Opinión | Europa a través del espejo
Las inasumibles dependencias europeas: defensa y energía

Las inasumibles dependencias europeas: defensa y energía / INFORMACIÓN
La Unión Europea parece hoy prisionera dentro de un triángulo formado por Rusia, Estados Unidos, y Oriente Medio, los cuales amenazan su seguridad inmediata y a largo plazo, y todo ello sin contar los agentes del enemigo infiltrados como Orbán y su uso y abuso del veto. En el Este, Ucrania lucha por su supervivencia pero también por la nuestra. En el Oeste, Trump, un antiguo aliado hostil e impredecible, cuestiona la permanencia de
EE UU en la OTAN, «ofendidito» porque los europeos no se apuntan a su guerra ilegal e injustificada contra Irán. Y el Mediterráneo y Oriente Próximo son un foco permanente de inestabilidad y conflictos, agravados por la política criminal de Netanyahu en Gaza y Cisjordania, y la agresión a Irán. Todo ello urge a la UE a tomar medidas drásticas en los ámbitos de la defensa y la energía, además de la superación de la unanimidad en la toma de decisiones (unión política federal).
Es más que evidente que Europa no puede ya fiar su seguridad al vínculo transatlántico. Las pruebas acumuladas desde la vuelta de Trump a la Casa Blanca hablan por sí solas, aunque el episodio de Groenlandia sea hasta ahora el más simbólico. Tras las declaraciones de Trump del 1 de abril sobre una posible salida estadounidense de la Alianza Atlántica, muchos congresistas y senadores se han apresurado a recordar que esto no puede producirse sin una aprobación parlamentaria, y que por tanto es muy improbable. Cierto. Dicho lo cual, con este presidente nadie puede seriamente creerse que si, pongamos, la Rusia de Putin ataca Estonia, EE UU cumplirá su compromiso de apoyo mutuo establecido en el artículo 5 del Tratado de Washington.
Por tanto, la UE debe empezar inmediatamente el proceso para activar las disposiciones en el Tratado de Lisboa sobre Defensa común europea, sea a veintisiete (difícil) o por un grupo de Estados disponibles, liderados por Alemania, Francia, España, y Polonia. Sin embargo, ninguna señal seria al respecto emana por ahora de la Comisión, la Alta Representante, o el Presidente del Consejo Europeo. La defensa europea se reduce a proyectos industriales comunes (bienvenidos sean) pero no se habla del cuartel general europeo, ni de la cadena de mando, ni de planes de defensa territorial. Al máximo, se habla retórica y tecnocráticamente de «operacionalizar» la cláusula de defensa mutua con un «protocolo» pero, ¿cómo puede hacerse esto sin un sistema europeo de defensa que al menos integre y coordine las fuerzas armadas nacionales, como embrión de un futuro ejército europeo?. Lo que a su vez requiere una unión política mucho más profunda que a actual.
La energía es la otra gran cuestión. A raíz la guerra de Ucrania, Europa ha prácticamente dejado de comprar energía a Rusia. Pero esta dependencia se ha sustituido por otras, pues hemos pasado a adquirir el gas natural licuado y el petróleo a Estados Unidos y los países del Golfo Pérsico. Con el cierre del estrecho de Ormuz por Irán, se ha evaporado una quinta parte del suministro mundial de uno y otro, lo que ha incrementado los precios globales de estos productos, con los consiguientes problemas para empresas y hogares. Más allá de que la guerra acabe pronto y se pueda reabrir esa vía de navegación estratégica (está por ver), Europa tiene que reconsiderar como estructura y asegura su consumo energético, para minimizar su dependencia de proveedores externos.
En España en cambio la dependencia energética, aun siendo muy elevada, y por encima de la media UE
Uno podría pensar que con el impulso a las renovables y el Pacto Verde, Europa tendría que haber reducido su importación de energía procedente de combustibles fósiles. Sin embargo, no ha sido así en absoluto. El porcentaje de energía importada sobre el total de la energía consumida en la UE era el 57 por ciento tanto en 2004 y 2024, la cual el 90 por ciento es de origen fósil. En España en cambio la dependencia energética, aun siendo muy elevada, y por encima de la media UE, se ha reducido en doce puntos porcentuales en el mismo período (del 78 al 66 por ciento). Si bien se ha aumentado la cantidad de electricidad de origen renovable, pasando del 16 al 48 por ciento en la UE, y del 33 al 57 por ciento en España, la electrificación de la economía y la sociedad, en áreas como transporte, industria, y calefacción, no ha avanzado al mismo ritmo, ni mucho menos: la cuota de la electricidad en el consumo final de energía ha pasado del 19 al 23 por ciento a nivel europeo, y del 20 al 25 por ciento a nivel español. Los beneficios en términos de reducción de emisiones de C02 sí son muy tangibles, pues han pasado del 26 por ciento a nivel de la UE y al 34 por ciento en nuestro país.
Por tanto, la UE debe alterar estructuralmente su demanda y su producción de energía (cuestión aparte y complicada es el uso de derivados del petróleo para fertilizantes, plásticos, detergentes, etcétera, lo que requiere más reciclaje y economía circular). Para reducir lo primero, se necesita aumentar la eficiencia energética a través de una inversión europea masiva para aislamiento de edificios e introducción de las bombas de calor (los edificios representan el 40 por ciento del consumo final de energía). Las técnicas de aislamiento reducen el consumo de los edificios entre un 20 y un 50 por ciento, dependiendo del estado de los mismos, y las bombas de calor reducen el consumo hasta un 70 por ciento en comparación con las calderas de gas (solo que los gastos de re-emplazamiento son muy caros para los hogares). También reduce la factura energética reforzar el transporte público sobre el uso del vehículo privado. La electrificación del coche —todavía limitada a menos del 20 por ciento de las ventas de automóviles en la Unión Europea— es esencial, ya que no existen todavía alternativas viables a gran escala para la aviación y el transporte marítimo. En la industria, el proceso es posible, pero sigue siendo complejo en los sectores más intensivos en energía, como el acero. Los líderes de la UE llevan un año actuando reactivamente a las distintas crisis. Pero éstas, si se aprovechan con un espíritu federal pueden ofrecer soluciones estables y a largo plazo para su seguridad: una Europa capaz de defenderse por sí misma y autosuficiente energéticamente. Casi nada.
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