Opinión | Tribuna
Desenmascaremos a los antiabortistas

El debate del último pleno municipal en Elche, celebrado a finales de marzo, devolvió a la palestra el enfrentamiento político existente en torno al aborto. / Áxel Álvarez
Aborto. Esta práctica, regulada por la legislación española desde 1985, ha sido cuestionada por Pablo Ruz en el pasado pleno y nos ha vuelto a situar como símbolo del retroceso a nivel estatal. No es para menos. Este discurso que busca despojarnos a las mujeres de un derecho adquirido hace décadas evidencia hasta qué punto se abre paso una ofensiva ultraconservadora que busca imponer una particular manera de entender el concepto de familia, de maternidad y quiere también cuestionar la sexualidad de las mujeres, especialmente de las jóvenes. Ya saben, son aquellos que hacían bandera de la libertad…
Por eso es importante señalar que oponerse al aborto es para este movimiento una palanca para cuestionar la posición que las mujeres ocupamos en la sociedad. Que no nos engañen. Este no es un debate sobre el derecho a la vida ni tampoco lo es sobre el futuro de los embriones, es una lucha ideológica mucho más amplia, en la que de nuevo el objetivo es degradar la posición que ocupamos las mujeres en la sociedad.
Es por este motivo que el movimiento antiabortista está experimentando un auge sin precedentes. No porque sus postulados sean mayoritarios, las encuestas nos dicen todo lo contrario, sino porque su organización, financiación y capacidad de poder han crecido de manera muy sustancial. En España cinco de los colectivos antiabortistas más activos recibieron casi dos millones de euros de dinero público sólo entre 2014 y 2018, el 89 % de administraciones gobernadas por el PP. Y las cifras no dejan de incrementarse a nivel mundial.
En este sentido, nuestra principal herramienta es recordar que los derechos sexuales y reproductivos son derechos humanos, como defienden los acuerdos internacionales. Éste tiene que ser el centro de la discusión. Para poder ejercer nuestros derechos como personas, para poder tener control sobre nuestra vida, las mujeres necesitamos poder decidir libre y responsablemente sobre nuestra maternidad. No se trata de profundizar en los motivos que llevan a una mujer a tomar la decisión de interrumpir su embarazo. Como seres humanos, debemos tener la libertad de decidir.
¿Acaso cuando las mujeres estamos embarazadas perdemos nuestros derechos?, ¿desaparece el valor de una vida que tenemos ya construida o se desposee de sentido nuestra historia personal? ¿Cómo pueden calificarse provida aquellos que quieren despojarnos del valor de las nuestras? ¿Tiene algún tipo de idea Pablo Ruz del efecto que la maternidad puede tener en una mujer cuando se da en circunstancias no deseadas?
Lo más sangrante de todo es que estos ultras abanderan un discurso biologicista para defender a los fetos, pero luego ignoran todas las condiciones socioeconómicas en que nacen los bebés. Son precisamente quienes luego votan en contra de los derechos laborales para mejorar las condiciones de vida de las familias trabajadoras, son quienes dejan caer la sanidad pública, quienes recortan en educación. Por cierto, son quienes miran hacia otro lado cuando les pedimos condenar los asesinatos de niñas y niños en Palestina. Su discurso sobre los fetos busca hacer ruido para esconder cuántos niños y niñas nacen en sociedades que no pueden garantizarles una vida digna. Eso no es defender la vida, es banalizarla.
Además, es una absoluta incoherencia estar en contra de los abortos y después tratar de impedir que las personas en todas sus etapas vitales puedan acceder a una educación sexual que evite embarazos no deseados, además de combatir las enfermedades de transmisión sexual, los estereotipos de género e incluso los abusos a menores.
Frente a ello, las personas demócratas y feministas tenemos la oportunidad de ofrecer una visión honesta y coherente en este debate, una posición que desenmascare un nuevo ataque a la libertad de las mujeres y que defienda, de verdad, la vida plena de las personas que habitamos este mundo.
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