Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

La llamada que cura

La llamada que cura

La llamada que cura

Decía el sabio Hipócrates: “curar a veces, aliviar a menudo, consolar siempre”. En los últimos años, la medicina ha intentado hacerlo de muchas maneras, y una de las más silenciosas (y eficaces) ha sido la voz que suena al otro lado del teléfono. Durante la pandemia, cuando el miedo cerró las puertas de los centros de salud, la palabra se convirtió en el nuevo estetoscopio. Bastaba una llamada para escuchar, orientar y acompañar.

Sin embargo, como en los viejos mitos, cuando parecía que habíamos aprendido algo de aquella odisea, el sistema dio un paso atrás. Ulises volvió a ser amarrado al mástil: la Consellería limitó a seis las citas telefónicas por día y médico y ahora las quieren eliminar (al menos para que el paciente tenga acceso directo a ellas). Desde entonces, las líneas que antes acercaban ahora se saturan, y los pacientes —especialmente los jóvenes, los que trabajan, los que necesitan una simple aclaración de resultados o un trámite burocrático— se ven obligados a pedir cita presencial, aun cuando el sentido común les grita que bastaría una conversación telemática para resolver su problema.

La atención primaria se ahoga en burocracia. Los médicos, condenados a agendas infinitas, intentan multiplicarse como los panes y los peces, mientras las ventajas de la atención telefónica —agilidad, accesibilidad, sostenibilidad— se evaporan en el aire. No hace falta ser Galileo para descubrir que el teléfono no gira en torno a la comodidad del sistema, sino a la del paciente.

Además, conviene recordar algo esencial: el médico es, ante todo, responsable. Si durante la conversación telefónica percibe que el paciente necesita una exploración física, será el primero en indicar una cita presencial. La seguridad del paciente nunca ha estado ni estará en juego. La atención telefónica no sustituye a la presencial: la complementa, la optimiza y la hace más racional.

Y antes de establecer límites tan arbitrarios como el de las seis consultas telefónicas diarias o su eliminación, la Consellería debería haber hecho un estudio riguroso sobre la media real de atenciones telefónicas en los distintos centros de salud (porque no todos tienen las mismas características). Gobernar sin tener en cuenta los datos es como navegar sin brújula: se puede avanzar, sí, pero hacia ninguna parte.

La cita telefónica fue, y, bien utilizada, puede volver a ser, un puente. Un medio que une al médico con su paciente sin necesidad de kilómetros, esperas o contagios. Es eficiente para la sanidad, para las empresas que no pierden trabajadores por horas de desplazamiento, para el medioambiente que respira con cada coche que no arranca rumbo al centro de salud.

Pero sobre todo, es una cuestión de libertad. Libertad para que el paciente decida como ser atendido. Para elegir si una simple duda requiere presencia o si basta con la confianza de una voz conocida. Limitar esa elección es como cercar un camino que antes llevaba directo al bienestar: no impide llegar, pero lo hace más largo, más pesado y menos humano.

Decía el personaje de House que “la medicina no es sólo ciencia, también es arte”. Y el arte de curar comienza con escuchar. No importa si el oído está al otro lado de una mesa o al otro lado de una línea telefónica. Lo que importa es que alguien atienda, comprenda y actúe.

Tal vez sea hora de que el sistema sanitario descuelgue de nuevo el auricular, y recuerde que la mejor medicina no siempre está en la consulta, sino en la conversación.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents