Opinión | La Riá
Estaba allí

Procesión de la Hermandad de la Resurrección en Orihuela. / Rate Bas
Conforme van transcurriendo los años, a veces por propios deseos, y otras por circunstancias exógenas nos vemos como testigos de lo que está sucediendo.
A lo largo de la historia encontramos a algún historiador o cronista que nos narra de primera mano lo que acontecía, aunque podemos disculpar a veces, que la objetividad que debe primar en su relato se vea en algún momento enturbiada por la subjetividad de sus interpretaciones. Por ello, cuando éstos nos dicen que estaban allí, qué hecho acaecía ante él, quién o quiénes eran los personajes: soy de la opinión que hay que creerlos, aunque después podríamos comprobar su certeza.
Un ejemplo de ello, lo encontramos en la narración que nos ofrece Josef Montesinos Pérez Martínez de Orumbella en su «Compendio Histórico Oriolano», al biografiar al lego carmelita nacido en Orihuela Joaquín Hernández, maestro alarife y autor de la Capilla de Nuestra Señora del Carmen (actual Iglesia), que falleció envenenado por otro lego el 18 de abril de 1753, en el Convento de San Pablo de los Carmelitas Calzados. Esta noticia luctuosa, que podríamos considerar como fruto de la imaginación de Montesinos, alcanza visos de realidad: al amparo de la información que facilitaba el obispo Gómez de Terán en una de sus tres cartas de respuesta al cuestionario de Ensenada, remitida en marzo de 1755. En ellas, el prelado hablaba de algunos casos concretos de homicidios, que conocía a través de su experiencia personal. Todo esto con visos de novela negra, lo ratifican Enrique Giménez López y Mario Martínez Gomis. Montesinos, refiere que el «maldito» lego asesino fue fray Ginés Irles, natural de la villa de Catral, y que una vez descubierto fue preso y confesó su delito, siendo trasladaron al Convento de Alicante, de cuya cárcel huyó. Marchó a Francia, secularizándose y debido a sus muchos delitos allí, fue ahorcado en Burdeos, en 1760. Así mismo, Montesinos cita el nombre del prior envenenado, fray Mariano Peset y Ramírez, que falleció el 5 de julio de 1752 y el de fray Vicente Vargas y Guillém, que había sido envenenado el 5 de julio del año 1751.
Incluso, el ya varias veces citado Josef Montesinos, nacido en Orihuela el 5 de julio 1745 y fallecido en la misma el 29 de enero 1829, nos describe con minuciosidad (él estaba allí), los desfiles procesionales de Semana Santa oriolana en el siglo XVIII, según la conoció y vivió, tal como fue publicado por Javier Sánchez Portas, en «Oleza 1983».
La historia de nuestra Semana Santa está cuajada de datos, más o menos trascedentes, que la configuran. Muchas veces, la tradición oral de padres a hijos será quien nos de conocimiento de la misma. Otras, serán la fuentes documentales, ya impresas o manuscritas. Sin embargo, de la única procesión que no teníamos noticias era la de la Resurrección, hasta la fundación de su Hermandad, en 1987 y de su primer desfile celebrado el 3 de abril del año 1988. Hasta la fecha, la Resurrección se conmemoraba el Sábado de Gloria y, después el Domingo, al cambiar la liturgia, dentro del ámbito de los templos con la celebración de la Vigilia Pascual y, en las calles con manifestaciones de alegría exteriorizadas de distintas formas. De éstas, aporto por su curiosidad lo que decía «La Crónica» de 31 de marzo de 1888: «el sonido de las campanas, el ruido de los carruajes y el producido por las salvas y petardos, juntamente con la algazara de los muchachos que recorrían las calles recogiendo aleluyas que arrojaban de los balcones... Digna de encomio y de mención es la desaparición casi por completo de la mala costumbre de maltratar a los individuos de la raza canina que se encontraban a dicha hora y en este día en la vía pública.» Años después, «El Diario» de 22 de abril de 1905 nos indica: «Esta mañana se han hecho infinidad de disparos en las calles para celebrar la Resurrección de Cristo... los chicos han pasado un buen rato disputándose los dineros y aleluyas que caían de algunos balcones». Nosotros en la niñez hemos conocido en el Sábado de Gloria el desfile multicolor de la banda de la Centuria Romana, aquella de trajes grana y cascos con penacho de papel, a la vez que de los balcones se arrojaba calderilla. Después, en la juventud recordamos el lanzamiento de petardos en las calles cuando las campanas de nuestras torres repicaban a Gloria. Luego, con los años, tras la procesión del Santo Entierro serían los Oficios en la Catedral. Así, se celebraba la Resurrección hasta la fundación de su Hermandad que adoptó como titular a la imagen del Salvador Resucitado del siglo XVII.
