Opinión | Tribuna

Vicepresidente del Colegio de Enfermería de Alicante
De la indiferencia a la molestia

Archivo - Enfermera midiendo la presión arterial de una paciente de edad avanzada. Hipertensión, colesterol. / ROSSANDHELEN - Archivo
Durante décadas, la relación entre la Medicina y la Enfermería en España ha estado marcada por una desigualdad tan normalizada que apenas se cuestionaba. No se trataba necesariamente de un enfrentamiento abierto, sino de algo quizá más profundo: la indiferencia. Una indiferencia sustentada en un modelo sanitario construido bajo esquemas jerárquicos y, también, bajo una realidad social evidente: la Enfermería ha sido históricamente una profesión mayoritariamente femenina.
Durante mucho tiempo, esa condición determinó no solo cómo se percibía el trabajo enfermero, sino también qué se esperaba de él. Se asumía que la enfermera debía ocupar un papel auxiliar, subordinado, ligado a tareas de cuidado consideradas “naturales” en la mujer y, por tanto, escasamente reconocidas desde el punto de vista profesional. El conocimiento, la capacidad de decisión y el liderazgo clínico quedaban reservados para otros.
Afortunadamente, la realidad sanitaria nunca fue tan simple como ese esquema pretendía dibujar. La Enfermería no ha sido únicamente manos que ejecutan órdenes como si de una guerra se tratase. Ha sido y es una disciplina científica, con formación universitaria, investigación propia y competencias clínicas que han ido desarrollándose a medida que evolucionaban los sistemas de salud y las necesidades de la población.
Mientras la sociedad cambiaba, las enfermeras también lo hacíamos. Nos especializamos, investigamos, asumimos nuevas responsabilidades, demostramos en cada ámbito asistencial que nuestra aportación es imprescindible para garantizar una atención segura, humana y eficaz.
Y algo empezó a cambiar: la sociedad comenzó a verlo.
La cercanía con los pacientes, la capacidad de acompañar en momentos críticos, la visión integral del cuidado y la presencia constante en el sistema sanitario hacen que las enfermeras nos hayamos ganado algo que ninguna estructura jerárquica puede imponer ni negar: el reconocimiento social y profesional. Hoy en día la ciudadanía sabe que la enfermera no es una figura secundaria, sino un pilar del sistema sanitario.
Pero ese reconocimiento, que debería celebrarse como un avance colectivo para la sanidad, ha generado en algunos sectores una reacción inesperada. Aquella indiferencia inicial parece haberse transformado, en determinados discursos, en incomodidad e incluso molestia.
Porque cuando una profesión crece, cuando desarrolla plenamente sus competencias y cuando la sociedad reconoce su valor, inevitablemente se cuestionan inercias que durante años parecían inamovibles.
En algunos ámbitos de la Organización Médica Colegial ha surgido el temor de que la Enfermería pretenda ocupar un espacio que no le corresponde. Se plantea el debate en términos de invasión o sustitución, o peor, de peligro para la vida de los pacientes, como si el desarrollo de una profesión solo pudiera producirse a costa de otra.
Nada más lejos de la realidad.
Las enfermeras y enfermeros no aspiran a ser médicos. Nadie pretende reemplazar a nadie ni disputar espacios de poder. Lo que reclama es algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, profundamente necesario: poder ejercer plenamente aquello para lo que está formada.
Que se permita a las enfermeras desarrollar sus competencias clínicas.
Que se reconozca su capacidad de liderazgo en los cuidados.
Que se aproveche su conocimiento para mejorar la atención a pacientes y familias.
Que el sistema sanitario utilice todo el potencial de sus profesionales.
Porque la sanidad del siglo XXI no puede seguir funcionando bajo esquemas del siglo pasado.
La pregunta no debería ser quién pierde espacio cuando la enfermería avanza. La pregunta debería ser cuánto gana el sistema sanitario cuando cada profesional puede desarrollar plenamente su trabajo.
La experiencia internacional lo demuestra: cuando la Enfermería participa activamente en la toma de decisiones clínicas, cuando lidera programas de cronicidad, prevención, vacunación o cuidados avanzados, los resultados en salud mejoran, los sistemas se vuelven más eficientes y los pacientes reciben una atención más cercana y resolutiva.
Por eso resulta paradójico que el crecimiento de la Enfermería genere inquietud, aunque quizá lo que incomoda no sea la Enfermería en sí misma, sino el fin de una visión tradicional donde unas profesiones hablaban y otras simplemente callaban o no se les escuchaba.
La sanidad necesita menos jerarquías rígidas y más colaboración. Necesita menos corporativismo y más mirada hacia los pacientes. Necesita entender que el liderazgo clínico no es un privilegio exclusivo, sino una responsabilidad compartida.
Esto no va de ratones, asnos y leones. Va de personas, personas y familias. Va de una sociedad que avanza sin que nadie se crea el rey de la selva.
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