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Yo acuso

Una niña sentada en el muro de un paseo marítimo.

Una niña sentada en el muro de un paseo marítimo. / INFORMACIÓN

Hoy caminaba por la playa, bajo el inusualmente abrasador calor de un abril que ya anuncia verano, tan propio de los domingos alicantinos. De pronto, mi mirada se detuvo en una niña sentada sola sobre el murito al lado de la playa. Casi sin quererlo, mi mente evocó la imagen de Sandra Peña, la adolescente sevillana que el pasado mes de octubre decidió quitarse la vida tras sufrir acoso escolar, un suceso que sacudió la conciencia de todo un país.

¿Cómo es posible que una niña —aparentemente feliz, rodeada de comodidades, con aficiones como el fútbol— llegue a tomar una decisión tan irreversible de un día para otro?

A menudo me pregunto qué tipo de sociedad estamos construyendo para que una menor decida dejar de vivir, atrapada por las presiones emocionales y sociales de un entorno que ha idealizado hasta el extremo los cánones de belleza, de comportamiento e incluso de estilo de vida. Quizá hemos contribuido a inflar una burbuja de optimismo impostado, en la que se repiten consignas como “puedes lograr todo lo que te propongas” o “si quieres, puedes”, acompañadas de la exigencia de estar siempre rodeados de amigos y de compartir cada instante. Pero ¿qué ocurre cuando la realidad no responde a esas expectativas? ¿Qué sucede cuando, en la soledad de una habitación, la frustración se impone? Entonces aparece una decepción persistente para la que, sencillamente, no estamos preparados.

Hace unos días, un padre me imploraba ayuda, desbordado ante la apatía de su hijo de diecinueve años: “No quiere estudiar ni trabajar; solo desea viajar y cuidar su físico”. La realidad es que la adolescencia no responde a fórmulas exactas: no tiene una edad definida ni soluciones universales. Hay, sin embargo, una herramienta imprescindible: la comunicación. Solo a través de ella podemos conocer verdaderamente a nuestros hijos, mostrarnos vulnerables ante ellos y, sobre todo, evitar que se sientan solos.

¿Puede la comunicación prevenir un desenlace trágico? En muchos casos, sí. ¿Habría evitado lo ocurrido con Sandra Peña? No podemos saberlo. Ojalá dispusiéramos de una respuesta concluyente, pero carecemos de esa bola de cristal que tanto desearíamos tener.

La paradoja es inquietante: vivimos en una sociedad hiperconectada, con avances tecnológicos que nuestros bisabuelos apenas habrían imaginado, donde sabemos en todo momento dónde está alguien o qué está haciendo. Sin embargo, nunca había sido tan fácil sentirse solo.

La crueldad infantil no es nueva; ha existido siempre en los entornos escolares. Lo que resulta desconcertante es el momento exacto en el que dejamos de formar individuos para empezar a moldear verdugos. ¿Dónde se aprende la maldad, si en las aulas hablamos de empatía, compañerismo y respeto? ¿Qué eslabón se rompe para que se enaltezca la figura del líder que humilla?

Tal vez la respuesta no esté tan lejos. Basta con encender la televisión y observar determinados referentes. Convendría, quizá, detenernos a reflexionar sobre el tipo de personas que estamos formando y el legado que dejamos en un mundo cada vez más necesitado de humanidad, de bondad y de decisiones conscientes.

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