Opinión | Tribuna

Profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Alicante
España e Israel: el pulso silencioso por la energía de Europa

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, rn el Palacio de La Moncloa, a 10 de abril de 2026, en Madrid (España). / Alberto Ortega - Europa Press
La reciente escalada de tensión entre el Gobierno de Pedro Sánchez y el Ejecutivo de Benjamin Netanyahu no puede interpretarse únicamente en clave diplomática o ideológica. En un trasfondo internacional de un mundo en crisis, el gobierno de España se erige como líder moral de Europa ante un país que vulnera sistemáticamente las normas más elementales del Derecho Internacional en su afán de construir un Gran Israel, aunque para ello tenga que saltar por los aires la estabilidad en Oriente Próximo. Pero, a nadie se le escapa que esta escalada bélica protagonizada por la Administración Trump y su servidor proxy israelí tiene componentes que van más allá del enriquecimiento de Uranio, o de establecer regímenes democráticos a cañonazos en países islámicos. Parafraseando ‒con algunos matices‒ a Bill Clinton en su lema electoral haciendo referencia a la economía, ahora podríamos decir:
Es la energía, estúpido.
De esta forma, las acusaciones cruzadas ‒especialmente las reiteradas alusiones israelíes a supuestos vínculos de España con Irán‒ son, en realidad, la superficie visible de otra disputa más profunda. Lo que está en juego no es solo una divergencia política, que es evidente, sino una pugna geoestratégica de primer orden: quién será el gran nodo energético de Europa en las próximas décadas.
Desde la invasión rusa de Ucrania, la Unión Europea ha intensificado su búsqueda de alternativas que reduzcan su dependencia energética. En ese contexto, el mapa energético del continente se está redibujando, y en él emergen dos modelos con ambiciones claras y, en cierta medida, incompatibles.
España aspira a consolidarse como la gran puerta energética del suroeste europeo. Su posición geográfica, entre África y el continente, le otorga una ventaja evidente. A ello se suma una infraestructura de regasificación sin parangón en la Unión Europea, capaz de recibir gas natural licuado procedente de múltiples orígenes, desde Estados Unidos hasta el norte de África. Además, el gasoducto Medgaz refuerza su conexión directa con Argelia, uno de los principales proveedores energéticos del continente. Fíjense, nuestras miradas se han vuelto al país magrebí y Argelia, tras años de desencuentros en el contexto marroquí y saharaui, ahora nos regala un bono del doce por ciento de descuento en la compra de gas.
Pero la apuesta española no se limita al presente. El proyecto H2Med, concebido como un corredor de hidrógeno verde hacia Francia y Alemania, sitúa a España en la vanguardia de la transición energética europea. No se trata solo de abastecer el mercado actual, sino de liderar el modelo energético del futuro.
Frente a esta estrategia, Israel ha protagonizado en los últimos años una transformación radical. De importador neto de energía ha pasado a convertirse en un actor exportador gracias al descubrimiento y explotación de grandes yacimientos de gas en el Mediterráneo oriental, como Leviathan y Tamar. Sobre esta base, el Gobierno israelí impulsa el ambicioso proyecto EastMed, un gasoducto submarino que conectaría sus reservas con Europa a través de Chipre y Grecia.

El primer ministro israelí, Binyamín Netanyahu, en una imagen de archivo. / REUVEN KASTRO / CONTACTO / EUROPA PRESSReuven Kas / Europa Press
Si este proyecto llegara a materializarse, el Mediterráneo oriental podría consolidarse como una nueva arteria energética para el continente, alterando el equilibrio actual y reduciendo la centralidad de rutas occidentales como la española.
En este contexto, el actual deterioro de las relaciones entre Madrid y Tel Aviv adquiere una dimensión distinta. El malestar israelí no responde únicamente a posicionamientos políticos sobre Oriente Próximo. También refleja la preocupación ante la posibilidad de que España se consolide como el principal hub energético europeo, especialmente si logra liderar el despliegue del hidrógeno renovable.
La competencia es, por tanto, estructural. España ofrece estabilidad geográfica y una apuesta decidida por las energías limpias; Israel, por su parte, se presenta como proveedor clave de gas natural en un periodo de transición energética que aún se prevé largo. Dos modelos, dos rutas y, en última instancia, dos visiones sobre el futuro energético de Europa.
El choque diplomático actual no es más que la manifestación visible de esta pugna silenciosa. Bajo las declaraciones, las acusaciones y los gestos políticos, se libra una batalla estratégica por el control de los flujos energéticos que determinarán la autonomía —o la dependencia— de la Unión Europea en las próximas décadas.
En ese tablero, España e Israel no son meros actores secundarios. Son, cada vez más, piezas centrales de un juego geopolítico en el que la energía vuelve a ser, como tantas veces en la historia, un instrumento de poder.
Por cierto, ante la costa del sur de Líbano se encuentra una interesante bolsa de gas, el Bloque 9…
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