Opinión | Tribuna
El niño que fuimos

El niño que fuimos
Aquel niño se sentía muy alegre con muy poco, no requería contemplar grandes pinceladas purpúreas en cielos moribundos de lánguidos atardeceres, no requería percibir el aroma titubeante de una melancolía. Por decirlo de otra manera, aquel niño era feliz. Y era una felicidad redonda, una felicidad plena, sin adornos, pues las felicidades plenas se las arreglan muy bien sin adornos. La risa era risa y los motivos de esta risa eran todos hilarantes. La ironía era una cosa compleja, apenas accesible, completamente innecesaria. Se bromeaba de frente, sin rodeos, con bellísima franqueza. La entrañable torpeza de la infancia, los sueños extravagantes, las percepciones confusas y poco realistas, la continua travesura, el descaro espontáneo, la burla indecorosa, a destiempo, inoportuna... Todo se perdonaba, para todo había un blando indulto, una permisiva paciencia.
Los cimientos que un niño construía apresuradamente de su vida futura se mostraban tan endebles cual papel mojado —desastroso e idealista arquitecto emocional—, y su ilusión, y su esperanza, y la viva emoción de alcanzar algún día lejano aquellas metas frágiles, vaporosas, las metas dulces y exageradamente artificiosas de este niño, resultaban firmes, robustas, blindadas a los malos augurios, indiferentes a las muecas grises y avinagradas de los adultos. Qué inmensos retos los de aquel niño, surcando peligrosamente las rizadas aguas de aquel tumultuoso océano, el de la primera juventud: ser aceptado en el grupo, poseer unas migajas de popularidad, encontrar un chiste nuevo que la hiciera reír, a ella, a esa niña amada en secreto; sobresalir en ingenio, deslumbrar a todo el mundo con su habilidad, jugando en el recreo con una mala pelota de papel; arrostrar imposibles y heroicas hazañas: no amedrentarse frente a las amenazas de los niños mayores, las amenazas de aquellos niños que ya fumaban públicamente, que se saltaban las clases. O peor aún: escribir agitadamente dos versos de amor y depositar la hoja doblada y sin firmar en su pupitre, en el pupitre de ella, de esa niña venerada en secreto.
El niño que fuimos nada sabía de la vida adulta. Nada conocía con certeza. No tenía ninguna noción del dolor, de la pérdida, de la ausencia. Nada sabía de las terribles decepciones que la vida proporciona, que el lento y bamboleante paso de los años proporciona. Nada conocía del verdadero amor, y tampoco de su posterior y amargo desengaño. Nada sabía de las valiosísimas amistades y de sus poderosos apretones de manos, y tampoco de su posterior y amargo desengaño. Nada le habían enseñado sobre la fe, sobre el sentido de la vida, sobre los cometas errantes en inabarcables y mudos universos.
Aquel niño se sentía muy dichoso con muy poco, no requería contemplar grandes trazos azafranados en cielos moribundos de lánguidos ocasos, no necesitaba recorrer el sendero caprichoso de una elaborada melodía. Por decirlo de otra manera, aquel niño, aquel que fuimos, era feliz.
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