Opinión | La pluma y el diván
Pigricia

Pigricia
El descanso merecido es uno de los regalos más maravillosos de los que podemos disfrutar alejados de apresuramientos y alborotos, siempre que tengamos la sensación o la certeza de que nuestras obligaciones han sido cubiertas.
Un país se engrandece con la perseverancia de quienes sustentan o han de sustentar los pilares del Estado cuando han sido educados en la constancia y la tenacidad, alejados de las porfías propias de mediocres y de las contiendas en las que se suelen enzarzar los necios.
Un país descuella y prospera cuando sus jóvenes tienen confianza en que las instituciones sabrán formarlos en los valores necesarios para superar barreras, así como en la disposición y la perspectiva para aprovechar todos los resquicios que les permitan alcanzar las metas que se hayan marcado, sin necesidad de mendigar derechos fundamentales o tener que renunciar a los principios que les fueron enseñados.
Un país destaca cuando sus ciudadanos son capaces de discernir, sin tener que recurrir al oráculo o al rey Salomón, entre el bien y el mal, la ociosidad y la laboriosidad, la verdad y la mentira, la inteligencia y la ignorancia.
Cuando la incertidumbre se adueña del destino de la mayoría, el progreso se derrumba y sume a las sociedades en un caos sin porvenir, cuestión ésta que merma sobremanera las posibilidades de seguir adelante con dignidad. El mañana es baldío sin el concurso de aquellos que tienen el deber de llevar sobre sus espaldas las señas de identidad del pueblo al que representan.
Viene siendo inaceptable el tener que enfrentarse a la inactividad forzosa por imperativos ajenos a la voluntad de los que queriendo trabajar, no pueden hacerlo. Los que cuentan con el derecho al trabajo y lo secundan, son envidiados por los que, aun exigiendo su derecho, se les niega contra toda razón.
Con el paso del tiempo y conforme se va engrosando el grupo de inactivos, los que siguen gozando del privilegio de la actividad se sienten perseguidos a hurtadillas, espiados y, sobre todo, sumidos en una devastadora indefensión por no poder enmendar la situación, por disfrutar de un derecho que se le niega a otros conciudadanos tan capaces como el que más.
Al final se van mermando las fuerzas y empezamos a vernos envueltos en la pigricia, una deficiencia que se instala en el sistema como consecuencia de su mal funcionamiento. La ociosidad se adueña del estado de ánimo y destruye la motivación, llevándonos a la negligencia y el descuido.
No nacemos perezosos, las circunstancias nos llevan a la pereza y a la desidia. El descanso después del trabajo es un milagro merecido, pero cuando trabajo y pigricia se confunden es que estamos inmersos en la anarquía.
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