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Opinión | Tribuna

Carlos Javier Sánchez Moreno

Carlos Javier Sánchez Moreno

Licenciado en Filosofía y Teología

Aborto, verdad y lenguaje: una reflexión necesaria

Aborto, verdad y lenguaje: una reflexión necesaria

Aborto, verdad y lenguaje: una reflexión necesaria

Cuando tenía dieciséis años, en una clase de filosofía dedicada al debate sobre el aborto provocado, se nos mostró el documental El grito silencioso, nacido a raíz del empeño del doctor Bernard Nathanson por mostrar la realidad de un aborto. Las imágenes eran explícitas. No había intermediación teórica ni retórica: solo la exposición directa de una intervención quirúrgica cuyo objeto era destruir la vida humana en el vientre de una mujer. El vídeo mostraba, en una mínima parte, la realización de un aborto. Aquella experiencia me marcó profundamente y comprendí, sin mediaciones abstractas, la crueldad de una realidad inhumana que en mi adolescencia se abría paso en la legislación española y que ahora se reivindica como un supuesto derecho.

Recientemente se ha reabierto este debate en el ámbito local tras una moción de Vox, apoyada por el PP local, ante la tentativa gubernamental de blindar el aborto como derecho garantizado por la Constitución. Resulta triste ver que el derecho a vivir se convierte no en objeto de acuerdo, sino de debate y confrontación, como si el derecho absoluto a la vida estuviera al arbitrio de cualquier circunstancia relativa a deseos o situaciones personales.

El doctor Bernard Nathanson, antiguo promotor del aborto y posteriormente crítico del mismo, experimentó un proceso humano doloroso y sanador que lo transformó en uno de los mayores defensores de la vida intrauterina, tras haber estado implicado en la realización de más de 75.000 abortos, entre los cuales se encontraba el de su propio hijo.

Su trayectoria, junto con la difusión de material audiovisual sobre los procedimientos abortivos, contribuyó a reabrir discusiones que parecían cerradas en determinados ámbitos, pues mostraba la terrible crueldad que suponía para el bebé la realización de un aborto mediante legrados, métodos de aspiración, inyección salina, etc.

Su proceso humano muestra la complejidad ética, psíquica y psicológica que rodea esta realidad, puesto que hablamos de la eliminación de nuestros conciudadanos, que son nuestros propios hijos, hermanos, nietos, sobrinos y vecinos, ya que el ser humano no es un ente aislado en la sociedad, sino un ser en relación constante: un ser relacional que es un bien en sí mismo para el otro y para la sociedad.

La persona no es un ente individual aislado de su entorno, sino que él mismo determina el entorno y el entorno es determinado por él. Digamos que de la relación con el otro emerge el yo personal.

Arrancar a un ser humano de la existencia tiene unas implicaciones morales y unas responsabilidades sociales muy alejadas de lo que algunas reivindicaciones proclaman en cuanto a la mera individualidad de la mujer y su cuerpo. Ser lugar de gestación humana, conforme a nuestra propia naturaleza, no te convierte en dueño absoluto del ser humano gestado. De lo contrario, el hombre jamás sería libre y estaría sometido a una especie de sumisión constante, en términos de esclavitud, a la madre y no de respeto natural hacia ella.

Las justificaciones para la defensa del aborto, inclinadas a negar la naturaleza humana del ser concebido, ya no tienen objeto razonable por la evidencia científica. Tampoco el momento de la consideración del hombre como persona, pues estaríamos al arbitrio de ser lo que otros nos consideran según sus intereses y ambiciones ideológicas, en función del grado de poder sobre nosotros.

Nuestra propia naturaleza nos hace dependientes del otro en diversas fases de nuestro existir, por ejemplo, la ancianidad, la niñez o la gestación. La debilidad de depender y la fuerza de ser dependido no restan categoría personal ni humana. Sencillamente, somos así.

El ser humano es persona siempre, hombre y mujer siempre. Las terminologías acuñadas por el hombre para determinar los diferentes estadios vitales no restan categoría ontológica al ser humano; es decir, no eres menos persona por estar en fase de desarrollo en el proceso de gestación. Tampoco el desarrollo de la racionalidad o de la razón consciente, pues entonces pensaríamos en una sociedad eugenésica, semejante a la vivida en la Alemania de la segunda guerra mundial, que deseaba una sociedad según su ideal de raza perfecta. No tendrían cabida en la sociedad ni los enfermos, ni personas con discapacidad, ni las personas con síndrome de Down, etc., sino solo aquellos que cubriesen las expectativas del poderoso.

