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El valor de una generación

En la mesita de noche de mi abuelo siempre había un diccionario y una libreta para anotar palabras nuevas. Para ellos, el conocimiento no era un privilegio, sino un pasaporte hacia un futuro mejor

Imagen de archivo.

Imagen de archivo. / ED

En la era de las etiquetas generacionales —Generación Z, Millennials, Boomers—, hay una que sigue sin recibir el homenaje que merece: la Generación Silenciosa. Aquellos hombres y mujeres que hoy superan los 90 años y no sólo fueron testigos de la historia, sino sus protagonistas. Su vida fue una lección de esfuerzo, resiliencia y valores que cimentaron el mundo que hoy disfrutamos. Nacidos en los años treinta, ellos y ellas crecieron entre las sombras de la guerra y la posguerra. Defendieron derechos laborales, se adaptaron a los cambios tecnológicos, viajaron y, sobre todo, preservaron la dignidad humana en tiempos donde escaseaba todo menos la entereza.

Podemos decir que fue la generación de los valores, y describirla como el valor de una generación. Conocieron un mundo que nunca imaginaron ver desde la España rural de entonces, donde el objetivo principal era que sus hijos e hijas estudiaran y que no se sometieran injustamente. En la mesita de noche de mi abuelo siempre había un diccionario y una libreta para anotar palabras nuevas. Para ellos, el conocimiento no era un privilegio, sino un pasaporte hacia un futuro mejor.

Esta generación poseía una sabiduría práctica que hoy nos resulta casi mágica: conocía mejor que nadie los ciclos de la naturaleza. Sabían cuándo talar la leña, recoger las patatas o cortarse el pelo con sólo mirar la luna. Convertían las penurias en anécdotas con humor estoico y tejían redes de solidaridad vecinal décadas antes de que existiera el término "comunidad".

Cuando muchos ya no están, su ejemplo sigue vivo en quienes heredamos su tenacidad y su habilidad de encontrar luz incluso en los momentos más oscuros. Recordarlos no es sólo un acto de nostalgia, sino de justicia. Porque su mayor enseñanza fue mostrar que el verdadero progreso se mide por la capacidad de mantener la humanidad intacta ante la adversidad.

En el Día del Padre pensé en el mío, porque es la primera vez que no lo celebraremos juntos, y recuerdo sus historias infinitas de sobremesa que describían tanta superación. Como cuando su hermano recogía las balas del monte que habían quedado de la guerra civil para comprarse un violín. Un instrumento que consiguió tocar como autodidacta y, además, prestarlo a un caminante músico que llegó al pueblo y se convertiría en el director de la Banda de Música de Minas y Ferrocarril de Utrillas.

Fue una generación que no necesitó muchos discursos LGTBI para saber que la amiga de su hija era en realidad su pareja y, por lo tanto, merecía recibir el sobre de aguinaldos en Navidad igual que el resto. Desde el respeto, sin más preguntas, demostrando nobleza y amor.

Hace unas semanas que despedimos a mi padre. Estaba a punto de cumplir 91. Su mirada curiosa y sus lecturas constantes le acompañaron hasta el final de sus días. Porque aprender siempre fue una esperanza. Sólo un pequeño giro, a causa de la fiebre fugaz que duró pocas horas, le hizo ver otra realidad antes de fallecer en casa. Nos dijo que se tenía que levantar “para hacerle el café con leche a Maruja” (que se había marchado antes que él). Quizás esa sea la visión del paraíso. Nada de luces y trompetas. Sino algo sencillo, como tomarte un café tranquilamente con la persona que quieres.

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