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Opinión | Tribuna

José Ramón García Gandía

José Ramón García Gandía

Profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Alicante

Oriente Medio al borde del abismo: las consecuencias globales del ataque a Irán

Irán asegura haber lanzado nuevos bombardeos contra Israel y bases de EE.UU

Sara Fernández

El ataque coordinado de Estados Unidos e Israel contra Irán ha devuelto a Oriente Medio al centro de la agenda internacional. Más allá de su dimensión militar inmediata, la operación abre una fase de inestabilidad cuyas consecuencias trascienden con mucho el escenario regional. Energía, comercio, diplomacia multilateral y rivalidad entre grandes potencias vuelven a entrelazarse en un momento en que el sistema internacional ya mostraba signos evidentes de fragmentación.

La primera consecuencia es estratégica: se eleva el umbral de confrontación directa. Durante años, la relación entre Irán e Israel ‒con la implicación de Estados Unidos‒ se había movido en el terreno de las operaciones encubiertas, los ataques limitados y las guerras por delegación en Siria, Líbano o Gaza. El golpe actual rompe parcialmente esa lógica de contención ambigua. La respuesta de Teherán, proporcional o asimétrica, amplía el conflicto hacia el Golfo Pérsico, Irak o el sur del Líbano, con efectos imprevisibles.

El segundo impacto es económico y afecta de forma directa a Europa. El estrecho de Ormuz, por donde transita una parte sustancial del petróleo y del gas natural licuado que abastece a los mercados globales, se convierte de nuevo en punto crítico. Solo la amenaza de interrupción da lugar a que los precios energéticos se disparen y aumente la volatilidad financiera. En un contexto en el que la inflación sigue siendo una preocupación central para gobiernos y bancos centrales, cualquier perturbación prolongada tendría repercusiones sobre el crecimiento, el empleo y el poder adquisitivo de los ciudadanos europeos.

Pero el alcance del episodio no puede entenderse sin atender a las posiciones de las grandes potencias emergentes o revisionistas.

Rusia, enfrentada a Occidente desde la guerra de Ucrania, ha condenado el ataque y lo presenta como una prueba adicional del unilateralismo estadounidense. Para Moscú, la crisis ofrece una doble oportunidad: reforzar su discurso de defensa de la soberanía estatal frente a intervenciones externas y consolidar su relación estratégica con Teherán. Al mismo tiempo, un Oriente Medio tensionado distrae recursos y atención política de Washington y de sus aliados europeos.

Putin durante una conferencia de la Junta del Servicio Federal de Seguridad

Putin durante una conferencia de la Junta del Servicio Federal de Seguridad / Europa Press/Mikhail Me

China, por su parte, adopta un tono más prudente pero igualmente crítico con el uso de la fuerza. Pekín insiste en la necesidad de respetar la integridad territorial iraní y llama a la desescalada. Su interés fundamental es la estabilidad: China es uno de los principales importadores de energía de la región y depende de la seguridad de las rutas marítimas para sostener su crecimiento. En el trasfondo el interés de China en la región para expandir sus líneas comerciales, uno de los motivos de la intervención estadounidense.

India se mueve en un delicado equilibrio. Nueva Delhi mantiene relaciones estratégicas con Israel y una cooperación creciente con Estados Unidos en el marco del Indo-Pacífico, pero también necesita preservar sus vínculos históricos con Irán, clave para su acceso a Asia Central y para su seguridad energética. Además, millones de trabajadores indios residen en los países del Golfo, lo que convierte cualquier escalada en un problema doméstico potencial. Su reacción ha sido, por ello, de cautela: llamamientos a la contención, defensa del diálogo y prioridad absoluta a la protección de sus nacionales.

En el plano multilateral, la crisis evidencia las limitaciones actuales del sistema internacional. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aparece dividido, reflejo de la creciente rivalidad entre bloques. La posibilidad de un retorno a negociaciones sobre el programa nuclear iraní se complica en un clima de desconfianza generalizada. Paradójicamente, una acción destinada a frenar capacidades estratégicas podría terminar incentivando, a medio plazo, la lógica de la disuasión y la proliferación.

Para España y la Unión Europea, el desafío es doble. Por un lado, deben gestionar el impacto económico y energético de la crisis. Por otro, necesitan articular una posición diplomática coherente que combine la defensa del derecho internacional con la protección de sus intereses estratégicos. Aunque, las declaraciones de Marcos Rubio en su periplo europeo han dejado todavía más claro que Europa se pone de nuevo de perfil viendo cómo Israel hace el trabajo sucio en la zona defendiendo sus intereses estratégicos.

En definitiva, el ataque a Irán no es un episodio aislado, sino un síntoma de una transición geopolítica más profunda. Rusia usará el conflicto para debilitar la cohesión occidental, mientras que China e India intentarán consolidar su papel como potencias estabilizadoras. Oriente Medio vuelve a convertirse en escenario de una competición global que recuerda, en algunos aspectos, las tensiones de la Guerra Fría, pero en un contexto mucho más interdependiente, carente de ideología y multilateral. Eso sí, nadie se cree que el ataque se deba al desarrollo nuclear iraní. Alea jacta est.

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