Opinión | La pluma y el diván
Hermanos

Hermanos
Las relaciones entre personas son una de las situaciones más complejas con las que tenemos que lidiar en nuestro día a día. Desarrollamos habilidades para que los choques, los encontronazos o los diferentes pareceres se amortigüen al máximo, siempre con la intención de que las cosas no se salgan de madre.
Aprendemos el arte de la simulación para que nadie sea capaz de discriminar el grado de sinceridad con el que aseveramos las cosas. Las máscaras las renovamos de cuando en cuando para representar la gran ficción cotidiana, sin que se nos trasparente lo más mínimo el verdadero sentimiento y, todo, por pura protección.
El gran refugio lo encontramos en el seno familiar. Los lazos de sangre son la única escapatoria con la que contamos para despojarnos de la máscara y sentirnos libres para desarrollar una relación sincera, tranquila y reparadora.
Aunque si somos un poco tiquismiquis y reflexionamos más en profundidad, podríamos acabar pensando que la familia tampoco nos permite quitarnos la máscara sin más.
Si nos situamos en el centro del esquema familiar convencional, tenemos por encima a los padres propios y a los padres políticos, a un lado a los hermanos de sangre y en el otro lado al cónyuge y los hermanos políticos y por abajo tenemos a los hijos. El resto de la familia, abuelos, tíos, sobrinos, primos, nietos, se alejan de nuestro círculo y el tratamiento con ellos es mucho más situacional.
A nuestros padres de sangre, como principio de respeto y cuidado, los intentamos mantener al margen de circunstancias que impliquen estrés y por ello evitamos desenmascararnos por mucho deseo o necesidad que tengamos de hacerlo. Los padres políticos los ubicamos en un espacio virtual de suspensión, manejando los pros y los contras con sumo cuidado para no alterar el equilibrio.
Si somos realistas, son demasiadas las situaciones en las que pensamos que podemos dañar a los hijos si nos manifestamos tal y como somos, y por ello, nos ponemos el camuflaje de padres para resolver momentos difíciles o, simplemente, para suavizar temas espinosos, educar, formar o aconsejar.
El cónyuge es el gran bastión de la sinceridad, pero también debemos velar por que la sintonía entre lo que se dice, se hace y se siente se encuentre en un mismo ángulo, lo que muchas veces provoca enmascaramiento forzoso y no deseado.
Descartando, nos quedan los hermanos de sangre, los que siempre están ahí sin pedir nada a cambio, sabiendo entender nuestro comportamiento, sea este errático o dirigido, acertado o desproporcionado, agresivo o meloso. Si llamas a la puerta de los hermanos de sangre, hasta los más zafios te abren sus sentimientos, o no.
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