Opinión | Desde la calle

Exconcejal del Ayuntamiento de Elche
Elche: "Al árbol canto"

Árboles en una de las calles situadas en pleno centro de Elche. / Áxel Álvarez
Al árbol canto
«Un árbol quiero plantar,
que cuidaré con esmero,
y que del tiempo al pasar
sus ramas eleve al cielo,
y el verderol y el jilguero
en él vengan a colgar;
un árbol quiero plantar,
si añoso lo llego a ver
satisfecho puedo estar
de haber cumplido un deber,
pues deber es otorgar
cariño, cuido y merced
a quien ya desde el nacer
compañía has de dar».
Corría el año 1974-1975 cuando, en las entonces Graduadas -hoy colegio Miguel de Unamuno-, un profesor de vocación firme y mirada exigente, don Honorato Martínez, nos enseñaba mucho más que ortografía o caligrafía. En tercer curso, cada día nos hacía escribir en una agenda, con letra cuidada y sin faltas, una lección que iba más allá de lo académico: el valor de la constancia, el respeto por el detalle y el amor por las pequeñas cosas que, con el tiempo, se vuelven esenciales.
Aquel poema, copiado con esmero bajo su supervisión, quedó grabado no solo en el papel, sino también en la memoria de quienes lo escribimos. Aún conservo aquella agenda, amarillenta por los años, pero viva en significado. Hoy, cada vez que camino por las calles de Elche y observo los nuevos árboles que brotan en plazas y avenidas, siento que aquella enseñanza sigue creciendo, como raíces que se abren paso bajo el asfalto.
Elche hoy es tierra de árboles. No se puede entender su identidad sin el Palmeral, herencia milenaria que ha dado carácter y singularidad a la ciudad. Sin embargo, recientemente, la mirada hacia el árbol urbano ha cobrado renovada importancia. Ya no se trata solo de conservar lo histórico, sino de proyectar el futuro desde lo verde, desde la sombra, desde el aire limpio y desde la vida que se regenera.
En este contexto, el impulso del alcalde, Pablo Ruz, por llenar de árboles calles y plazas representa una apuesta por una ciudad más habitable. No es solo estética, aunque embellezca; es salud, sostenibilidad y bienestar colectivo. Plantar un árbol es, en cierto modo, plantar futuro.
No hablamos de un gesto aislado. En torno a dos mil quinientos árboles han sido ya plantados por toda la ciudad, en barrios y espacios que antes carecían de este elemento esencial. Todo apunta a que serán muchos más. La ciudad ha iniciado un camino sin marcha atrás, porque responde a una necesidad real y a una visión de futuro que beneficia a todos.
Lo sé bien, porque lo vivo cada día. Resido en la calle Arbres, (árboles) una vía cuyo nombre resultaba hasta hace poco casi irónico: no había ni un solo árbol. Era una ausencia llamativa, una contradicción difícil de explicar. Hoy la realidad ha cambiado. Los nuevos árboles ya forman parte de la calle, y con ellos ha llegado algo más que sombra: coherencia, belleza y vida.
Ver cómo esos árboles ocupan su lugar ha sido la chispa que inspira esta glosa. Hay momentos en los que la transformación de lo cotidiano invita a reflexionar. Este es uno.
La presencia del árbol en nuestras calles no es un capricho, sino una política necesaria en una ciudad como Elche.
Cada árbol que se alza en una acera es un pequeño milagro. Donde antes había cemento, ahora hay vida. Donde el calor se acumulaba, empieza a dibujarse una sombra que invita a detenerse. Y en una ciudad como la nuestra, donde el sol marca el ritmo, esa sombra no es un lujo, sino un derecho.
Pero el valor del árbol urbano va más allá de lo visible. Reduce la contaminación, absorbe dióxido de carbono, regula la temperatura y favorece la biodiversidad. Es refugio para aves e insectos que forman parte del equilibrio natural. En definitiva, es un aliado silencioso que trabaja por el bienestar común.
Quizá por eso, al observar a los operarios plantando nuevos ejemplares, uno siente emoción. Es un gesto sencillo, pero cargado de significado. Cada árbol plantado hoy será parte del paisaje emocional de las generaciones venideras: testigo de juegos, paseos y conversaciones.
En este recorrido, me ha llamado la atención ver al propio alcalde, Pablo Ruz, en primera persona, caminando por las calles donde se han plantado estos árboles, interesándose por su estado y su evolución. No es un detalle menor. Los ilicitanos deben saber y conocer lo que se está haciendo en la ciudad, cómo se mejora y cómo se transforma. Para eso se pagan impuestos: para verlos traducidos en acciones concretas que mejoran la vida cotidiana.
Aquí la memoria personal se entrelaza con la colectiva. Aquella agenda de 1974 no es solo un recuerdo escolar; es un símbolo de aprendizaje. Del mismo modo, cada árbol plantado en Elche es una promesa que la ciudad se hace a sí misma.
El impulso del alcalde, Pablo Ruz, merece destacarse como visión de ciudad. Apostar por más árboles es apostar por calidad de vida. Es entender que el progreso no está reñido con la naturaleza, sino que debe caminar con ella.
Sin embargo, plantar es solo el primer paso. Como decía el poema, el valor está en el cuidado: «que cuidaré con esmero». Los árboles necesitan atención, riego y respeto. No son mobiliario urbano; son seres vivos que requieren tiempo y dedicación.
En este sentido, la implicación de los vecinos es fundamental. Sentir los árboles como propios es clave para garantizar su futuro. Quizá deberíamos recuperar aquella disciplina de la agenda escolar: constancia, cuidado diario y atención al detalle, aplicada ahora al entorno común.
Elche tiene una oportunidad valiosa: convertirse en referente de ciudad verde, donde el árbol no sea accesorio, sino protagonista. Donde cada calle tenga sombra, cada plaza su respiro y cada barrio su pulmón natural.
Al final, cantar al árbol es cantar a la vida. Es reconocer en su crecimiento una metáfora de lo que somos. Porque, como aquel niño que escribía con esmero, la ciudad también escribe su historia. Y cada árbol es una palabra más en ese relato.
Ojalá, dentro de muchos años, alguien camine por estas calles y, al alzar la vista, sienta la satisfacción de haber cumplido un deber: cuidar, proteger y legar una ciudad más amable, viva y humana.
Porque, en el fondo, todos queremos plantar un árbol. Y verlo crecer. Hasta pronto.
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