Opinión | Tribuna

Gaspar González Jurado - Gutiérrez
Jefe de centros de gestión de reclamaciones en Telefónica.
Cuando hay guerra, la humanidad ha fallado

Cuando hay guerra, la humanidad ha fallado
Hay algo inquietante en nuestro tiempo. Encendemos la televisión o abrimos el móvil y escuchamos hablar de guerras como si fueran parte del paisaje. La guerra entre Ucrania y Rusia. La guerra entre Israel, Estados Unidos e Irán. Conflictos que se extienden por Oriente Medio, Líbano o Siria.
Mientras tanto, existen otras guerras de las que apenas se habla. Sudán. Myanmar. Partes del Sahel. Regiones de África donde la violencia lleva años instalada sin ocupar titulares. El mundo vive hoy decenas de conflictos armados activos.
Lo verdaderamente inquietante es que empezamos a acostumbrarnos.
La guerra empieza a sonar como un ruido lejano, un titular más. Una cifra más. Un vídeo que aparece en la pantalla y desaparece segundos después, mientras seguimos con nuestra vida. Y, sin embargo, detrás de esas palabras que repetimos, misiles, ofensiva, bombardeo, ataque, hay algo que a veces olvidamos: personas.
Personas que una mañana cualquiera dejaron de vivir con normalidad. Niños que ya no pueden ir al colegio. Familias que tienen que abandonar su casa en pocas horas. Padres que no saben si volverán a ver a sus hijos. Ciudades enteras que cambian para siempre.
Las guerras empiezan casi siempre con discursos y decisiones tomadas en despachos. Pero terminan siempre igual, en vidas rotas
Las guerras casi siempre se cuentan desde mapas, estrategias o intereses geopolíticos. Pero rara vez se habla del silencio que queda después. El silencio de una casa que ya no existe. El silencio de una escuela vacía. El silencio de una familia que se ha separado. El silencio de una ciudad que nunca volverá a ser igual.
Las guerras empiezan casi siempre con discursos y decisiones tomadas en despachos. Con palabras que intentan justificar lo injustificable. Pero terminan siempre igual. En vidas rotas.
Y lo más sorprendente es que la mayoría de las personas del mundo no queremos la guerra. Queremos vivir, trabajar, cuidar de nuestras familias y construir algo mejor para quienes vienen después.
Quizá por eso conviene recordar algo que a veces se pierde entre titulares y análisis. Las guerras no son historias lejanas. Son historias humanas. Historias de personas que, igual que nosotros, un día tenían una vida normal. Una casa, una rutina, un futuro por delante. Hasta que la guerra llegó.
Y tal vez ahí esté la reflexión más incómoda. Cuando una guerra estalla en cualquier lugar del mundo no estamos solo ante el fracaso de gobiernos, diplomacias o alianzas internacionales. Por eso, quizá, el verdadero peligro de nuestro tiempo no sea solo que existan guerras. El verdadero peligro es que dejemos de sentirlas como lo que realmente son. Porque cada guerra que se produce en cualquier lugar del mundo no habla solo del fracaso de unos gobiernos, de unas diplomacias o de unas alianzas.
Habla, en el fondo, de un fracaso de la humanidad entera.
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