Opinión | El cuerpo en guerra
Bombardeo

Una calle de Beirut tras un bombardeo aéreo de Israel / Marwan Naamani / Zuma Press / Europa Press / Conta
Hay demasiados lugares del planeta que ahora mismo están siendo arrasados por bombas enviadas por países que han decidido masacrar a una población supuestamente enemiga, aunque sólo sean civiles que intentan sobrevivir cada día y sacar adelante a sus familias. Atroz. Pero, ¿qué pasa cuando el bombardeo se ciñe sobre el techo de tu propia casa y has sido tú quien ha presionado el detonador? ¿O si las explosiones simplemente han brotado de tu interior?
Hace ya unos diez años que escribí El cuadro del dolor (Renacimiento, 2017). Allí ya hay un poema llamado «Miedo al dolor que vendrá o bombardeo nazi sobre mi casa». Me imaginaba entonces que no importaría en qué habitación intentara resguardarme porque el dolor llegaría como un bombardeo y me alcanzaría (en una intensidad 9 y pico) y yo dejaría de existir durante un tiempo indeterminado, porque el dolor anula aunque el cuerpo siga aquí, con un hilito de vida. Al mismo tiempo, el dolor eran también explosiones dentro del abdomen en un intento del dolor por salir de mí y tomar forma propia. Por entonces estaba en primera línea de fuego contra el dolor que regía mis días y terminaría por arrebatármelo todo: quien era, mi trabajo, mi futuro, mi matrimonio.
En La cierva implacable (Cántico, 2023) acontecen explosiones de confeti y serpentinas, el amor. Eso, tras «La calma», la aceptación del dolor, después de rearmarme como una nueva Ana. Y tan grande es el amor que se teme a la muerte, no por la desaparición de una misma, sino del ser amado o del dolor que pudiéramos causarle si desapareciésemos.
Sobra decir que le he ganado tantas veces a la muerte que ya no hay miedo por mí o por el impacto de mi ausencia y, sin embargo, ahora todo son bombas. Bombas en el techo de mi casa, bombas en mi cabeza, bombas en mi vientre. Ahora que no he muerto -nadie me dio la oportunidad tampoco de elegir, simplemente pasó así este verano-, vivo en un campo de minas, porque no morirse en ocasiones es peor que hacerlo.
La muerte que no acontece también es una muerte. Al igual que el cuerpo se reinicia orgánicamente, también una tiene que hacerlo a nivel vital. ¿Y si no quedan suficientes motivos para ello? ¿Y si justo entonces, cuando estuviste del lado de la muerte, una persona a la que amabas inició su propio camino de desaparición sin que hubiera margen de maniobra como para que os encontrarais en un limbo? En ese después, de perder a la persona que mejor me conocía y perderme yo, ante un bombardeo cínico de llanto constante, ahora tan solo soy una muerte viviente.
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