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Opinión | En la barra del Café Época

Al tiempo en abril no hay Dios que lo entienda

Dos jóvenes paseando por Arenales del Sol, en una imagen de hace solo unos días.

Dos jóvenes paseando por Arenales del Sol, en una imagen de hace solo unos días. / JOSE NAVARRO

«En la primavera, he contado 136 tipos de clima distintos en 24 horas»

Mark Twain

Hay algo profundamente sospechoso y desconcertante en la primavera. Uno, que es ingenuo de por sí, tiende a pensar que las estaciones del año son fenómenos naturales más o menos organizados: el invierno es frío, el verano es caluroso, el otoño no existe, al menos por estos lares y la primavera, en teoría, debería ser esa transición amable, ese punto medio civilizado, vamos lo que pretendía ser la UCD o Ciudadanos en política, pero en este caso entre el invierno y el verano. Pero no, qué va, la primavera es, en realidad, un experimento sociológico gamberro a gran escala, vamos, como lo que era Ciudadanos, creado únicamente para comprobar hasta qué punto el ser humano puede perder la compostura, la dignidad y la fe frente a un armario.

Vestirse en primavera no es vestirse, qué va, es más bien tomar decisiones estratégicas bajo una incertidumbre radical, es como participar en el concurso Humor Amarillo, pero sin casco y es más peligroso que un cirujano con hipo. Cuando te levantas de la cama por la mañana cuando aún ni siquiera han puesto las calles ni eres consciente de quién eres ni de cómo te llamas, te sientas en la cocina y un escalofrió te recorre el espinazo y piensas: «¡Vaya, sí que hace frío hoy!». Y, en consecuencia, como persona previsora que uno pretende ser, decides vestirte apropiadamente a la sensación que tienes: te pones los pantalones de pana, un jersey gordo, bufanda y chaquetón y te dices a ti mismo, mirándote al espejo mientras te peinas: «Olé, hoy no paso frío, voy más preparado que un yogur». Y, tres horas después, compruebas apurado entre vahídos que te has equivocado de medio a medio, estás sudando como un cherro, vamos, como si estuvieras trabajando a destajo en la panadería de Mordor y no sabes qué hacer con todo lo que llevas puesto: te anudas la bufanda en la muñeca, la chaqueta te la cuelgas del brazo, el jersey lo llevas en la mano y te dejas puesto lo imprescindible para que no te detengan, mientras te preguntas entre sofocos en qué momento exacto el día ha dedicido convertirte en un Airgam Boys.

Y es que en abril el clima tiene estas cosas, cambia rápidamente, igual que le pasa a Feijóo con sus opiniones, pero lo verdaderamente fascinante no es esto, sino nuestra persistente incapacidad para aprender de él. Cada año, la misma historia, cada año, el mismo desconcierto, es como si la memoria climática que tenemos se reseteara en marzo, dejándonos indefensos ante abril, ese mes que no tiene medida y que se dedica alegremente a combinar la crueldad meteorológica con la incertidumbre, vamos que es igual, igual que una de las cajas que se utilizan en el concurso «Alla Tú», que dentro puede haber unos ciento cincuenta mil euros o un tapete de ganchillo, y aquí es donde entra mi capacidad -casi admirable, si no fuera tan inútil- de sorprenderme ante lo improbable, porque no hablamos de eventos extraordinarios, no estamos ante una nevada en agosto o un huracán en el salón de casa, no, qué va, hablamos de algo mucho más cotidiano, repetido y conocido: en abril por la mañana hace frío y por la tarde calor, y, aun así, caigo en la trampa de este maldito mes impostor y un día sí y otro también voy vestido inadecuadamente, igual por la mañana voy simplemente con una camisa y más helado que el pasillo de los lácteos del Hipercor o al medio día, con bufanda y chaquetón, con más calor que en una romería por Kenia.

Y mientras tanto, siempre hay alguien -siempre- que ha acertado, esa persona que va hecha un pincel y lleva exactamente lo necesario: ni más ni menos, ni pasa frío ni suda, ni carga con prendas innecesarias ni toma decisiones a mitad del día entre mareos. Esa persona no es humana, o, si lo es, sin duda que pertenece a una subespecie evolutivamente superior que ha desarrollado la capacidad de interpretar señales meteorológicas invisibles para el resto, los que nos vestimos inapropiadamente o aquellos que combinan lo imposible, para no equivocarse: botas de caña, pantalones cortos, camiseta estilo imperio, chaquetón y gorro, vamos un outfit propio del mismísimo Javier Gurruchaga o de los personajes de The Weekenders.

Pero, de todo lo dicho, lo peor es el componente psicológico que conlleva esta situación, porque lo que ocurre no es solo una cuestión de comodidad, sino de orgullo personal, uno no quiere admitir que se ha equivocado, así que aguanta el calor con la bufanda y la chaqueta puesta durante un tiempo innecesario, intentando convencerse de que «tampoco es para tanto», hasta que llega un punto en el que la dignidad se evapora y te ves obligado a rendirte, iniciando un proceso público de desvestido parcial que es imprescindible para sobrevivir.

Y si todo este dislate climatológico no fuera suficiente, súmale el factor viento, ese actor secundario que aparece sin previo aviso y cambia completamente el guion, porque puedes haber acertado -milagrosamente- con la temperatura media del día, puedes haber encontrado ese equilibrio perfecto entre abrigo y ligereza, pero entonces comienza a soplar el viento y todo se viene abajo como le pasó a las casitas de los tres cerditos, porque el viento primaveral no es un viento cualquiera, que va, es un viento con carácter, un viento que no busca refrescar, sino confundir, te hace dudar de tus decisiones, te obliga a replantearte si realmente hacía tanto calor como pensabas y el muy guasón te susurra al oído aquello de: «Igual deberías haberte traído esa chaqueta que ahora mismo está colgada en el perchero de casa».

En este contexto, vestirse se convierte en una narrativa diaria de error y corrección, una historia en la que el protagonista -uno mismo- toma decisiones con información incompleta y paga las consecuencias con sudor, frío o incomodidad generalizada, porque en el fondo, la primavera no es solo una estación, es un recordatorio constante de que el control es una ilusión, de que, por mucho que planifiquemos, siempre habrá un factor imprevisible, y de que, a veces, la mejor estrategia no es acertar, sino aceptar que vas a fallar… Pero con estilo, eso siempre, más vale muerta que sencilla.

Así que mañana, cuando vuelva a abrir el armario, repetiré el ritual, observaré las prendas como si fueran piezas de un puzzle complejo, evaluaré opciones, tomaré una decisión, y con toda probabilidad, me equivocaré, y cuando, horas después, me encuentre caminando por la calle con ropa de más, de menos o simplemente inadecuada, miraré al cielo, sonreiré con cierta ironía y pensaré qué razón tenía mi madre cuando me decía aquello de «abril, tan pronto llorar como reír».

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