Más lejos, quizá un crucero entra en el puerto de Alicante.

El mar siempre acaba trayendo recuerdos. Hoy me ha devuelto a uno de hace casi diez años. En febrero de 2016 viajé a Lesbos. Lo hice como tantos otros, casi por impulso. Quería poner mis conocimientos como médico al servicio de aquella crisis humanitaria. Durante aquel invierno aquella pequeña isla griega se convirtió en la primera tierra para miles de personas que huían de la guerra en Siria.

Fui con un periodista, casi quince años más joven que yo, y con un cámara de origen argentino, curtido en mil reportajes. Yo iba con la idea de integrarme en algún servicio médico de campaña del campamento de refugiados de Moria.

Recuerdo la primera vez que entré allí. El periodista y el cámara me miraban de una manera extraña, como si supieran lo que iba a pasar. Ellos ya habían pasado por aquello.

El cámara tuvo que agarrarme. Me derrumbé. Y eso que había visto la muerte muchas veces. Decenas de veces. Pero siempre en la seguridad de mi hospital, en la limpieza de mi mundo, en la asepsia de mi ignorancia.

Frente a nosotros había un niño de la edad de mi hijo, tres años, temblando sobre el barro helado en una mañana de apenas dos grados.

Nunca me había sentido tan inútil. Tan impotente. No volví de allí con orgullo por haber ayudado. Volví con algo mucho más incómodo: la sensación de que el ser humano es una dicotomía terrible.

Porque en Lesbos también vi lo mejor de nosotros. Voluntarios de muchos países aparecían para ayudar. Algunos pertenecían a ong; otros llegaban con una mochila y la necesidad de hacer algo. Personas que dejaban su vida durante unos días para recibir a quienes llegaban de noche, repartir mantas, atender heridas, escuchar historias. Era imposible no sentir respeto por esa gente.

Durante un tiempo uno pensaba que quizá esa era la verdadera naturaleza humana.

Con los años llegan las preguntas.

Hace poco volví a escuchar una conversación entre Jesús Quintero y Antonio Gala. Gala decía que las guerras nacen de la ambición. De la ambición de destruir algo que estorba y quedarse después con lo que queda.

Cuando uno ha visto llegar a una familia entera a una playa en mitad del invierno, esa idea deja de parecer una frase brillante. Empieza a parecer una explicación.

Hoy volvemos a escuchar discursos que justifican guerras. Estrategias, equilibrios, intereses, seguridad. Palabras grandes que intentan explicar lo que ocurre.

Pero hay algo que sigo sin entender. No entiendo cómo puede justificarse matar civiles.

No entiendo cómo puede aceptarse la muerte de niños como si fuera una consecuencia inevitable.

Y tampoco entiendo cómo seguimos confiando, votando o admirando a líderes que nos conducen una y otra vez hacia ese mismo lugar.

Esa es quizá la gran contradicción humana. Somos capaces de una solidaridad inmensa cuando vemos sufrir a alguien delante de nosotros. Pero también somos capaces de seguir a quienes convierten ese sufrimiento en estrategia.

Hoy camino por esta playa tranquila del Mediterráneo y pienso que hace diez años este mismo mar era otra cosa. No era paisaje. Era una frontera.

Cuando uno ha visto llegar a los refugiados de una guerra en pleno invierno, entiende algo que ya no se olvida. La guerra no es una idea. La guerra es ese niño que tiembla en una playa que no conoce.

Y yo sigo pensando en él, mientras vuelvo a la pulcritud cotidiana de mi hospital moderno.

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