Opinión | Tribuna
Ante el vacío

'Muerte de un miliciano', la icónica fotografía de Robert Capa. / EFE
Y, de momento, sus ojos se fijaron en el peor pasado, en la destrucción humana tras la barbarie. Era una de esas tardes de dimanche blues. Observaba sereno la foto de Robert Capa que inmortaliza la muerte de un miliciano en los campos de la guerra de España. “No hemos aprendido nada”, musitó. Mientras, la portada del periódico anunciaba la nueva guerra.
Parece que sí, que nos han empujado por la puerta de atrás hacia una nueva era que se abisma al vacío. Una era para desandar, para deconstruir valores, para desaprender. Una era de laminación del multilateralismo. De cuestionamiento de la paz. De reemplazo de los valores de la Ilustración por el culto a la irracionalidad.
Hemos accedido, de golpe, a la era sin orden, la era de la brutalidad, “la era de la revancha”, como la denomina el periodista Andrea Rizzi al describir el desafío de las fuerzas nacionalpopulistas que erosionan el orden liberal-democrático en nuestras sociedades.
Vivimos un retorno a la lógica de la amenaza, la confrontación y la guerra, al uso del poder duro como dialéctica geopolítica. Es una lógica imprevisible, arrogante, temeraria. No el derecho, sino la fuerza. No el acuerdo, sino el combate. No la negociación internacional, sino el ataque sistemático a las organizaciones multilaterales que antes arbitraban en el conflicto y sostenían la cooperación. O que, al menos, lo intentaban, sumergidas demasiadas veces en la impotencia.
La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán no es solo un episodio traumático más. Es el síntoma abyecto de una crisis de valores global. Durante décadas parecía que el crecimiento económico y los adelantos tecnológicos bastaban para alumbrar el progreso. Hoy constatamos que no era así.
Los apóstoles del tecnocapitalismo han aprovechado la coyuntura perfecta: la erosión de las instituciones políticas y el debilitamiento de los grandes marcos espirituales que, durante siglos, proporcionaron un sentido compartido a la vida colectiva. Se habla mucho de la crisis de la política –con razón– pero mucho menos del vacío que ha dejado la pérdida de referencias morales y éticas comunes.
El cristianismo —con todas sus contradicciones históricas, con todo su abuso de poder terrenal también— aportó durante siglos un armazón de valores que podían ser compartidos desde posiciones laicas: la idea de que el prójimo merece cuidado, la centralidad de la dignidad humana, la solidaridad con los vulnerables, el mandato de amar al otro, al diferente. La fraternidad, la compasión, la defensa del débil o la idea de comunidad no nacieron del mercado, sino de un sentido de respeto y empatía. Ahí estaba Lluís Vives y su reflexión -tan lejana como vigente-sobre la imposibilidad de vivir la libertad sin igualdad.
Sin embargo, también la religión ha visto erosionada más su autoridad moral en este tiempo. Los gravísimos casos de pederastia en el seno de la Iglesia, el silencio de décadas ante esos crímenes, o actitudes de intolerancia –todavía hoy– frente a avances sociales como la igualdad real entre mujeres y hombres, la libertad de orientación y de identidad sexual, la muerte digna o el derecho de las mujeres al abortohan debilitado profundamente su credibilidad.
A la vez, la política ha sufrido una gran merma de confianza. La desigualdad cronificada, la corrupción, la desinformación, la desconexión de diversas élites y la larga resaca social que dejó la Gran Recesión han erosionado la confianza de millones de ciudadanos en las instituciones democráticas. Ese desgaste ha dejado el terreno abonado para discursos simplistas, radicales o directamente cínicos. Lo decía Gramsci: entre que muere lo viejo y nace lo nuevo es el tiempo en el que surgen los monstruos. Aquí los tenemos.
El columnista David Brooks lo ha descrito con una lucidez inquietante: vivimos una guerra cultural y moral entre dos ejércitos empobrecidos. Por un lado, el nacionalismo “cristiano” tan arraigado en Estados Unidos, que utiliza la fe como herramienta de poder y exclusión. Una fe que deja de ser universal para convertirse en trinchera: nosotros contra ellos, el nativo frente al inmigrante. Una religión farisaica más preocupada por la amenaza que por la misericordia.
En el otro lado quedan los restos exhaustos de la revolución liberal y del humanismo. Un proyecto –sostén del modelo social europeo– que nació para liberar a las personas del dogma, pero que en demasiados casos ha mutado en sociedades donde muchos se sienten alienados y solos. Un humanismo -batido en combate ideológico con el neoliberalismo- incapaz de hegemonizar un renovado orden ético compartido que dé sentido a la vida en sociedad. Y cuando se origina ese vacío, su lugar lo ocupan el consumo, el narcisismo digital o —como dice Brooks— la religión del teléfono. Solo falta mirar a nuestro alrededor. A veces, a nosotros mismos.