El ser humano concebido en el vientre de la mujer no es su cuerpo ni su única propiedad. Es cierto que la maternidad convierte a la mujer en poderosa, pero no en dueña de la vida del otro que hay en su vientre. Que la naturaleza le haya posibilitado ser depositaria del bien del hombre para la sociedad no la convierte en dueña a semejanza de la divinidad. Es un regalo, aunque en algunas situaciones pudiera parecer una desgracia.

El hombre es un regalo para la sociedad. El carácter singular y único de cada hombre lo hace irrepetible y un tesoro a proteger en la sociedad, pues soy el único que existe como yo. En realidad, hablar de los hombres en general es una entelequia para expresar al género humano, porque lo que realmente existe somos tú y yo: únicos e irrepetibles.

Cuando un Estado considera relativa la protección de esta singularidad única, significa que no ha comprendido, como institución, ni su función ni su sentido: es una sociedad moralmente enferma.

El discurso en defensa del aborto ha experimentado una direccionalidad muy cercana a la ideología nietzscheana del superhombre, pero centrada en la decisión de la mujer como un absoluto indiscutible. Esta ideología la coloca en el centro de la existencia, como si la existencia de los demás estuviera al arbitrio de sus deseos o determinaciones. Sería entonces la única dueña de la existencia humana, la cual estaría sometida a su voluntad.

Es una ideología radicalmente racista, pues considera a la mujer en una superioridad absoluta sobre los demás por el hecho natural de la maternidad conferido en la naturaleza.

La reivindicación del aborto como un supuesto derecho humano es, sencillamente, una locura que no tiene fundamento ni en el hombre ni en la propia estructura natural, sino en el deseo particular de someter la naturaleza a mi propia voluntad. Jamás existirá un derecho humano a eliminar al hombre, aunque lo digan las leyes por connivencia social.

Asistimos a un conflicto ideológico entre derechos proclamados y derechos reales. Los derechos proclamados responderían a construcciones políticas, aspiraciones ideales o incluso manipulaciones ideológicas, mientras que los derechos verdaderos se fundan en la naturaleza humana. Existen independientemente de las leyes: son universales y permanentes.

Un derecho humano verdadero no es simplemente algo declarado, sino algo que pertenece a toda persona, es inherente, protege la dignidad humana y puede justificarse racionalmente. Por ejemplo, el derecho a la vida, primer derecho y base de los demás, pues si me arrebatan la vida, me roban con ella todos los demás derechos.

El supuesto derecho al aborto es un falso derecho, aunque sea reivindicado por mil contra uno. Los falsos derechos no son universales y sólo aplican a ciertos grupos arbitrariamente; dependen totalmente del poder político, contradicen la naturaleza o la dignidad humana, no pueden justificarse racionalmente y entran en conflicto con derechos más básicos.

Un “derecho” no puede destruir otros derechos fundamentales. Un supuesto derecho al aborto que implique dañar el principal de los derechos, que es la vida, no sería válido. Sencillamente, no existiría.

La manipulación ideológica y terminológica en torno al aborto, con el fin de edulcorar su drama, es realmente colosal; porque, en realidad, el aborto es un drama para la mujer, el hijo y la sociedad en su conjunto, pues con el aborto lo perdemos todo: perdemos al ser humano y sus límites morales.

Fuera de esta ideología dañina, que concede a la mujer un falso empoderamiento y que ha tomado la voz de lo femenino en su totalidad, reduciendo a las mujeres a una única visión sociopolítica, existen realmente situaciones dramáticas en las que una mujer puede verse envuelta.

Sin menoscabar esta realidad, buscamos soluciones para salvar ambas vidas: la de la mujer del drama del aborto y la del hijo del drama de ser privado de la vida. Diferentes instituciones de ámbito privado, ya que el gobierno poco o nada colabora, ofrecen ayudas desinteresadas para la mujer e incluso para su entorno familiar. Siempre hay soluciones para salir adelante. Red Madre, Fundación Madrina, Pro Vida, Fundación + Vida, Spei Mater, Cáritas, etc., están a la cabeza. La experiencia nos dice que ninguna mujer se arrepiente de ver el rostro de su hijo al darle a luz.

Para concluir, quisiera agradecer la posibilidad que se me brinda de expresar mis opiniones en este ámbito, posibilitando una contribución al debate en pro de una búsqueda sincera de la verdad sobre el hombre y la sociedad. Es una muestra de libertad de pensamiento y de la posibilidad de expresar opiniones que puedan favorecer el debate sereno en la construcción del bien común.

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