Opinión
Qué difícil es educar

Una clase de instituto, en imagen de archivo. / INFORMACIÓN
Siempre he sostenido que tener un hijo constituye una de las cumbres más trascendentales a las que puede aspirar un ser humano: una empresa que se inicia con escaso conocimiento sobre el profundo impacto que nuestras decisiones tendrán en la vida de otro, y que, sin embargo, se emprende con una ilusión inquebrantable, al menos en la mayoría de los casos. El mero hecho de plantearse traer al mundo a alguien en el complejo contexto sociopolítico actual es, permítaseme la expresión, un acto de notable riesgo. Y, pese a todo, quizá sea también la manifestación más genuina de altruismo: un compromiso indeclinable, que trasciende incluso las rupturas de pareja y se proyecta, inexorablemente, a lo largo de toda la existencia.
Existe, no obstante, una idea errónea ampliamente extendida: la de que la educación recae fundamentalmente en la escuela, relegando a los padres a un papel accesorio. Nada más distante de la realidad, conviene aquí deslindar con precisión dos conceptos que con frecuencia se confunden: “educar” y “enseñar”. Mientras que enseñar alude a la transmisión de conocimientos y preceptos, educar implica algo mucho más profundo: dirigir, encaminar, formar el carácter y los valores que configuran a la persona.
Ambas dimensiones coexisten en nuestra vida cotidiana, pero son los padres quienes, de manera decisiva, modelan nuestro presente. Los hijos imitan aquello que admiran, o bien se posicionan en abierta oposición como forma de expresar su disconformidad. En este sentido, resulta inquietante constatar cómo, en nuestra sociedad reciente, se han normalizado comportamientos que revelan una preocupante deriva: progenitores —especialmente madres— que agreden a docentes delante de sus propios hijos. Tal conducta no solo erosiona la autoridad educativa, sino que proyecta un mensaje devastador sobre la gestión del conflicto.
Como advirtió el pensador Nelson Mandela, «la educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo». Pero ¿qué mundo estamos contribuyendo a construir cuando los modelos que ofrecemos están impregnados de violencia o desdén? Cabe entonces preguntarse si realmente debería sorprendernos que algunos adolescentes reproduzcan esa misma violencia en contextos de vulnerabilidad. A menudo, tras esos comportamientos subyace una historia marcada por la carencia afectiva, la exposición a dinámicas familiares disfuncionales o incluso la vivencia directa de la violencia. La infancia herida, silente en apariencia, termina por manifestarse con crudeza en etapas posteriores.
¿Cuántos niños, inmersos en entornos desestructurados, acaban convirtiéndose en verdugos de sus iguales? ¿Somos plenamente conscientes de que cada discusión, cada palabra desmedida, cada gesto de agresividad frente a ellos deja una huella indeleble, aunque no siempre sea visible de inmediato? Comprender la magnitud de la responsabilidad educativa implica asumir que los padres son el referente primordial, el modelo más inmediato, el “influencer” decisivo en la vida de sus hijos. Nuestros actos, incluso los más triviales —como la manera en que reaccionamos ante un árbitro en un partido infantil—, configuran su escala de valores.
En definitiva, el tipo de padre que somos en el presente determina, en gran medida, el tipo de adulto que contribuiremos a formar en el futuro. Educar no es una tarea menor ni delegable: es, en su esencia más pura, un ejercicio de coherencia, responsabilidad y profunda humanidad.
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