Ese vacío ha sido el caldo de cultivo perfecto para el anarcolibertarismo contemporáneo, una ideología que se presenta como rebelde pero que, en realidad, es la peor versión de una visión egoísta, retrógrada y elitista de la sociedad. El anarcolibertarismo es una estafa intelectual: solo beneficia a quien puede pagarse la fiesta. Exige renunciar a cualquier sentido comunitario, a cualquier política redistributiva, a cualquier responsabilidad común. Es la burbuja de los que pueden vivir sin Estado y soñar con viajes turísticos a la Luna mientras miles de millones de personas dependen de las políticas públicas para tener una vida digna en su educación, su sanidad, su trabajo, su jubilación o –en tantas partes del mundo– para no morir de hambre.
En este contexto, sorprenden —y estremecen— las veleidades sobre la esencia misma del proyecto europeo. La Unión Europea nació, precisamente, para la paz, para construir reglas frente a la barbarie, para sustituir la ley del más fuerte por el Estado de Derecho. Por tanto, si el nuevo orden es la ley de la selva, ¿hemos de adaptarnos a la selva? Eso suena a la peor Europa, no a la Unión Europea.
Si las instituciones caen en la irrelevancia total y solo importa el peso de la bestialidad, ya podemos anticipar lo que va a ocurrir(nos). Está en las páginas que Zweig escribió en El mundo de ayer. Pero también en las de un ensayo fundamental: Por qué fracasan los países, de Daron Acemoglu y James A. Robinson. Ellos, que este año ganaron el Nobel, demuestran que las sociedades solo prosperan cuando existen instituciones inclusivas, reglas compartidas y límites a los poderes. Cuando esas reglas desaparecen, lo que emerge no es libertad, sino dominación. Luego vienen la fractura y el declive.
En este panorama sombrío hay, sin embargo, una posibilidad de reconstrucción: la cultura. La cultura —entendida en su sentido más hondo y cabal— no es solo entretenimiento ni industria creativa. Es el espacio donde una sociedad se piensa a sí misma, donde se transmiten las huellas profundas de la vida, donde desde el respeto se siente la empatía que alumbra la convivencia. La cultura es el territorio que piensa en el ayer, en el presente y en el mañana y que formula la pregunta esencial: qué significa vivir juntos.
Cuando la política se ha debilitado y la espiritualidad ha perdido autoridad moral, la cultura es la esperanza. No un imperio tecnológico con basamentos medievales. No la Inteligencia Artificial como arma de destrucción masiva del pensamiento. Sino el bastidor que da sentido y valor –progreso, en definitiva– a todos los avances tecnológicos y científicos de la sociedad humana. Eso es la cultura.
De la magnífica entrevista de Alfons Garcia al arzobispo de València, Enrique Benavent, me quedé con una reflexión: “Hay un renacer de una inquietud espiritual ante un mundo secularizado que genera vacío y que se manifiesta en el auge de la meditación o en fenómenos culturales”. El vacío ante el vacío: esa es la cuestión.
Ese renacer –llamémosle espiritual o ético– es una oportunidad si está orientado hacia lo común. Porque lo que está en juego no es solo el equilibrio geopolítico, el multilateralismo que tantas personas como Rafael Altamira se esforzaron por construir, y los derechos y las libertades de la ciudadanía. Lo que está en juego es algo mucho más profundo: el sentido ético de nuestras sociedades. Cómo queremos vivir juntos.
La guerra de Irán es una advertencia. Uno de aquellos avisadores de incendios de los que hablaba Walter Benjamin. Este ataque desnudo de explicaciones y argumentaciones –esta vez, los agentes del caos ni tan siquiera se han molestado en argüir falsedades como las del trío de las Azores–, evidencia que, cuando la sociedad se vacía de valores, cuando la política se degrada y las instituciones se debilitan –y hay agentes muy poderosos interesados en ello–, entonces el mundo retorna rápidamente a su estado más primario: el de la fuerza contra la razón. Sube el precio del petróleo y baja el precio de la muerte.
Por eso, frente al cinismo de la ley del más fuerte, la respuesta no puede ser únicamente militar ni económica. Ni tan siquiera política. Debe ser, sobre todo, cultural. Solo las culturas que beben del humanismo pueden volver a recordarnos la ética que sostiene nuestra convivencia.
Por eso, empujados a la nueva era, constatamos que allá donde existe poder también aparece resistencia. El laissez faire, laissez passer no es una opción decente. Frente al cinismo de la ley del más fuerte, de la aberración criminal de los líderes fanáticos envueltos en la religión para masacrar a sus pueblos, de los autoritarismos que aspiran a repartirse el mundo, nos queda la cultura.Y la cultura es decencia, dignidad y humanismo.
(Al avanzar en la exposición y dejar atrás la amarga fotografía del miliciano muerto, Capa le tenía reservada otra imagen, esta vez llena de luz: la Liberación de París, la ilusión en las miradas, la paz en los rostros. Y desafiando al blues de dimanche, dibujó media sonrisa y esta vez musitó: “Siempre queda la esperanza”).
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