Por último, dejemos constancia para generaciones venideras, de cómo se desarrolló su primera procesión, pues «estaba allí»: después de la vigilia Pascual celebrada en la Iglesia de San Agustín y, tras haberse disparado desde la «Cueva del Tío Paco» por los Hermanos Ferrández un gran castillo de fuegos artificiales, salió la procesión con notable retraso, ya que antes había estado lloviendo, en algunos momentos con cierta intensidad, hasta el punto que llegó a cuestionarse la suspensión de la misma. A la orden de «¡Vamos!» del «César, Julio Sabuco» que iba de paisano, una mínima representación de «los Armaos» con su banda de cornetas y tambores dirigida por «el Roni», se dirigieron hasta la citada Iglesia. En la zona comprendida entre la calle y plaza de San Agustín, calles José Antonio y San Isidro, había gran cantidad de público, en tres o cuatro filas, provistos de paraguas. Al aparecer la imagen en el umbral de la Iglesia, la banda de música entonó el «Himno Nacional» y fueron lanzados al trono pétalos de flores.
El orden del cortejo fue el siguiente: 1º Un hombre disparando cohetes, al que seguían cuatro «armaos», entre los que identificamos a Antonio Ballester. 2º Ocho niños y niñas con túnica blanca, portando sobre su pecho el escudo de la Hermandad, haciendo sonar campanillas y entregando al público «mónicas». 3º El estandarte de la Hermandad, al cual acompañaban quince hermanos de ambos sexos vestidos igual que los niños y portando velones, en fila de a dos, excepto uno que iba detrás del citado estandarte. 4º Tres clarines de la Convocatoria uniformados a su usanza, pero sin capirote. 5º A continuación iban diez hermanos de ambos sexos, igual que los anteriores. 6º El Hermano Mayor de la Hermandad, padre José Luis Satorre García, portando el Cirio Pascual y revestido con dalmática. 7º El trono con la imagen del Salvador Resucitado, adornado con flores y luces. Llevando el carro faldillas verde oscuro. 8º Tras el trono iba la Unión Lírica Orcelitana, interpretando la marcha «Cordero de Dios». 9º Después de la música, unos ciento veinte fieles de ambos sexos, alumbrando. 10º Cerraba la procesión la Banda de Cometas y tambores Virgen de la Puerta. Durante el recorrido, desde los balcones se arrojaban pétalos de flores y aleluyas y la procesión era ordenada por tres hermanos con vara, entre los que se encontraba el presidente, Joaquín Almagro Aparicio. Hubo mucho público en todo el recorrido, excepto en el trayecto final, el cual hubo de ser modificado debido a que, cuando se encontraba la cabeza de la procesión en la confluencia de las calles San Pascual con Calderón de la Barca, comenzó a llover, decidiéndose acortar el recorrido, de tal forma que éste quedó así: Plaza de San Agustín, José Antonio (actual Avenida de España), San Isidro, Plaza Nueva, San Pascual, Calderón de la Barca, José Antonio y Plaza de San Agustín. Sobre las tres menos diez finalizó la procesión y a la entrada de la imagen en el templo, la banda de música volvió a entonar el «Himno Nacional», entre los aplausos del público. Esta es una breve crónica de la primera procesión del Resucitado en Orihuela, que hizo historia, cuando los pétalos de las flores quedaron marchitos y las aleluyas humedecidas en las calles, desaparecieron al día siguiente: era lo perecedero. Sin embargo, la luz vivificadora iluminará, por siempre, a esta Hermandad y su procesión del Resucitado, que nació entre tinieblas en la liturgia de la Pascua del año 1988.
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